Preparación de homilías – Natividad de San Juan Bautista – 24/06/2018

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Homilía Natividad de San Juan Bautista

24 de junio de 2018 – Ciclo B

“La mano del Señor estaba con él”

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  Introducción  

La fiesta de San Juan Bautista, la solemnidad, para ser más preciso, se impone a la liturgia propia del domingo. La fiesta de San Juan tiene una tradición que viene de lejos. Momentos hubo en la que fue considerada fiesta de precepto. El día, y más la noche anterior al día, de San Juan ha sido celebrada de maneras muy diversas en  muy diversas culturas y religiones. Constituye el solsticio de verano, en el hemisferio norte y del invierno en el sur. El protagonista es siempre el sol. El día del sol que emerge en la estrechez del día el 24 de diciembre en el hemisferio norte, ha sido elegido para celebrar la fiesta del sol sin ocaso, Cristo el Señor. En las antípodas del año se celebra el día del sol que lo llena todo y nos ofrece el “día más largo”. Además a los cristianos se nos recuerda el anticipo de seis meses de la venida al mundo del Precursor respecto a “la luz que vino a los suyos”. Día, pues, de luz, de anuncio de la aparición de Jesús en el mundo. Celebramos a quien iba a descubrirle y sacarle del anonimato, proclamándolo como el Mesías deseado. De san Juan celebramos, como de Jesús, su Nacimiento, pues fue santificado, dice la antigua tradición, en el seno de Isabel ante la presencia de la “Madre de mi Señor”, como su madre saluda a María. Lo atestiguan sus saltos de gozo.

Fray Juan José de León Lastra

Convento de Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías 49, 1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre.Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano;me hizo flecha bruñida, me guardó en su aliaba y me dijo:«Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas»,en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios.Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo,para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel –tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza–:«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel;te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Salmo

Sal 138, 1-3. 13-14. 15 R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto,de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. R.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma. R.

No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.

Segunda Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 22-26

En aquellos días, dijo Pablo:–«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llega.ra, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.”Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo:–«¡No! Se va a llamar Juan.»Le replicaron:–«Ninguno de tus parientes se llama así.»Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados.Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:–«¿Qué va a ser este niño?»Porque la mano del Señor estaba con él.El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

I. Lectura (Isaías 49,1-6): Luz de las naciones

Este es el segundo canto del Siervo de Yahvé que es una de las originalidades del famoso Deutero-lsaías. Se tata de una llamada, de una elección desde el seno materno. Los nombres de Jacob y Israel que se identifican, pero que, por otra parte eran personas distintas como “epónimos” del pueblo elegido, suenan un poco a artificio literario y formal y, en todo caso, simbólico. El “siervo” es un individuo, una persona, aunque también se sugiere de alguna manera, que se está contemplando una colectividad. El “siervo” lleva el nombre, pues, de Israel para reunir a Israel (o Jacob) a una misión: ser luz de las naciones. Para ello debe reunir de nuevo al pueblo.

Todo esto, pues, es una llamada a una verdadera misión profética. Los profetas no se hacen, no estudian, no aprenden en escuela… los profetas tienen una sintonía con Dios que les llama, les impulsa, les arranca de lo normal y les encomienda una misión que va más allá de lo de siempre. El profeta rompe barreras, atraviesa esquemas imposibles, porque desde el “seno materno” estaba tocado por el dedo de Dios para algo muy especial. No de otra manera se nos han presentado las llamadas a la misión profética del mismo Isaías, de Jeremías, de Amós, pero de la misma manera nos encomiarnos una descripción parecida en Pablo a ser apóstol de los gentiles (Gal 1, 15), cuya misión profética es patente en el cristianismo primitivo.

Como podemos percibir es una llamada a la predicación, a la palabra, esa palabra que debe ser “como una espada afilada” (así nos lo recordará también el autor de Hebreos 4,12) y una “flecha bruñida” que apunta lejos, muy lejos, porque la palabra no tiene límites, es como el viento, como el Espíritu. Y es aquí donde la pesadumbre del profeta que se siente cansado y quizás fracasado encuentra el consuelo de la misma palabra de Dios que le anima a no darse por derrotado. Ya sabemos que los verdaderos profetas no encajan con la realidad y el statu quo de aquellos que no quieren cambiar nada y piensan que Dios no cambia. Para eso es para lo que Dios elige y “llama” a los profetas, para dar una vuelta a la realidad anquilosada. Ellos son contraculturales, marginales frente a los poderosos… y presiente, con sudor y lágrimas, que Dios está con ellos. Así ha sucedido siempre con los verdaderos profetas.

Y es una misión a la universalidad: “luz de las naciones”. No basta con reunir a Jacob o a Israel, es decir, al pueblo elegido. El nacionalismo se queda estrecho. Los profetas de luz, los profetas de la palabra viva y verdadera tienen que ir más allá de los círculos cerrados de pueblos y clanes, de razas privilegiadas. El “siervo” misterioso del poema plantea, pues, un camino que no se agarra al espíritu nacional de una religión doméstica ¡Sería el empobrecimiento del provecto salvador y universal de Dios! Todos los pueblos, todas las razas, todos los caminos, deben llevar al Dios vivo y verdadero. Es una “globalización” teológica sin precedentes en un sueño universal: por la justicia v por la paz, en el derecho y en la libertad, en el desarrollo sostenible de un mundo económico que, desde la crisis, apunta a una utopía que no debe cesar.

II. Lectura (Hechos de los Apóstoles 13,22-26): Han comenzado a cumplirse las promesas

Este discurso de Pablo ante los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia (en el sur de Turquía), es el primero que Lucas, el autor de los Hechos, le concede a Pablo con una intencionalidad manifiesta. Lucas entiende que la primera tarea de los “apóstoles” era trasmitir el mensaje de la salvación a los judíos y después a los paganos. Es un planteamiento esquemático que no siempre se cumplía. Pero lo obvio para Lucas era así y por ello traza un discurso a los judíos de la diáspora en el sábado y ante la petición de los jefes de la sinagoga, después de la lectura de la Ley y los Profetas. El discurso es kerygmatico, es decir, tiene un núcleo fundamental en el anuncio de la muerte y la resurrección de Jesús como liberación y salvación.

Y por ser un discurso ante un auditorio judío, se necesita una justificación teológica de la mesianidad de Jesús, descendiente de David; por ello se parte del texto de 2Sam 7,12. No es una cita exacta, como se hace otras veces con los textos de la Escritura, sino que se trata simplemente de una alusión. Porque es en David y su unción donde se pone el origen tradicional del mesianismo real judío en el sentido de una promesa que ha de cumplirse en el Mesías de Dios. Para los cristianos, y para Lucas concretamente, este Mesías es Jesús de Nazaret. Por lo mismo, el autor de los Hechos y de este discurso, sin duda, quiere proponer no simplemente una comparación entre David y Jesús, sino entre promesa v cumplimiento.

El texto, hoy, ha sido escogido por la mención del papel de Juan el Bautista, el último profeta del AT, aquél que todavía exhortaba a la espera de “alguien” bajo la iniciativa divina. Es verdaderamente curioso que la figura de Juan el Bautista sea usada en estos discursos, aunque se explica en razón de ese auditorio tan determinado. Juan el Bautista pertenece al tiempo de las promesas, después, ya viene el tiempo nuevo que inaugura Jesús. El profeta, a quien la tradición cristiana presenta como pariente de Jesús (las madres del Bautista y de Jesús se encuentra al principio de la obra de Lucas 1), cierra el AT para nuestro autor.

¿Por qué menciona laicas a Juan el Bautista en cale discurso? ¿Quizás contra algunos discípulos de Juan que no aceptaban la mesianidad de Jesús defendida a ultranza por los cristianos? ¡No está claro! En realidad, lo que ha hecho Lucas es sintetizar lo que ha escrito en el evangelio y se nos presenta en la frontera entre promesa y cumplimiento. Los judíos deben saber que se han cumplido las promesas en Jesús (e incluso los discípulos del Bautista), precisamente desde el momento en que el Bautista hace morir su profecía apocalíptica por el cumplimiento salvador y liberador del anuncio del Reino por parte del profeta definitivo de Dios. Lucas mismo lo ensalza y lo ve así (Lc 16.16).

III. Evangelio (Lucas 1,57-66.80): ¡Juan es su nombre! Dios nos ofrece misericordia

La “historia” del nacimiento de Juan en Lec 1 se ha prestado mucho a la piedad o, por el contrario, es una de las cuestiones históricas más debatidas. En realidad la descripción del nacimiento de Juan se hace en paralelo con la de Jesús, pero con las diferencias pertinentes. No podemos menos de notar lo escueto que es el evangelista para narrar el “nacimiento” de Juan (Lc 1.57-58) en dos versículos, mientras que al nacimiento de Jesús le dedica veinte (Lc 2,1-20). Las consecuencias del nacimiento de Juan y la imposición de su nombre se explican como contrarréplica a la escena del anuncio de su nacimiento y a la mudez de su padre Zacarías. Zacarías debe hablar y escribir para dimensionar el nombre divino y el papel que el niño ha de tener. Lo extraño y curioso es que Lucas concede menos peso al nacimiento de Juan y mucho más al rito judío de la circuncisión y la imposición del nombre (vv. 59-66), mientras que en el caso de Jesús sucede al contrario: el nacimiento y sus consecuencias tienen un peso extraordinario y del rito judío de la circuncisión le basta con una simple evocación (Lc 2,21). Además, se subraya que la imposición del nombre corresponde al padre de la criatura, en el caso de Juan. Pero en el caso de Jesús se le encomienda a María (Lc 1,31). Estas diferencias, sin duda, marcan la teología de lo que Lucas quiere expresar: aunque son dos anuncios y nacimiento paralelos, lo de Jesús es distinto de lo de Juan el hijo de un sacerdote.

Algunos autores no están seguros de que en tiempos de Jesús la imposición del nombre se realizara en el momento de la circuncisión, va que en el AT parece que era en el momento del nacimiento (Cf Gn 21,3). En todo caso, la afirmación de Zacarías: ¡Juan es su nombre! pretendería explicar que la vida de Juan estaría en manos de Dios y no de sus padres o de su familia. Según la tradición que Lucas recoge, Zacarías era de familia sacerdotal, como sabemos, y el futuro de este niño debería ser el mismo: servir al culto y el templo; tenía derecho. Pero como se quiere poner de manifiesto en Lc 1,80, este niño no será sacerdote, sino profeta, aunque un profeta muy especial: en el desierto y llamando a un bautismo de conversión a todo Israel. ¿Qué es histórico en todo esto? No lo sabemos, porque la verdad es que el nacimiento no ocupa mucho interés; casi todo se centra en poner el nombre previo acuerdo entre Isabel y Zacarías después, con la tablilla; todo para contradecir a la gente e imponer un nombre que no sabemos que viene “del cielo”, como el de Jesús, pero lo parece, según la estética de nuestro narrador.

¿Qué significar Juan? Un nombre es muy importante en la Biblia. El nombre es todo un programa, un diseño de vida… Jesús significa “Dios salva o es mi salvador” y su vida estará dedicada a la salvación. Juan (Yóhanan) viene a significar: “Dios es propicio o Dios se ha apiadado” o bien, “Dios es misericordia”. Desde esta explicación y significado es cómo podemos entender el canto del Benedictus que Lucas ha puesto a continuación, donde la visita de Dios a su pueblo es la idea que exhorta a bendecir y a alabar a Dios. Este cántico de Zacarías, sin duda compuesto de Lucas, con todas las resonancias de los cantos del AT viene a mostrar que toda la historia del pueblo de las promesas no ha sido en vano y que ha llegado el momento en que Dios, de nuevo, estará con los suyos. Juan, pues, tiene esa misión en su nombre mismo: anunciar que Dios ha de llegar para visitar, liberar… es lo que hará Jesús, quien con su nombre y su vida ha de llevar a cumplimiento lodo el proyecto salvador de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

La figura de Juan Bautista

Los escritos neotestamentarios  no ahorran elogios a su persona. En la boca de Jesús ponen la proclamación de que Juan  “el mayor de los nacidos de mujer”.  Cuando se redactan esos escritos existían comunidades en torno a la persona de Juan el Bautista. Era necesario  aclarar que el acto profético de mayor relieve de Juan Bautista fue mostrar entre sus seguidores a Jesús, como “el que ha de venir”.

Juan es el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Como puente es paso para sortear barreras entre ambos momentos del plan de salvación. Algunos utilizaron ese puente: de discípulos de Juan se hicieron discípulos de Jesús. Otros se negaron a utilizarlo. Fueron éstos sobre todo los representantes más genuinos de la religión judía.

La misión de Juan

Luz y salvación. Isaías nos presenta en la primera lectura al “llamado por su nombre” ya en el seno materno para ser luz y salvación de todos, no sólo de los judíos. Lo ha de ser desde su condición de siervo de Dios. San Juan en el prólogo de su evangelio se ve obligado a realizar ciertas precisiones ante alguna confusión que existía entre las comunidades cristianas y las seguidoras de Juan Bautista. Juan no era la luz, sino el testigo de que la luz  se había hecho presente en Jesús de Nazaret. He ahí la misión de Juan: descubrir dónde está la luz, en medio de la opacidad. Señalar al maestro en medio de la confusión.  A él le toca “ir delante del Señor a preparar sus caminos…”, como proclamara su padre Zacarías, en el cántico –que no aparece en el texto evangélico de esta Eucaristía-. Juan proclamó en su día quién era el salvador y sigue proclamándolo hoy. Nos corresponde atender a su anuncio. Y seguir su ejemplo: ser siervos que anuncien quién es el salvador, no constituirnos en salvadores; indicar dónde está la luz no ponernos como generadores de esa luz.

Bautismo de conversión o penitencia, según diversas traducciones. Así  resume Pablo la misión de Juan Bautista en la segunda lectura. Penitencia o conversión que debía preparar  la llegada del Mesías. Juan es el encargado de inducir a la limpieza interior, a la transparencia que permita, sin recovecos interiores, sin valles, sin montañas, permitir que Cristo-luz se introduzca en lo íntimo del ser. Hoy, también necesitamos empeñarnos en ese oscuro trabajo depurador de nuestro interior, para convertirlo en campo donde la semilla de la Palabra encuentre propicia la tierra, germine y fructifique.

Profeta del Altísimo.  Así lo proclama Zacarías, el padre de Juan, en el cántico previo a que Lucas señale cómo fue creciendo el niño. Juan Bautista es profeta. Hoy celebramos el nacimiento de ese profeta “y más que profeta”, que diría Jesús de él. Profeta que anuncia la salvación y el perdón de los pecados, profeta de la “entrañable misericordia de nuestro Dios”. En medio de tantos profetas, falsos profetas de calamidades, que diría Juan XXIII, nos gustaría ser profetas de salvación. De auténtica salvación, la que se descubre en el previo encuentro con Dios de entrañas misericordiosas.

Carácter de Juan Bautista

Su carácter se afianzaba en la medida que crecía. Lo fue afianzando dice el texto evangélico dedicando parte de su vida al silencio y la soledad en el desierto. “La mano de Dios estaba con él”, dice el texto; pero esa “mano de Dios”, había que discernirla  en la oración, la reflexión, el discernimiento.  Vemos a Juan Bautista como un hombre íntegro, que vive austeramente, porque sabe prescindir de lo no esencial para centrarse en lo que sí lo es. Que no se predica a sí mismo, que se abaja para que se eleve quien es el Mesías. Es manera de ser que fue forjando en ese tiempo de desierto. Necesitamos el “desierto”, con su austeridad, con tiempo para reflexión y oración, para afianzar nuestro modo de ser, y no dejarnos llevar por pulsiones interiores que nos rebajan al buscar ensalzarnos o consideraciones externas que nos engañen al halagarnos.

Fray Juan José de León Lastra

Convento de Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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