miércoles 1 Noviembre 2017 : Commentary San Gregorio Magno

Jesús dice en el Evangelio: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen, y les doy la vida eterna” (Jn 10,27). Un poco antes había dicho: “Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (v. 9). Porque se entra por la fe, pero se sale de la fe hacia la visión cara a cara; pasando de la fe a la contemplación, encontrará pastos para un descanso eterno.

Estas son, pues, las ovejas del Señor que tienen acceso a los pastos, porque los que le siguen con simplicidad de corazón reciben como alimento hierva siempre verde. ¿Qué son estos pastos de las ovejas sino los gozos profundos de un paraíso siempre verde? El pasto de los elegidos es el rostro de Dios siempre presente, contemplado en una visión sin sombra alguna; el alma se sacia sin fin de este alimento de vida.

En estos pastos los que han escapado de la red de los deseos de este mundo  se ven eternamente satisfechos. Allí canta el coro de los ángeles, allí se reúnen los habitantes del cielo. Allí encuentran una dulce fiesta los que regresan pasadas las penas después de una triste estancia en el extranjero. Allí se encuentra el coro de los profetas de ojos penetrantes, los doce apóstoles como jueces, el victorioso ejército de los innumerables mártires tanto más gozosos cuanto más duramente se han visto afligidos aquí abajo. En este lugar recibe su recompensa la constancia de los confesores de la fe. Allí se encuentran los hombres fieles que los placeres de este mundo no han podido aflojar la fuerza de su alma, las santas mujeres que han vencido al mismo tiempo toda su fragilidad y la de este mundo; allí están los niños que por su manera de vivir han crecido por encima de su edad, los viejos que la edad no ha vuelto débiles aquí abajo y no les ha abandonado la fuerza para obrar. Queridos hermanos, pongámonos a buscar estos pastos donde seremos felices en compañía de tantos santos.

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