lunes 20 Agosto 2018 : Commentary San Buenaventura

La pobreza es una virtud que hace cuerpo con la perfección, al punto de que nadie puede en lo absoluto ser perfecto sin ella; así lo atestigua la Palabra del Señor en el Evangelio: «si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres».

Nuestro Señor Jesucristo fue tan pobre en su nacimiento que no tuvo siquiera vivienda, ropa, ni comida sino un establo como morada, un miserable pedazo de tela para cubrirse y una leche virginal como alimento. Él se dio como ejemplo de pobreza por su manera de vivir en este mundo. Fue pobre hasta el punto que, a veces, no pudo encontrar vivienda y tuvo que dormir con sus apóstoles en las afueras de la ciudad, e incluso afuera de las casas en el campo. El Señor de los Ángeles fue pobre no solamente en su nacimiento, y pobre en su estilo de vida, sino también extremadamente pobre en su muerte a fin de hincharnos de amor por la pobreza. Oh todos ustedes, que se han dedicado a la pobreza, consideren y vean cuanto el Rey de los Cielos fue pobre a causa de nosotros en el instante de su muerte. En efecto, fue despojado de todo lo que podía tener: de su ropa por sus verdugos que se «repartieron sus vestidos echándolos a suertes» (Mt 27:35), de su cuerpo y de su alma cuando su alma fue violentamente arrancada de su cuerpo, de la gloria divina cuando por los sufrimientos de una muerte tan dolorosa en lugar de glorificarlo como Dios lo trataron como un malhechor, como lo afirma Job en sus quejidos: «me despojaron de mi gloria» (Job 19:9).

¡Oh Dios, rico para todos los hombres, oh buen Señor Jesús! ¿Quién puede dignamente expresar con su boca, concebir en su corazón, describir con su mano la gloria celestial que has prometido dar a los pobres? Por su pobreza voluntaria, ellos merecen contemplar la gloria de su Creador, entrar en el poder del Señor, en los tabernáculos eternos y en las moradas de luz. Ellos merecen convertirse en habitantes de la ciudad de la cual Dios es el arquitecto y el fundador. Tú mismo Señor, les has hecho esta promesa con tu bendita boca: «Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos » (Mt 5:2).

¡Ese Reino de los cielos no es otra cosa que Tú mismo, Señor Jesucristo, Rey de Reyes, Señor de Señores! ¡Te darás tú mismo a ellos para ser su salario, su recompensa y su alegría!¡ Ellos gozarán de ti, estarán felices de Ti, serán saciados de ti! ¡Amén!

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