XVIII Domingo tiempo ordinario

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

«Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes. Descansa, come, bebe»
«El amor me capacita para la vida, para la felicidad. El amor me hace confiar. Nada sucede por casualidad. Dios está detrás de todo. Mi felicidad no depende de las circunstancias de mi vida»
 
Tal vez me importa demasiado el qué dirán. El qué pensarán. El qué opinarán. Y sé que es muy cierto lo que hoy escucho: «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!». Y es verdad. Lo sé. Vanidad es querer quedar siempre bien, caer siempre bien. El deseo de gustar, de agradar, de contentar, con el que nace el alma. Es engañoso todo y sólo importa la verdad de nuestra vida, no su apariencia. No lo que parece, no lo que se muestra. Lo que de verdad hay es lo que importa. El otro día un niño descubrió un Pokemon al pie del altar de la iglesia. Mirando el altar no existía ningún pokemon. En la pantalla de su móvil, en el juego llamado «Pokemon go», sí que había un muñeco al pie del altar. Dos realidades, una virtual, otra real. Apariencia y realidad. Vivimos buscando apariencias. Sombras que se esfuman. Reflejos fugaces. Para matar el rato. Para pasar el tiempo. No tiene nada malo un juego. Jugar da alegría, nos entretiene. Ese juego nuevo está captando la atención de millones de personas. Te hace recorrer las calles mirando la pantalla del móvil. Me convierto en buscador de pokemon que sólo existen en mi realidad virtual. Están donde menos los espero. Ocultos. Saltan a la luz y yo los cazo, los retengo, los adiestro. Salgo de mi casa, de mi cuarto, de mi comodidad, de mi soledad, para buscar en cualquier lugar algún pokemon. ¿Obsesión? Puede ser. La obsesión de algo que engancha. Es verdad que ya antes de este juego vivo mirando Instagram o el whatsapp o twitter. Redes sociales, juegos, dependencias. Veo que ahora este juego confunde mi mundo real y mi fantasía. Es inofensivo, no lo niego. Pero puedo acabar buscando pokemon por la vida, en todas partes, en cualquier rincón. Ya no veo la vida sino a través de la pequeña pantalla de mi móvil. Estoy solo, yo y mis pokemon. Yo en un mapa buscando sombras. Tal vez dejo de ver la realidad que me rodea. Me impresiona. Dejo de jugar el juego real de mi vida para abstraerme en fantasías. Sé que alguien en algún lugar ha logrado tener todos los pokemon. Lo ha conseguido. Yo también puedo. Pienso que así me sentiré mejor, más feliz. No lo sé. ¿Estoy satisfecho con mi vida real? ¿La vida que vivo me hace feliz? El P. Kentenich decía: «El pueblo debe tener alegrías. Si no las encuentra en Dios, las buscará en el mundo, en las cosas contrarias a Dios»[1]. Quiero aprender a saborear las alegrías que me depara la vida. Esas alegrías pasajeras. Esa alegría profunda que se vierte en mi alma gota a gota. Me gustaría ir por la vida buscando las huellas de Dios. Desentrañando motivos para estar más alegre. Disfrutando mi vida con pasión. Sonriendo. Riendo. No quiero vivir sólo buscando pokemon que no puedo tocar con las manos. Me gustaría más buscar alegrías ocultas en mi vida. Voces, miradas, palabras. Quiero descubrir a Dios en un parque, entre los árboles, en el corazón de alguien a quien quiero. Con mi mirada encuentro a Dios en las personas. En la pantalla de mi alma. No en la de mi móvil. No quiero tener un pokemon más. No lo necesito. Se alegra mi alma. No quiero despistarme siguiendo huellas en mi pantalla. Quiero ver a Dios en una conversación, en un momento de silencio, en un encuentro casual, en una canción, en un libro. Quiero buscar mis pokemon en la vida real. Es esa la distracción que me saca de mí mismo y me acerca a los hombres. Quiero vivir en mi mundo real. Porque es eso lo que llena mi corazón. Decía el P. Kentenich: «En toda la educación debe ser tomado mucho más en consideración el amor afectivo a Dios. La alegría profunda libera a mi alma de modo extraordinario de las alegrías mundanas. Esto sucede en la proporción en que las alegrías auténticas encuentren resonancia en la vida afectiva. Afectos tristes paralizan; la alegría impulsa a la acción»[2]. No tengo nada contra mis pokemon. Me entretienen. Es verdad. Tal vez no llenan mi alma. Pero me recuerdan algo importante. Si no tengo un amor hondo y verdadero a Dios. Si no cuido esos amores humanos que son escalones al cielo. Si no me dejo tiempo para no mirar más la pantalla y mirar más el alma de los que me acompañan. Si no tengo el corazón lleno de esas pequeñas alegrías. No habrá pokemon suficientes para calmar mi sed de infinito.

Tengo el corazón lleno de recuerdos. Algunos buenos, otros malos. No sé por qué me empeño en centrarme en los malos. Hoy elijo los buenos. Busco ese amor que me haga descansar en sus manos. Un amanecer lleno de esperanza. Quiero afirmar con S. Francisco de Asís: «Si fueses perseguido, rechazado, etc. y te alegras en Dios, habrás encontrado la alegría perfecta». Quiero alegrarme en Dios en medio de mi cruz, en medio de mis heridas. Alegrarme por lo que tengo, sin amargarme por lo que he perdido. Recordar lo bueno, dejar a un lado esos malos recuerdos. Es la memoria buena de la que hablaba el Papa Francisco: «¿Cómo ha sido mi vida? ¿cómo ha sido mi jornada hoy, o cómo ha sido este último año? Memoria. ¿Cómo han sido mis relaciones con el Señor? Memoria de las cosas bellas, grandes que el Señor ha hecho en la vida de cada uno de nosotros». En medio de mi vida real, esa que no me convence del todo, esa que no me gusta, o inquieta. En medio de esa vida que vivo en la que a veces me siento incómodo. Ahí quiero tener memoria buena y recordar la belleza de mi vida. No quiero detenerme en la memoria mala: «La memoria negativa es la que fija obsesivamente la atención de la mente y del corazón en el mal, sobre todo el cometido por otros». No quiero recordar sólo lo malo, quedarme amargado en lo que me hiere, en lo que no me gusta, en lo que me envenena. No quiero huir a esconderme en una realidad virtual para cazar alegrías. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. No quiero buscar la apariencia que encandila. Buscar fotos que me traigan recuerdos buenos. No lo sé, a veces no sé qué hay detrás de las fotos que cuelgo en las redes sociales. ¿Es todo lo que parece? Sonrisas. Risas. ¿Alegría? La verdad de mi vida sé que pesa y duele. Sé que hay lágrimas y sonrisas. Llanto y risas. Pero es mi vida, es mi memoria. Son mis recuerdos grabados a fuego en el corazón. Ahí no quiero el brillo que deslumbra. Beso con esperanza el peso opaco de mi vida. Con alegría, conmovido. La realidad dura de mi vida. A veces la realidad virtual me encandila y hace que me aleje de mi vida real. La tensión entre la apariencia y la verdad. La verdadera alegría nace de la aceptación de mi vida como es. Quiero alegrarme de ser como soy, de tener lo que tengo, de hacer lo que hago. Quiero vivir en paz conmigo mismo y con los que viven a mi alrededor. No quiero ser tan rico como otros. No quiero hacer tantos viajes como otros. No quiero tener tantos éxitos como otros. No quiero. Sólo quiero ser quien soy. Nada más. Eso me consuela y alegra y me da fuerzas para la vida. Sólo necesito que mi corazón se ensanche. Un poco más. Como el de ese niño llamado Rafa, que cuando tenía nueve años, escribió en su cuaderno: «Cuando recibí a Jesús sentí que una cruz entraba en mi corazón y se hacía más grande». Me gusta esa mirada sobre la eucaristía. Así quiero vivir yo y que mi corazón se ensanche cada vez que reciba a Jesús. Así de sencillo. El corazón más grande.

Puedo llegar a ver a Dios en todas partes o no verlo en ninguna. Puedo ver en su voluntad el sentido de mi vida o puedo cerrarme a la luz de su presencia. Puedo limitarme en mis creencias aunque no me hagan feliz o aceptar que la vida puede cambiar y esforzarme por ello. Muchas veces pongo mi felicidad en cosas tan vanales. Y me pierdo lo importante. El sicólogo Dan Gilbert dice: «Nuestro cerebro nos da mala información sobre cómo de felices o infelices seremos en futuras circunstancias. Si preguntas cómo de feliz serás si te quedas ciego, la mayor parte de nosotros dirá que será infeliz durante mucho tiempo o el resto de su vida. Pero si medimos la felicidad de las personas que de verdad se han quedado ciegas, veremos que son perfectamente felices. Y observamos este patrón en todas las circunstancias. Uno piensa: esto será terrible o esto será maravilloso. Pero luego lo medimos y vemos que no hay nada ni tan maravilloso ni tan terrible. ¿Ganar la lotería nos hará felices para siempre y quedarnos ciegos nos hará infelices? Ninguna de las dos cosas es cierta». ¡Cuánto sufro pensando en muchas posibles desgracias en el futuro! Pienso en enfermedades que me harán infeliz. Y me angustio. Y pienso en posibilidades que me harán dichoso. Y me inquieto. Pero no es así. Ganar todo el oro del mundo no me hará feliz para siempre. Tener un éxito maravilloso tampoco me asegurará nada. Y al mismo tiempo, no seré siempre infeliz cuando me ocurra algo malo. Seguro que al principio no seré tan feliz, es cierto. Pero en poco tiempo se me habrán abierto nuevas ventanas. Habré visto nuevas posibilidades. Y seré más feliz. El otro día vi una película, «Si Dios quiere». Habla de una amistad. De un encuentro entre un médico ateo y un cura. El médico ateo no era feliz y vivía amargado en su propio éxito. Cuando su hijo pretende entrar al seminario se vuelve loco de angustia y quiere lograr a toda costa que su hijo no sea cura. Porque piensa que su hijo no será feliz. Y él mismo tampoco si su hijo llega a ser cura. Busca desacreditar al sacerdote. Y en ese intento acaba entablando una relación con él y surge una amistad. Allí donde menos lo esperaba se encuentra con alguien que le cambia la vida. Y le da un sentido. Esa amistad no deseada cambia su rigidez, le hace flexible y le abre a Dios. ¿Y si Dios quiere? Comienza a darle importancia a cosas diferentes. Comienza a cuidar sus relaciones familiares. Y todo cambia. El amor cambia su vida por dentro. Y abre las puertas del alma. El amor es más fuerte que el odio. Eso lo tengo claro. Más fuerte que la indiferencia y el desprecio. Más fuerte que la rigidez y la intolerancia. El amor es más fuerte que mis propias creencias y cerrazón. El amor me capacita para la vida, para la felicidad. El amor me hace confiar. Ensancha el granero de mi alma. Nada sucede por casualidad en mi vida. Dios está detrás de todo. Creo en la capacidad que tiene mi alma de mirar con alegría la vida, de descubrir la sonrisa de Dios, guardando mi buena memoria. Creo en ese amor de Dios que me acompaña en todas mis circunstancias. Aunque me cueste creerlo de verdad. El otro día leía: «Creo porque he visto con mis ojos el poder infinito de Dios. Esto me da paz y tranquilidad. Tener la certeza que estoy en sus manos. Saber que soy su hijo, y que Él lo puede todo. Esto es algo que no tiene precio. Dios me está enseñando a confiar, cada vez más»[3]. Creo en la verdad de mi vida. Y en la fuerza de su amor. Si Dios quiere puedo ser feliz. Si Dios quiere puedo llegar más lejos y dejar de ver oscuridad donde Él siembra luz. Si Dios lo quiere. Lo que Él quiere. ¡Cómo me gustaría tener siempre certezas! Y pensar: Esto lo quiere Dios así. Tal vez no necesite certezas. Y me baste con tener intuiciones. Con vivir siguiendo conchas que me llevan a mi casa, marcando el camino. Conchas que me hablen de su amor de predilección por mí. Y yo, tal vez, igual que con los pokemon, voy buscando señales. Para tratar de entender si es necesario cambiar algo o dejar simplemente que las cosas sigan su curso. Con paciencia. Tratando de descubrir nuevas ventanas que se abren, nuevos caminos. Tratando de ver más claro en qué puedo seguir creciendo. En qué puedo cambiar las cosas. Preguntaba el Papa Francisco a los jóvenes en Polonia: «¿Las cosas se pueden cambiar? Me genera dolor encontrar jóvenes que parecen haberse jubilado antes de tiempo». Quiero ser joven y amar lo verdadero de esta vida que tengo. Sin esperar otra diferente. Sin fingir queriendo que sea más luminosa. Quiero ser yo mismo. La carne de mi alma. El rostro verdadero que no oculto. Mis palabras más bellas, las más auténticas. No quiero convencer a nadie. No pretendo ya gustar a todos. Lo más mío. Lo que me enamora de la vida. Con los pies descalzos y el alma libre. Con poco equipaje. Sin graneros llenos que me den seguridad. Sin buscar más caminos. Sin temer otras desgracias. Sabiendo que mi misión es sólo una parte de un camino que tiene visos de ser eterno. Y por eso me empeño en echar bien las raíces. En lo más hondo de la tierra. En lo más profundo del mar. Para tener un hogar en el que calmar el alma. Siempre en Dios. De su mano. En su pecho.

A veces guardo y retengo pensando en el futuro. Construyo grandes graneros que me aseguren la vida: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: – ¿Qué haré, pues no tengo dónde reunir mi cosecha? Y dijo: – Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: – Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: – ¡Necio! esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán? Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios». Pero no conozco el día ni la hora. No sé ese momento en el que dejaré este mundo. No lo veo. En cualquier momento me voy y muero. Pero yo hago planes. Guardo en los bancos. Ahorro. Aseguro mi vida. Tengo miedo. Como si todo dependiera de mí. Como si nada dependiera de Dios. Me gusta hacer cálculos pensando en el futuro. Vivo una época de incertidumbres. Asesinatos injustificados. Bombas. Atentados. Estos días fue asesinado un sacerdote de 84 años, auxiliar de la parroquia de un pueblo francés. Hacía ocho años había festejado sus bodas de oro sacerdotales. Un cura no se jubila nunca. Y fue asesinado mientras celebraba misa. El arzobispo de Ruán, Dominique Lebrun, dijo tras su asesinato: «La Iglesia católica no puede esgrimir unas armas distintas a la oración y la fraternidad entre los hombres». Ante las manos caídas de un sacerdote octogenario el corazón llora. Las muertes injustas duelen profundamente. Pero no despiertan la rabia ni el odio. No hay ira. Sí la más honda tristeza. Y la más profunda oración. Y un canto de agradecimiento por la vida de ese hombre que tocó tantas veces a Jesús entre sus manos. La violencia injustificada nos supera. Es como si pensáramos de repente que a nosotros también nos puede suceder lo mismo. A nosotros, a nuestros hijos. Y nos sentimos indefensos ante cualquier peligro. Impotencia, dolor, angustia. ¿Quién me va a defender? Siempre la muerte puede llamar a mi puerta y golpear duro. Y temo el futuro incierto. Y quiero protegerme. Guardarme. Construir reservas. Pero, ¿de qué me sirve guardar en un granero inmenso pensando en mi salvación? No me sirve de nada guardar sin compartir. Retener sin dar. El granero puede arder. Yo puedo morir mañana. ¿Qué habré hecho con mi vida? No añado un solo día a mi vida preocupado por el futuro. Hoy escucho: «¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?». No saco nada si no me entrego a Dios, si no me anclo en su corazón. Vanidad de vanidades una vida perdida egoístamente. Guardar para no morir. Para no sufrir. Para sobrevivir. Todo asegurado. ¿Y mi confianza en Dios? A veces me falta. Dudo de ese Dios bueno y fuerte que salva mi vida del peligro. De ese Dios que construye conmigo un camino de alegría entre los hombres. Santiago, ese joven que falleció hace muy poco, dejó huella con su vida. Decía de él su hermano mayor: «Tenía la virtud de dejar huella por donde pasaba. Tenía un atractivo físico y un interior que marcaba a las personas. Una capacidad especial de empatizar, de ponerse en el lugar del otro. Era una persona con un gran fondo y con un corazón que no dejaba indiferente a nadie». Dejó huella con su vida, con su entrega. Tal vez sus graneros vacíos. Se había desgastado. Como los graneros de ese sacerdote mayor asesinado. No guardó nada para él. Tampoco Santi guardó para él. Quiero aprender a no guardar para mí. Quiero confiar en el Dios de mi vida. Encontrar su mano en mi vida. Le busco. Quiero ensanchar mi corazón y no tanto los graneros. Ensancharlo para que quepan más vidas. Quiero amar más y no tanto guardar lo que no me da la felicidad eterna. ¡Me centro tanto en la seguridad de este mundo! Y me ato. Y me vuelvo esclavo de mí mismo y de mis miedos. Centrado en lo que me preocupa, en lo que temo perder. Menos graneros, más vida, más confianza.

Mi vida no depende de mis bienes. Ni mi felicidad, ni mi desgracia. «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes». Mi felicidad no puede depender de las circunstancias que vivo. Estoy convencido. Allí donde Dios me ponga puedo ser feliz. En las circunstancias que me toque vivir. Aunque no sea todo fácil y sencillo. Incluso si pierdo la fama. Incluso si no tengo todo el dinero que sueño, incluso si me quedo solo y pierdo a seres queridos. Incluso si soy víctima de una violencia injusta. Jesús no dice que tenga que ser pobre para ser feliz. No dice que sea malo tener cosas. Sí dice que mi vida, la vida de verdad, no tiene nada que ver con las cosas que tengo. Mi tesoro es otro. Mi riqueza es otra. Sé que cuando muera dejaré todo en la tierra excepto lo que he dado, lo que he amado. Lo único que llevaré al cielo será lo que he dado, lo que he perdido por amor a otros. Jesús me anima a ser libre de lo que tengo y también de lo que no tengo. Las dos cosas exigen libertad. No tener miedo a perder. No desear tener lo que no tengo. Rudyard Kiplin hablaba del hombre íntegro así: «Si al encontrar el triunfo o el desastre, puedes tratar igualmente a esos dos impostores. Si puedes ver rotas las empresas a las cuales has dado tu vida, y bajarte después a reconstruirlas con las herramientas melladas. Si puedes poner en un momento todas tus ganancias y arriesgarlas a un golpe a cara o cruz, perder y volver a comenzar desde el principio sin jamás decir una palabra sobre tu pérdida. Entonces la tierra es tuya con todo lo que contiene, y lo que es más importante, serás hombre, hijo mío». Ese ideal es el mío. Ser libre. Vivir con lo que tengo, feliz, sin desear más, sin temer perder. Jesús hoy me habla de esa libertad del corazón. Si me miro, ¿cuál es mi apego a los bienes? ¿Cuál es mi actitud? La parábola de hoy me habla de vivir el hoy, de vivir en presente con pasión. Me invita a llenar la vida sin cuidarla demasiado para el futuro. Me ofrece darme hoy por entero sin guardar en grandes graneros. Ser generoso hoy, compartir hoy. ¡Cuántas veces en mi vida retraso cosas fundamentales por otras futuribles! Y pienso que cuando pase esto tan urgente entonces seré libre para lo importante. O cuando consiga lo que tanto deseo. O cuando suceda lo que sueño. Pero pasa el tiempo y nada de eso sucede. Jesús me anima a vivir el hoy dándome del todo. Lo que tengo en mi vida es el hoy. Lo único seguro. Me gusta mucho ver a Jesús en su camino en la tierra. Sin tantos planes. Abierto a lo que cada día el Padre le regala. Cada día la persona que se encuentra es su plan del día. Ser libre de tantos programas. Lo miro caminando, comiendo, rezando. Viviendo de la providencia. Sin pedir más de lo que cada día recibe. Sin exigencias. Jesús no parece que tuviera ningún bien en la tierra. No tenía posesiones. Tenía el corazón abierto para dar, y también para recibir. Jesús recibió comida y alojamiento durante toda su vida. El no tener tanto le hizo a Jesús libre para dar y para recibir. Jesús era amigo de pobres y de ricos. Los amaba igual. Algunos lo dejaron todo al conocerle a Él. Y vivieron como Él, la aventura de vivir sin saber lo que va a suceder hoy. Otros compartieron sus bienes con Jesús, recibiéndolo en su casa. José de Arimatea le prestó su sepulcro. Lo que cuenta en la vida es la manera de vivir. La manera de dar. No tanto tener o no tener. Hay personas que tienen mucho y dan mucho, y están abiertas a tener menos. No temen porque en su vida lo importante es otra cosa. Hacen felices a muchos. Ayudan y están pendientes de quien necesita algo. Saben optar siempre por los suyos, por estar con ellos, antes que dejarlos de lado preocupados por tener más. Hay otras personas que tienen poco pero están amargadas, son codiciosas, exigen, quieren más. Hablan mucho de dinero, se quejan siempre. Pienso que a veces el no tener te puede hacer avaricioso. Otras veces sucede al revés. Tener mucho encoge el corazón y no tener lo abre. La clave no es tener más o tener menos, sino vivirlo bien. ¿Quién es mi dueño? Miro mi corazón. ¿Cuál es mi apego a los bienes? ¿Cuáles son mis prioridades en la vida? ¿Opto por mi familia frente al trabajo? ¿Les dedico el tiempo mejor? ¿Dónde está mi gran tesoro? ¿Cuáles son mis tesoros en la vida? Los que no pasan. Mi herencia y mi vida. ¿Cómo es mi libertad frente a los planes, frente a las cosas, frente al trabajo? Me gustaría pensar en mi libertad frente al móvil y el ordenador. Al llegar a casa, al estar con mi marido o con mi mujer, o con un amigo, o con mi novio. ¿Cuánto estoy pendiente del móvil? ¿Cuánto de ellos? A veces les pido a los hijos lo que yo no cumplo. Y estoy con ellos mirando el móvil, contestando mensajes, sin estar de verdad. Ojalá también en estas vacaciones pueda disfrutar del tiempo que merece la pena. Pasear. Estar. Contemplar. Charlar. Aprender a perder el tiempo, sin medir. Nunca dejar de disfrutar y darlo todo hoy por almacenar para mañana. El mañana es de Dios, se lo entregamos. El hoy lo tenemos para dar lo que tenemos, para agradecer. ¡Qué importante es agradecer! Compartir. Perder el tiempo sin creernos tan importantes. Estar con los nuestros. Los tesoros de la vida no se miden, no se cuentan. No se guardan en graneros. Se entregan en la fuerza del amor y se guardan en el cielo.

Hoy me invitan a dejar de lado el hombre viejo: «No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo». Un reino nuevo. Un hombre nuevo. Siempre esa imagen me atrae. Tal vez es que lo nuevo tiene resonancia en mi alma. Lo nuevo parece siempre sinónimo de mejor. Aunque no siempre lo nuevo es mejor que lo viejo, que lo antiguo. Pero me hacen pensar que sí. Me sugieren que compre un coche nuevo, una casa nueva, un ordenador nuevo. Todo nuevo. Para ser más feliz. Y yo intento quedarme con lo nuevo rechazando lo antiguo. Es una paradoja. Rechazo lo antiguo. Abrazo lo nuevo. Me niego a lo de siempre. Elijo la novedad. Los últimos avances. Los últimos logros. Se me mete en el alma el deseo de cambiar por cambiar. Y es verdad que hay algo que sí puedo cambiar: la mirada sobre mi vida. Sir Thomas Browne decía: «Soy el hombre más feliz que existe. Puedo cambiar la pobreza en riqueza, la adversidad en prosperidad. La fortuna no puede herirme». ¿Cómo cambiar lo que me incomoda en algo agradable? Sólo la mirada me hace capaz de cambiar mi vida. Puedo negarme a aceptar lo que tengo. Puedo rechazar una y otra vez mi suerte. Pero lo que me hace feliz, lo que de verdad me alegra, es cambiar la mirada sobre lo que estoy viviendo. Sea malo o bueno. El otro día una persona me decía: «Estoy cansada de que me miren con misericordia, con compasión. Quiero que me acepten como soy. Que me quieran como soy». Es verdad. No me gusta que me tengan compasión. Quiero que me acepten en mi verdad. Que me quieran con mis heridas y mis límites. Y no que me acepten a pesar de ser como soy. Que me quieren incluso en mi debilidad. No a pesar de. No con una mirada compasiva. Pero para mirar así a los demás hace falta un milagro. Un cambio radical en el alma, en la mirada. Cambiar la pobreza en riqueza. La adversidad en prosperidad. Me parece un milagro. Un cambio radical del corazón que aprende a mirar con profundidad la vida. Tal vez sea eso dejar el hombre viejo de lado. Como una piel seca en la que ya no entro. Como un corazón raquítico en el que ya no quepo. Sí. Hacer de nuevo mi vida después de tantos años. Me siento como Nicodemo que dudaba ante Jesús y no sabía cómo podía él volver a ser un niño para poder nacer de nuevo. Pero ese es el misterio. No acostumbrarme, no atarme. No construir graneros más grandes para retener mi vida, para contener mis ansias, mis bienes, mis conquistas. No. Jesús me pide un corazón nuevo. Quiere que llegue a ser un hombre nuevo. ¿Acaso no he envejecido en mi mirada sobre la vida? Necesito rejuvenecerme. Que los años no me hagan más viejo, sino más sabio. No quiero jubilarme antes de tiempo. Necesito hacerme niño, volver a nacer a la vida. Algunas partes de mi alma se han vuelto rígidas, se han necrosado. Cuando repito una y otra vez los mismos moldes de siempre. Y me aburgueso torpemente. Hay cosas en mi vida que están viejas, muertas, gastadas, obsoletas. Y quiero cambiarlas. Le pido a Dios la gracia del cambio, de la renovación. Un cambio hondo y verdadero. No un cambio en la superficie. No basta un cambio de ropa. Hay que ir a lo más hondo del corazón. Y ver dónde Dios tiene que entrar para hacerlo todo nuevo. Para rejuvenecer el alma que se ha secado con el paso de los años. Un corazón viejo teme los desafíos, no quiere cambios de planes, de horarios. Odia los imprevistos. Huye de las inseguridades. Quiero un corazón nuevo, joven, generoso.

Pero no siempre la vida consiste en cambiar por cambiar. Decía el Papa Francisco en la exhortación Amoris laetitia: «Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de ‘talismán’: parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio». Es cierto. Hoy glorificamos el cambio. Siempre nos parecen buenos los cambios. Y muchas personas quieren cambiar. Llevan ya demasiado tiempo con la misma pareja, en el mismo trabajo, en la misma casa, en el mismo país, las mismas amistades, los mismos planes de siempre. Se han aburrido. Puedo yo caer en ese deseo de cambiar por cambiar. Y la fidelidad me parece algo aburrido. No siempre los cambios me hacen bien. Hay cosas que quiero que duren siempre, que no se acaben. Las cosas importantes de mi vida, las esenciales. Esas que me constituyen y me alegran el alma. Esas que tienen que ver con la mirada de Dios sobre mi vida, de las personas que forman parte de mi camino. Escribía Pablo Neruda: «No quiero dormir sin tus ojos, no quiero ser sin que me mires: yo cambio la primavera porque tú me sigas mirando». Hay cosas que necesitamos que permanezcan para siempre. El amor eterno, la certeza de una vida verdadera. La mirada profunda, unas palabras de esperanza. No quiero que mueran nunca. No quiero que cambie todo. No quiero vivir amores tan inestables que no pueda confiar en ellos. Necesito rocas que me hablen de una estabilidad en mi vida. Pero hoy el mundo es fluido. Todo fluye, todo pasa. Todo se muda, todo cambia. Y yo quiero algo de estabilidad, de solidez. Algo a lo que agarrarme en medio de las olas de un mar cambiante. Las circunstancias pueden cambiar. Pero yo quiero ser fiel en medio de los cambios. Una roca. Decía el P. Kentenich: «En circunstancias normales, el héroe es el santo de la vida diaria, el que en medio de la simple cotidianidad modela su vida a partir de un gran espíritu de amor; pero cuando esas circunstancias cambian, Jesús, o sencillamente el cristianismo, exigen heroísmo en nuestro testimonio y sacrificios»[4]. Una fidelidad probada. Hace falta ser heroico para ser roca. Una fidelidad de roca en medio de un mundo que fluye. Hace falta mucho amor de Dios en mi vida para ser roca. Esa quiere ser mi santidad hoy. Todos buscamos un hogar en el que haya personas que no mudan. Principios que no cambian. Ideales que no palidecen. Un hogar en el que uno puede echar raíces y sentirse en casa. El otro día leía una definición de la palabra «radical» que me gustó. Dice Manuel Vicent: «Radical viene de ‘raíz’, alude a la autenticidad, al árbol y remite a la identidad». Quiero ser radical. Me gusta tener raíces hondas que den estabilidad a mi vida. Quiero mantenerme firme, recio, con una fidelidad que dé seguridad a otros. Me cuestan esas personas que cambian continuamente de opinión, de gustos, de parecer. Hoy piensan de una forma, mañana lo contrario. Es difícil contar con ellas. Hoy te dan su sí incondicional. Mañana te lo quitan porque ha surgido algo nuevo, un nuevo camino. Me cuesta creer de verdad en esas declaraciones solemnes de fidelidad eterna hechas en momentos de euforia. Como si todo estuviera claro y nunca fuera a cambiar. Esas oraciones juveniles que pierden su fuego con el paso de los años. Con el tiempo cambian las circunstancias y parece como si el sí primero dejara de tener valor. Ya no se puedo ser fiel a lo dicho en un momento de euforia. ¿Dónde quedaron las raíces hondas? Tal vez nunca hubo raíces profundas. Y las palabras tenían más fuerzas que el corazón. Y se apagaron los fuegos con la primera brisa. La raíz remite a mi identidad. Soy lo que soy en lo más hondo de mi ser. Allí donde los cambios apenas me tocan. Quiero tener raíces. Quiero que lo que diga tenga sostén en lo profundo de mi ser. En mi verdad más auténtica.

 

[1] J. Kentenich, Vivir con alegría

[2] J. Kentenich, Vivir con alegría

[3] Claudio de Castro, El poder de la alegría

[4] J. Kentenich, Niños ante Dios

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