La opinión publica en la Iglesia

 Siempre ha existido la opinión pública en la Iglesia. De hecho todas las herejías, como también todos los caminos de santidad, han nacido de un acto de opinión. La diferencia está en que las herejías y rebeldías no someten su opinión a la autoridad competente, sino que quieren hacer valer su criterio por encima de todo, caiga quien caiga, mientras que los segundos buscan la orientación y aprobación, si procede,  por parte de la Jerarquía  de lo que consideran iluminación  del Espíritu Santo.

            La situación actual es compleja. Se trata de personas, o grupos de presión, que buscan una aprobación sí o sí de lo que consideran que es la verdad. Y para ello se valen de los medios modernos de comunicación, y de los procedimientos que utilizan la publicidad para convencer. No reflexionan sobre la Verdad, sino quieren imponer su verdad  movilizando a las masas, en este caso a las comunidades de creyentes, para convencerlos de lo que deben exigir. Y no saben, o no quieren, distinguir una Verdad revelada, un principio teológico, de lo que es una exigencia social hábilmente construida y manipulada.
            Es buena, y exigible,  la libertad de opinión dentro de la Iglesia, pero por los cauces adecuados, y en materias opinables, y con toda humildad.   El beato Josemaría Escrivá, en una entrevista en 1967, ofrecía un juicio y un criterio de valoración permanente de tantos fenómenos de opinión pública en la Iglesia. "El problema de base de la necesaria opinión pública en la Iglesia – decía el Fundador del Opus Dei – equivale al problema de la necesaria formación doctrinal de los fieles. Los hijos de Dios no son piedras o cadáveres: son seres inteligentes y libres, elevados al mismo orden sobrenatural que el que tiene la autoridad. Pero quien no tiene la suficiente formación cristiana no estará en condiciones de hacer un uso recto de su inteligencia y de su libertad, tanto para obedecer como para manifestar sus opiniones"
  “La Iglesia, "signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano"  obrando en el mundo, no está ausente de este debate público, tanto de hecho como por su misión. No se encuentra ciertamente en un plano homogéneo con el resto de los actores del debate y sería un craso error intentar confundirse con ellos. En su acción, sin embargo, más allá del apoyo permanente que le asegura el Espíritu Santo, la Iglesia cuenta con un gran recurso: el de estar más cercana a los hombres y a las culturas que cualquier otro agente. De hecho, allí donde la Iglesia está radicada cultural y socialmente, conoce la opinión pública por connaturalidad, mejor que cuanto la puedan conocer los dueños de la opinión publicada. No se debe por tanto sobrevalorar el poder de los medios, ni siquiera de aquellos de su propiedad que utiliza legítimamente”. (Norberto González Gaitano. Almudi, 2001)

  Este mismo autor nos ilustra con una historia imaginaria: La cuenta Malcolm Muggeridge, un gran periodista inglés convertido al catolicismo en los últimos años de su larga vida profesional, en una de sus tres magníficas lecciones sobre la cristiandad contemporánea, pronunciada en Londres en 1977.
El genial humorista, corresponsal, enviado especial, presentador de la BBC, articulista y crítico, imagina una cuarta tentación de Jesús en el desierto. El Señor ha derrotado al diablo rechazando sus insinuaciones, que tienen todas un mismo hilo conductor: desnaturalizar su misión con el abuso de sus propios poderes divinos para fines distintos de la Voluntad del Padre. En la primera tentación, la recordamos todos bien, el diablo intenta persuadirlo para que transforme las piedras en pan. En la segunda, Satanás querría inducirlo a tirarse desde el pináculo del Templo para atraer así la atención del mundo sobre su doctrina. La tercera tentación consiste en aceptar los reinos de la tierra de manos de Lucifer y así adquirir el poder necesario al reino de los cielos sobre la tierra para hacer feliz para siempre a la humanidad – una especie de Superestado del bienestar, una commonwealth mundial, una dictadura del proletariado, en definitiva, una de las tantas utopías que afligen cíclicamente al género humano.
Muggeridge imagina una última tentación, con el trasfondo esta vez de los "medios" de la época, a la que hago referencia brevemente.
Lucius Gradus el Viejo, un magnate del espectáculo, de paso por una perdida provincia del Imperio, oye hablar de un rabí de Galilea, que tiene mucho atractivo entre las masas populares. Con el olfato de su oficio de businessman, Lucius imagina el impacto que ese personaje podría tener sobre el público general, convenientemente presentado.
Gradus, entonces, vuelve a Roma y convence a sus socios para organizar un gran espectáculo, con un escenario lujoso: fuentes iluminadas, coros imponentes, comparsas de fieles de los cultos orientales de moda entre la juventud romana… Y no faltaría un debate de 10 minutos, no más, entre profesores y estudiantes de la Escuela Filosófica de Atenas, que está siempre en la cresta de la ola.
¿Cómo podría rechazar el Maestro llegar a una audience tan vasta como los confines del Imperio Romano en lugar de su pequeño grupo de seguidores de Galilea? Bastará asegurarle, al hacerle la propuesta, que no habría interrupciones publicitarias, sino sólo una gran inscripción al inicio y al final del show: "Este programa le ha sido ofrecido por Lucifer Corporation"…
  Naturalmente Jesucristo rechazaría tal `propuesta, porque el no va ofreciendo espectáculos para entretener al pueblo. El único gran drama real que ofreció fue la Pasión y Muerte en el Calvario. Y allí había unos cuantos porque el mundo huye del sacrificio. Le hubiera gustado un programa, una Iglesia más cómoda. Siempre está viva la tentación de quitarle la cruz a Cristo para quedarnos con una religión más life.
   He recibido una propuesta de Jesús Bastante para que firme un manifiesto a favor de la comunión de los divorciados y vueltos a casar por lo civil, con el fin de influir en el Papa y en el Sínodo para que se decanten por esta opción.  Pues no la voy a firmar, porque la Verdad contenida en el Evangelio no admite “trapicheos”.
Concluyendo, en relación con la opinión pública y la opinión publicada, la Iglesia debe pensar y actuar sin miedo y sin ingenuidad. Debe saber estar en su sitio, pero debe estar presente, y nunca ceder en lo que es Verdad revelada. Las cosas hay que explicarlas bien.
Juan García Inza
Juez Eclesiástico
 
 …

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