Preparación de homilías – Corpus Christi – 03/06/2018

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Homilía Corpus Christi

3 de junio de 2018 – Ciclo B

“Tomad, esto es mi cuerpo”

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  Introducción  

Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, más conocida entre nosotros como el “Corpus Cristi”.

Está aún muy reciente el Jueves Santo centrado también en el relato de la última cena de Jesús con sus discípulos celebrando la pascua judía. Ahora volvemos a leer este mismo relato tomado esta vez del evangelio de Marcos. Estamos en otro contexto, ha pasado el gozo pascual, es el llamado tiempo ordinario del ciclo litúrgico y en esta solemnidad se  subraya lo que representa la eucaristía en la vida cristiana. Estamos ante un dogma central de nuestra fe que es la Presencia real del Señor Jesús en el pan y el vino eucarístico.     

La Comunidad cristiana, desde los primeros momentos de su existencia, tuvo una conciencia muy clara de esta presencia al reunirse para recordar la cena del Señor. En el pan y el vino que compartían encontraban la fortaleza para ser testigos de su fe en medio de las persecuciones. Con el tiempo, al estabilizarse la vida de la iglesia, surgen otras manifestaciones litúrgicas en torno a esta presencia en el pan eucarístico, tales como la devoción al “Santísimo Sacramento”, reservado en los sagrarios de las pequeñas o grandes iglesias repartidas por todo el mundo cristiano. Es una presencia que hasta nuestros días alienta la oración privada de los fieles. Después vendrá la Adoración al Santísimo Sacramento, las Procesiones eucarísticas y otras manifestaciones populares, sociales y festivas. Tanto en las grandes ciudades, como en los pequeños pueblos o aldeas de nuestro país siguen vivas estas expresiones religiosas,  es la religiosidad popular que no debemos despreciar, porque de algún modo es el sentir del pueblo cristiano que ve en el sacramento eucarístico una Presencia  del Señor Jesús que alienta y sostiene su vocación cristiana.

Fr. Jesús Mª Gallego Díez O.P.

Convento de Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del Libro del Exodo 24, 3-8

En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:–Haremos todo lo que dice el Señor.Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomo el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:–Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:–Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.

Salmo

Sal. 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18 R: Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre, Señor.

¿Cómo pagaré al Señortodo el bien que me ha hecho?Alzaré la copa de la salvación,invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclavarompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo.

Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15

Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa; cuanto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.Por eso él es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 14, 12. 16. 22-26

El primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:–¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?El envió a dos discípulos, diciéndoles:–Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?».Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:–Tomad, esto es mi cuerpo.Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.Y les dijo:–Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Ante todo la caridad

Iª Lectura: Éxodo (24,3-8): El misterio de la Alianza

En la primera lectura, Moisés, bajando del monte, comunica la experiencia que había tenido de Dios, de sus palabras, que han de considerarse como palabras de la Alianza que Dios había sellado anteriormente con su pueblo con el Código de la Alianza  cuyo corazón es el Decálogo. Entonces, pues, se organiza una liturgia sagrada, un banquete, que quiere significar la ratificación de la Alianza que Dios ha hecho con el que ha sacado de la esclavitud. El misterio de la sangre, de su aspersión, expresa el misterio de comunión de vida entre Dios y su pueblo ya que, según se pensaba, la vida estaba en la sangre. Por ello este texto se considera como prefiguración de la Nueva Alianza que Jesús adelanta en la última cena.

IIª Lectura: Hebreos (9,11-15): El sacrificio de la propia vida

II.1. La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos del NT. En este texto se nos exhorta desde la teología sacrificial,  que  pone de manifiesto que los sacrificios de la Antigua Alianza no pudieron conseguir lo que Jesucristo realiza con el suyo, con la entrega de su propia vida. Y esto lo ha realizado «de una vez por todas» en la cruz, de tal manera que los efectos de la muerte de Jesús, la redención y su amor por los hombres, se hacen presentes en la celebración de este sacramento. El recurrir a las metáforas y al lenguaje de la acción sacrificial puede que resulte hoy poco convincente, fruto de una cultura que no es la nuestra. No obstante, la significación de todo ello nos muestra una novedad, ya que todo se apoya en un sacerdocio especial, el de Melquisedec y en una entrega inigualable.

II.2. Es uno de los momentos álgidos de la argumentación de la carta. Está hablando del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna. Es esa alianza que prometieron los profetas, porque ellos vieron que los sacrificios rituales habían quedado obsoletos y la alianza antigua se había convertido en una “disposición” ritual. Cristo no viene a instaurar nuevos sacrificios para Dios (no los necesita), sino a revelar que la propia vida entregada a los hombres vale más que todo aquello. Así es posible entenderse a fondo con Dios. Es en la propia vida entregada como se logra la comunión más íntima con lo divino, sin necesidad de sustitutivos de ninguna especie. La muerte de Jesús, su vida entregada a los hombres y no a Dios, es el “testamento” verdadero  del que hacemos memoria.

Evangelio: Marcos (14,12-26): La muerte como entrega

III.1. El evangelio expone la preparación de la última cena de Jesús con los suyos  y la tradición de sus gestos y sus palabras en aquella noche, antes de morir. Sabemos de la importancia que esta tradición tuvo desde el principio del cristianismo. Aquella noche (fuera o no una cena ritualmente pascual), Jesús hizo y dijo cosas que quedarán grabadas en la conciencia de los suyos. Con toda razón se ha recalcado el «haced esto en memoria mía». Sus palabras sobre el pan y sobre la copa expresan la magnitud de lo que quería hacer en la cruz: entregarse por los suyos, por todos los hombres, por el mundo, con un amor sin medida.

III.2. Marcos nos ofrece la tradición que se privilegiaba en Jerusalén, mientras que Lucas y Pablo nos ofrecen, probablemente, «las palabras» con la que este misterio se celebraba en Antioquía. En realidad, sin ser idénticas, quieren expresar lo mismo: la entrega del amor sin medida. Su muerte, pues, tiene el sentido que el mismo Jesús quiere darle. No pretendió que fuera una muerte sin sentido, ni un asesinato horrible. No es cuestión de decir que quiere morir, sino que sabe que ha de morir, para que los hombres comprendan que solamente desde el amor hay futuro. La Eucaristía, pues, es el sacramento que nos une a ese misterio de la vida de Cristo, de Dios mismo, que nos la entrega a nosotros de la forma más sencilla.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

La  Antigua Alianza de Dios con su pueblo Israel

Las tres lecturas de hoy tienen un hilo conductor y es la idea de la alianza de Dios con los hombres, una alianza prometida a los antiguos patriarcas y consumada con toda la humanidad a través de Jesús hecho hombre por nosotros. Así, en la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, aparece Moisés conduciendo al pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra `prometida. En el Sinaí, Moisés habla con Dios y trasmite al pueblo su experiencia religiosa. Le da los mandamientos y normas de vida. Pero Israel  es un pueblo terco, de corazón extraviado, que duda y se pregunta si, está o no está Dios con él, en su caminar por el desierto. Todo el libro del Éxodo es un relato de encuentros y desencuentros de Israel con su Dios que a pesar de todo no abandona a su pueblo elegido. Esta vez el pueblo escucha a Moisés y asiente a sus deseos.  En el texto que hoy comentamos hay una especie de contrato entre Dios y las doce tribus de Israel que queda sellado con sangre de animales. Era, el ritual primitivo habitual en su tiempo, pensando que la sangre era la garantía jurídica, el protocolo necesario para hacer una alianza con Dios.

La Alianza Nueva y Eterna para el perdón de los pecados

El evangelista Marcos, cuando en su evangelio quiere presentar la pasión y la misma institución de la eucaristía lo hace en el marco tradicional de la `pascua judía, la alianza de Dios con su pueblo. Por eso en el relato de la última cena, empieza diciendo algo que parece anecdótico pero que no lo es. Dice así, el primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, Jesús encarga a sus discípulos la preparación de la Cena, con lo cual quiere dejar bien sentado que lo que va a ocurrir después es un auténtico sacrificio, que se engarza en el ámbito de la pascua judía. Es un sacrificio que se hace realidad con la sangre derramada por Cristo, por eso es Nuevo, y es Eterno porque anula la antigua Alianza y se abre a la humanidad entera. Así lo recordamos nosotros ahora al renovar este mismo sacrificio en las celebraciones eucarísticas. El sacerdote, en la misa, al consagrar el pan y el vino y dice expresamente que es la  Alianza Nueva y Eterna para el perdón de los pecados.   

En la carta a los Hebreos, que recordamos en la segunda lectura de hoy, el autor con un lenguaje muy diferente a los anteriores, pues está escrita después de la muerte de Jesús, nos da una explicación teológica de la Alianza consumada por Cristo, diciendo que con su sangre derramada en la cruz ha iniciado una etapa nueva y definitiva. Como se ve, la alianza nueva no es ya un contrato o un intercambio de intereses para obtener del favor de Dios o aplacar su ira, como en la antigua alianza, pues el hombre, no puede dar a Dios algo que necesite, ni hacer algo para obtener su favor. Sin embargo, por parte de Dios, sí que hay una elección gratuita que eleva al hombre apostando por él, dándole la dignidad de hijo y haciéndole partícipe de su propia vida a través de Cristo, su Hijo, y todo esto lo hace por amor.

Jesús tomó el pan, lo partió, y se lo dio diciendo, tomad y comed

En el ambiente de la última cena, Jesús abre su corazón a los discípulos, y les recuerda aspectos fundamentales sobre su misión mesiánica, tal como lo recogen los evangelios. En este contexto, como si fuera su testamento, aparece la novedad de la eucaristía, cuya transcendencia no se puede desligar de la pasión del Señor anunciada en esa cena pascual. El evangelista  Marcos nos da las claves del misterio eucarístico, lo hace de una forma concisa pero a la vez suficiente para comprenderlo. Dice simplemente que Jesús tomó pan, y pronuncio la bendición, lo partió y se lo dio a sus diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y les dice: “Esta es mi sangre de la Alianza, que se derrama por todos”. Y les anuncia que no beberá del fruto de la vid hasta que beba el vino nuevo en el Reino de Dios. En este breve relato está expresado el contenido profundo de la eucaristía, entendida como Sacramento necesario para vivir la fe.

En primer lugar, es una invitación a tomar el cuerpo y la sangre de Cristo como alimento y seguir sus pasos. En el lenguaje bíblico comer su cuerpo y beber su sangre (un lenguaje duro para algunos) es identificarse con la totalidad de la persona que lo dice, con su propio ser, con su espíritu, con sus anhelos y objetivos. En resumen, Jesús está hablando  de su vida y muerte que se entrega como alimento, como gracia que redime y perdona. Jesús cuando dice tomad y comed, quiere decir que tomemos la vida en nuestras manos, que recibir la Eucaristía no es algo estático, sino dinámico, que exige lucha para salir del pecado o para superar situaciones difíciles y comprometidas que no encajan en el proyecto cristiano. Es muy importante, entender esto, porque algunos piensan que el comulgar es un premio, una medalla que se da a las personas buenas.  La eucaristía es una llamada a la esperanza, que nos recuerda que somos en realidad lo que celebramos, porque ya no somos nuestra propia debilidad, ni nuestros odios, ni nuestros traumas, ni siquiera nuestros mismos pensamientos, ni la suma de nuestros pecados o errores. No, no somos eso. Podemos decir como el apóstol Pablo: Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

El pan partido y repartido, es también el compromiso personal de los creyentes para ser testigos de su muerte y resurrección. Jesús, parte el Pan y se lo ofrece a sus discípulos, y con este gesto los invita a asumir un compromiso integrándose en la acción redentora del Verbo hecho carne siguiendo su misión. Así lo entendieron sus discípulos en sus primeros pasos después de la muerte de Jesús siendo testigos de la Resurrección de Cristo, asumiendo todas sus consecuencias, como fueron las persecuciones y el martirio.

Pero además, al comulgar nos identificamos con Cristo que al anunciar el Reino de Dios lo hacía no solo de palabra, sino atento a las necesidades de sus contemporáneos. Por eso el pan eucarístico lo hemos de compartir con nuestros hermanos, nos tiene que llevar a ser muy sensibles ante sus necesidades, tanto espirituales como materiales. Recordemos que el Señor ante una multitud fatigada, que lo seguía y tenía hambre, dice a sus discípulos: “dadles vosotros de comer”. Es una responsabilidad que desde sus orígenes la iglesia ha ejercitado como recuerdo del Señor. Por eso hoy, al celebrar el Corpus Cristi, que nos habla del pan partido, nos lleva a pensar sobre el pan compartido y celebramos por eso el Día de la Caridad.

Fr. Jesús Mª Gallego Díez O.P.

Convento de Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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