Preparación de homilías – XVI Domingo del tiempo ordinario – 22/07/2018

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Homilía XVI Domingo del tiempo ordinario

22 de julio de 2018 – Ciclo B

“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”

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  Introducción  

El domingo pasado escuchábamos en el Evangelio cómo Jesús enviaba a los Doce de dos en dos a predicar y curar. Llega ahora el momento de volver junto al Maestro, de compartir con Él lo vivido en los caminos, los hogares y las plazas que han visitado; acogida y rechazo, éxito y fracaso. Y de compartir con Él también el descanso necesario después del duro trabajo.

Una vida sana requiere de equilibrio entre el trabajo y el descanso. Descanso del cuerpo; pero también del alma, para lo que se requiere del juego y la diversión. Recoge Santo Tomás una historia según la cual, habiéndose escandalizado algunos de sorprender a San Juan Evangelista jugando con sus discípulos, mandó éste a uno de ellos que arrojara una flecha. Tras hacerlo repetidamente le dijo el Santo: “¿Podrías hacerlo continuamente?”. “No -respondió-; se rompería el arco”. “Eso mismo le sucede al alma si se mantiene siempre en la misma tensión”, añadió el Santo.

Dios nos quiere sanos. No nos quiere esclavos ni del ocio ni del negocio, ni por cuenta ajena ni por cuenta propia (pues a veces somos nosotros mismos los que nos colgamos el yugo).

D. Ignacio Antón O.P.

Fraternidad de Atocha (Madrid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño! –oráculo del Señor–. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: A los pastores que pastorean a mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones –oráculo del Señor–. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países a donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá –oráculo del Señor–.Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: «El Señor nuestra justicia.»

Salmo

Sal. 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R: El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: En verdes praderas me hace recostar.Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por sendero justo, por el honor de su nombre.Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo:Tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos;me unges la cabeza con perfumey mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos: Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, Judíos y Gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear, en él, un solo hombre nuevo.Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz; paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:–Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Jesucristo, Pastor y Salvador en la justicia

Iª Lectura: Jeremías (23,1-6): El pastor de la unidad

I.1. La primera lectura del profeta Jeremías es uno de los pasajes que se refieren a la casa de Judá, a la que profeta juzga, pero a la que promete un tiempo ideal, en que al pueblo dispersado, maltrecho y sin esperanza se le promete unos pastores que reúnan de nuevo al pueblo. Lo que más llama la atención son los vv. 5-6 pues todo se concreta en una persona, en un pastor, a lo que antes se ha insinuado. ¿Se trata de un texto mesiánico? Discuten los autores, porque consideran que es un añadido a los vv. 1-4. Pero lo que debemos considerar es que Dios mismo interviene en medio de su pueblo, valiéndose de nuevos y mejores pastores, y más concretamente de un pastor que restaure la unidad de Judá y de Israel.

I.2. Eso no se consiguió nunca si lo entendiéramos en un sentido histórico estricto; pero si tenemos en cuenta un valor simbólico que va más allá del nacionalismo de Judá y de Israel, se propone un pastor, un rey, que con cualidades éticas (no estrictamente políticas, ni guerreras), traiga la justicia y el derecho, que son los ideales de un buen rey de Oriente y de todas las naciones. Se habla de salvación y de paz, porque la verdadera salvación se fundamenta en la paz y la justicia. Reinará con sabiduría y le darán un nombre, ya que darle un nombre a alguien significa reconocer lo que ha hecho; es como un oficio bien aprendido y vivido con vocación singular. Ese nombre es «El Señor nuestra salvación». Es decir, lo que algo esa persona idílica tiene que estar en relación con el Dios que salva. Así quedamos emplazados para ver en Jesucristo este proyecto misterioso del oráculo. Porque no olvidemos que él ha de llevar el nombre de “Jeshua”: Dios salva, es mi salvación.

 

IIª Lectura: Efesios (2,13-18): El es nuestra paz

II.1. La segunda lectura, de Efesios, nos ofrece también una verdadera teología de la paz. Incluso se hace una de las afirmaciones teológicas más impresionantes del NT: El, es nuestra paz. El primer efecto de la pacificación (aquí entre judíos y paganos), no es primeramente entre ellos mismos, sino de toda la humanidad con Dios (vv. 13-18), como muerte de la enemistad, acercamiento a Dios, reconciliación con El, evangelización de la paz. Independientemente de la forma literaria del texto, para algunos es un himno sobre la pacificación de la humanidad. Por eso el v. 14 comienza de una forma enfática, refiriéndose a Cristo, “él es nuestra paz” (ipse est pax nostra, como traduce la Vulgata). ¿Por qué? Porque ha hecho de los dos pueblos uno. Se refiere a judíos y paganos que era, entonces, la división abismal e irreconciliable para la teología ortodoxa judía.

II.2. ¿Qué ha hecho Jesucristo para ello? De entre estos términos, el más expresivo es el de «reconciliación», puesto que revela uno de los temas más expresivos de San Pablo (cf 2Cor 5,18-20; Rom 5,10-11; 11,15; Col 1,20-22), aunque no podamos decir que sea eje de su teología. Con ello se presenta la obra de Cristo como una restauración de las relaciones amistosas entre Dios y el hombre rotas por el pecado. El fruto de la reconciliación es la paz y la amistad. La reconciliación es un proceso objetivo y real, antes de toda colaboración del hombre creado por Dios. Es Cristo mismo el signo y la realidad de esa reconciliación de Dios y la humanidad. El autor de Efesios quiere poner de manifiesto que el don de la paz es un don de Dios y ese don es Cristo mismo, porque gracias a El todos los hombres, en todas las culturas y religiones pueden vivir en paz. Si no es así, no es por exigencia del Dios de Jesús, sino porque los hombres se niega a la misma paz.

 

Evangelio: Marcos (6,30-34): Sedientos de su palabra

III.1. Este es un relato de transición, propio del redactor del evangelio de Marcos, que quiere preparar la primera multiplicación de los panes. Los Doce (aquí les llama apóstoles) vuelven de su misión, contentos de lo que han dicho y han hecho. Ya sabemos que lo que han dicho tiene que referirse a las cosas que Jesús les ha enseñado y que se centran en el anuncio de la llegada el reino de Dios. Lo que han hecho es liberar a las gentes de sus males, como han visto hacer a Jesús. En ese momento, por el desgaste que ello significa, Jesús quiere compartir con ellos en un lugar solitario pero, de pronto, aparece la multitud y deben marchar en una barca. La experiencia de la travesía, para quien la haya hecho, sabemos que es verdaderamente restauradora. Pero la escena nos asoma casi de inmediato de nuevo a la multitud que está sedienta y ansiosa de esta experiencia que los Doce tienen con Jesús.

III.2. Considero que el redactor de nuestro evangelio está jugando, simbólicamente, con este contraste entre la suerte de los discípulos que puede gozar a la paz de la palabra de Jesús (aunque bien es verdad que después de desgastarse en el anuncio del reino) y la necesidad que tiene la multitud de esta palabra. Todo esto es para mostrarnos que, tras la travesía restauradora, Jesús tiene compasión de la multitud porque la ve como ovejas sin pastor (cf Num 27,17). Ahora Jesús ha “restaurado” a los suyos, que tienen que volver, cuando sea, a la itinerancia para anunciar de nuevo el reino. Y entonces ve a la multitud y ya no puede huir, tiene que entregarles su palabra, su persona, como se la ha entregado a los discípulos. Jesús se nos presenta como cumpliendo un anhelo y un deseo que muchas veces en el AT hacía referencia al pueblo que estaba siendo defraudado por sus jefes e incluso por los que tenían una responsabilidad más religiosa: eran como ovejas sin pastor y sin guía (cf Num 27,17; 1Re 22,17; Ez 34,5; 2Cro 18,16; Jud 11,19).

III.3. El evangelio, por otra parte, nos muestra el hambre que tenía la gente de escuchar un mensaje de salvación y de gracia, el que Jesús ofrecía por todas las aldeas y pueblos de Galilea, a lo que habían contribuido también sus discípulos, enviados para llegar a donde no podía llegar él. Es sintomático cómo el texto busca un lugar solitario para gustar más profundamente esta experiencia de la misión, ya que muchos iban y venían, sin dejarles personalizar esta experiencia. Pero al final, al desembarcar de nuevo en la orilla del lago, el texto nos muestra que Jesús ve a la gente con tal anhelo de escucharle, que la compasión del pastor puede más en su corazón. Sin duda que habría gente dirigida por alguna sintonía populista, como sucede con todos los fenómenos sociales y religiosos; pero en medio de todo Jesús detecta la falta de orientación y la necesidad de salvación de los abandonados. De esa manera, por medio de nuevos pastores, se cumple con más o menos precisión el texto de Jr 23,1-6: por una parte los pastores, los apóstoles; por otra el pastor, el nuevo rey, del que parte el mensaje fundamental del reino. De esa manera se explica maravillosamente la continuación de la narración del evangelio con la primera multiplicación de los panes, que es un relato que se introduce con esta actitud de Jesús al compadecerse de la multitud.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

Nuestra vida es testimonio, queramos o no

Cuando las cosas no van como debieran, tendemos a pensar que la responsabilidad es de los demás. Es una tentación en la que caemos con más frecuencia de lo que nos gustaría. Nos cuesta asumir nuestra parte de responsabilidad, y no digamos de culpa (que no son la misma cosa). Es una de las fragilidades fundamentales del ser humano, tal y como nos recuerda el mito de Adán y Eva (Gn 3): Adán le echa la culpa a Eva (que ya no es “carne de mi carne” sino “la mujer que me diste por compañera”) y Eva le echa la culpa a la serpiente (la cual no tiene coartada).

Eludir responsabilidades es una manifestación más propia del egoísmo: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, replicó a Dios Caín cuando le preguntó por Abel (Gn 4, 9b). Preocuparse por uno mismo no debería significar despreocuparse de los demás.

El cuidado que hacemos (o no hacemos) de nuestra propia vida y de aquellos que dependen de nosotros habla de lo que abunda en nuestro corazón.

Responsabilidad y esperanza

El profeta Jeremías lanza, en nombre de Dios, un duro reproche a “los pastores que pastorean mi Pueblo” porque han hecho dejación de sus responsabilidades. Jeremías se dirige a los gobernantes de Israel cuya negligencia supuso el destierro a Babilonia, destierro que Dios permitió (por eso afirma a la vez “las expulsasteis” y “las expulsé”). Pero Dios no se limita a mirar, sino que actúa. El Pueblo le pertenece a él, no a los gobernantes, por eso le rescatará, le dará pastores fieles y enviará un Mesías, “un vástago legítimo” descendiente de David. David, aquel pastor que Dios hizo rey, que gobernó como lo hará su descendiente: “como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra”.

Las palabras de Jeremías son una advertencia y una llamada a la esperanza. Por medio de ellas Dios sigue recordándonos que somos responsables de los demás, no porque sean de nuestra propiedad, sino porque son nuestros hermanos. Una advertencia que debemos tener muy presente cuando tenemos personas a nuestro cargo (fieles, familiares, empleados, alumnos, enfermos, ciudadanos…). Y una llamada a la esperanza realizada ya en Cristo, en quien Dios mismo se ha hecho nuestro pastor. Jesús es el modelo definitivo para asumir responsabilidades hacia los demás: es el buen pastor, siendo suyas las ovejas nunca le guía otro interés que el bien de ellas y siempre respeta su libertad, aunque ello le cueste la vida (Jn 10, 1-18).

La compasión

Jesús cuida de los apóstoles, a quienes les ha encomendado un importante ministerio. Les procura un tiempo y un lugar para el descanso. Hay mucho trabajo por hacer, pero para ello hay que reponer fuerzas. La motivación última es la compasión: Jesús se compadece de los apóstoles, que vuelven cansados de la misión a la que han sido enviados, y también de la multitud “porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. No le mueve un voluntarista sentido del deber que le permite mantener la calma, sino la infinita misericordia con que Dios ama. Un equilibrio que sólo es posible estando abierto a la gracia de Dios.

San Pablo nos habla en su carta a los Efesios de cómo Jesucristo ha derribado la separación entre dos pueblos: se refiere a la diferencia que los judíos establecían entre ellos y el resto de los pueblos (los gentiles). En este pasaje insiste varias veces en la transformación obrada por Jesucristo: ha sustituido el odio por la paz dando origen a un único rebaño.

La resonancia en el Evangelio de la profecía de Ezequiel es clara: Jesús es el Mesías prometido por Dios que reúne a las ovejas dispersas. Ya no se trata de una dispersión meramente geográfica, sino de la vuelta al Padre, que no quiere que se pierda ni una sola de ellas.

D. Ignacio Antón O.P.

Fraternidad de Atocha (Madrid)

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