De ese pobre niño tirado a la basura por su madre

 
 
            Todos Vds., yo, y todos los españoles de bien que gracias a Dios son muchos, hemos seguido espeluznados el caso de ese pobre bebé arrojado a un contenedor de basura, eso sí, orgánica –curioso el instintivo mecanismo que ha llevado a la madre a no equivocarse de contenedor a la hora de tirar su hijo a la basura-, en la ciudad de Madrid, el cual, gracias a Dios y por esta vez, ha podido ser rescatado antes de morir prematuramente y en las más infames condiciones. ¡Cuántos otros no habrán tenido tanta suerte y habrán desaparecido para siempre sin dejar el menor rastro y sin que ni siquiera seamos conscientes de que una vez existieron! Porque bien pensado… ¡qué fácil es desembarazarse de un hijo recién nacido! ¿verdad?
 
            Les voy a decir una cosa en la que a lo mejor no han reparado Vds.: es maravilloso vivir en una sociedad que aún se conmueve, que aún es capaz de compadecerse, ante un niño recién nacido abandonado a su suerte hasta morir, más aun cuando es su madre la que lo pone en situación tal. Ahora bien, esto que hoy día todos tenemos por supuesto y todos damos por descontado no tendría por qué ser así, y bien podríamos estar viviendo en otra sociedad muy diferente, aunque no necesariamente tan lejana, en la que tal compasión no se produjera. O por mejor decir, bien podemos estarlo muy pronto, ¡por qué no! porque si una cosa demuestra el análisis concienzudo de la historia es que no existe proceso, por escandaloso, por perverso, por demoníaco, por inaceptable que pueda parecer en un determinado momento, que no pueda llegar a producirse y a darse por cotidiano y natural en otro diferente. Y más aún en el momento actual, con el fabuloso impulso que conocen los medios de comunicación.
 
            Porque todo esto dicho, -y conste que no soy el primero en formular la idea-, contéstenme Vds.: ¿qué es lo que diferencia, ontológicamente hablando, la eliminación de ese niño en un contenedor de basura orgánica de la eliminación de ese mismo niño sólo unas semanas antes, dentro del vientre de su madre, para terminar igualmente en un contenedor de basura orgánica?
 
            Nada, absolutamente nada: ambos constituyen la misma realidad vital; ambos constituyen la misma entidad ontológica individual e irrepetible; ambos son igualmente indefensos; ambos son igualmente dependientes; ambos necesitan de su madre; ambos sufren, ambos son inconscientes, ambos son inocentes; ambos tienen pasado, tienen presente y tienen futuro… ¡¡¡no hay mayor diferencia!!! (pinche aquí y constate que es así)(1) Y sin embargo, esta sociedad extraña que vivimos ha conseguido implementar los extraños mecanismos que permiten que nos llevemos sobrecogidos las manos a la cabeza por uno de esos dos niños, el primero, y contemplemos con absoluta indiferencia, con absoluta pasividad, con total impasibilidad, casi con desprecio, el terrible final que el destino depara para el otro, el segundo, en realidad el mismo niño, si lo piensan Vds. un poco.
 
            Pues bien amigos, esto es todo por hoy. Aquí les dejo esta reflexión por la que muchos de Vds. habrán pasado sin duda. Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Mañana más, ¿les parece?
 
 
            (1) Tanto así, que identificación tal, la del ser por nacer y la del ser nacido, la hemos establecido ya en las leyes que protegen a una especie y con idéntica eficacia y contundencia a sus huevos, o cuando nos produce una especial repugnancia la ejecución de una mujer si se halla, además, embarazada.
 
            ©L.A.
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