martes 28 Agosto 2018 : Commentary San Agustín

Mirad lo que Juan nos recomienda: «En esto sabremos que somos de la verdad», cuando amamos con obras y de verdad y no solamente de palabra y con la lengua, «y tendremos la conciencia tranquila ante Dios».

¿Qué quiere decir «ante Dios»? Donde Dios ve. Por eso, el propio Señor dice en el evangelio: «No hagáis el bien para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará». ¿Qué significa el precepto «que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha» (Mt 6, 1.3), sino que la derecha es la conciencia pura mientras que la izquierda es la codicia? Mucha gente hace muchas cosas admirables por la codicia de los ojos; entonces actúa la mano izquierda, no la derecha. La derecha es la que tiene que actuar, pero sin que lo sepa la izquierda, para que la codicia de los ojos no intervenga para nada cuando hagamos algo bueno por amor.

¿Y cómo lo sabemos?

Ponte ante Dios e interroga a tu corazón; mira lo que has hecho y si lo que

pretendias con ello era tu salvación o pura vanagloria humana.

Mira por dentro, pues el hombre no puede juzgar al que no puede ver.

Si apaciguamos nuestro corazón, apacigüémoslo ante Dios.

Porque «si nuestra conciencia nos condena», es decir, si nos acusa por

dentro porque no hacemos las cosas como las debiéramos hacer, «Dios es

más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo».

Tú que eres capaz de esconder a los demás el fondo de tu corazón, intenta hacerlo con Dios, a ver si puedes. ¿Cómo vas a ocultárselo a aquel, de quien decía un pecador, lleno de miedo y de arrepentimiento: «¿Adónde podré ir lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu mirada?».

Buscaba adónde huir para escapar al juicio de Dios, y no lo encontraba, pues ¿hay algún sitio donde no esté Dios? «Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 138, 7-8). ¿Adónde irás?, ¿adónde huirás?, ¿quieres un consejo? Si quieres huir de él, huye hacia él. Huye hacia él confesándote a él, no escondiéndote de él, pues no puedes esconderte de él, pero sí confesarle todos tus pecados. Dile: «Tú eres mi refugio» (Sal 31, 7) y alimenta en ti el amor, lo único que conduce a la vida.

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