Preparación de homilías – XXIII Domingo del tiempo ordinario – 09/09/2018

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Homilía XXIII Domingo del tiempo ordinario

9 de septiembre de 2018 – Ciclo B

“Si el Señor no construye la ciudad, en vano se cansan los albañiles”

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  Introducción  

“No hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?” (Rom 10, 12-1

Fr. Ángel Romo Fraile

Casa de San Martín de Porres (Madrid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del Profeta Isaías 35, 4-7a

Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis.Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará.Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

Salmo

Sal. 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R: Alaba, alma mía, al Señor.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 1-5

Hermanos: No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas.Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso.Veis al bien vestido y le decís:–Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.Al otro, en cambio:–Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo.Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos ?Queridos hermanos, escuchad:¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman?

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:–Effetá (esto es, «ábrete»).Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:–Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Iª Lectura: Isaías (35,4-7): El Dios de la vida

I.1. La primera lectura se toma del libro de Isaías y forma parte del llamado pequeño Apocalipsis de ese libro (cc. 34-35); como tal se expresa en unas imágenes que pueden sorprendernos de parte de Dios. Probablemente estos capítulos no pertenecen al gran profeta del s. VIII a. C, sino que corresponderían mejor a los tiempos del Deutero-Isaías, que es quien continua el libro. Lo que verdaderamente llama la atención es la actuación personal de Dios sobre la ciudad de Sión-Jerusalén, que ha sido sometida al desastre.

I.2. Pero en la mentalidad de los profetas verdaderos, al juicio siempre sigue la salvación, la restauración, ya que el juicio de Dios nunca es definitivamente de destrucción, ni sobre las personas, ni sobre los pueblos. Los que están viviendo la depresión, serán curados por la salvación de Dios; los que padecen un mal físico serán liberados. Y todo culmina con la expresión del agua en el páramo, en la estepa, en el desierto. La vida es el signo más claro y contundente de la vida en un pueblo rodeado de desiertos. Este oráculo de esperanza, pues, es todo un precedente para los signos mesiánicos que Jesús llevó a cabo.

 

IIª Lectura: Santiago (2,1-5): La fe que vivifica y hace justicia

II.1. La segunda lectura de la carta de Santiago es una de las exhortaciones que ponen de manifiesto el objetivo pragmático de esta carta cristiana. La polémica que provoca en la comunidad la división de clases, la atención a los ricos en detrimento de los pobres, es un problema tan viejo como la vida misma. Pero es ahí donde la comunidad cristiana tiene que mostrar su identidad más absoluta. El pragmatismo de la carta de Santiago no nos da la posibilidad de matices de ningún género, y es que en estas exigencias de favoritismo. Santiago lo plantea desde la fe en Jesucristo. Entre las pocas veces que se nombre a Jesucristo en esta carta, esta es una, y precisamente en uno de los momentos más significativos de lo que debe ser la praxis cristiana en la “asamblea”, que es donde se retrata una comunidad. Aunque esto debe aplicarse a toda la vida de la comunidad en el mundo.

II.2. La fe debe mostrarse en la práctica, porque de lo contrario la fe se queda en una cuestión ideológica y es eso lo que en nombre del Señor no se puede justificar. Los pobres, en la asamblea, deben tener la misma dignidad, porque en ella son elevados a la dignidad que el mundo no quiere otorgarles, pero la comunidad cristiana no puede caer en el mismo favoritismo por los ricos.

 

Evangelio: Marcos (7,31-37): El Effatá del Reino

III.1. El evangelio de Marcos (7,31-37) nos narra la curación de un sordomudo en territorio de la Decápolis (grupo de diez ciudades al oriente del Jordán, en la actual Jordania), después de haber actuado itinerantemente en la Fenicia. Se trata de poner de manifiesto la ruptura de las prevenciones que el judaísmo oficial tenía contra todo territorio pagano y sus gentes, lo que sería una fuente de impureza. Para ese judaísmo, el mundo pagano está perdido para Dios. Pero Jesús no puede aceptar esos principios; por lo mismo, la actuación con este sordomudo es un símbolo por el que se va a llegar hasta los extremos más inauditos: Va a tocar al sordomudo. No se trata simplemente de una visita y de un paso por el territorio, sino que la pretensión es que veamos a Jesús meterse hasta el fondo de las miserias de los paganos.

III.2. Vemos a Jesús actuando como un verdadero curandero; incluso le cuesta trabajo, aunque hay un aspecto mucho más importante en el v. 34, cuando el Maestro “elevó sus ojos al cielo”. Es un signo de oración, de pedir algo a Dios, ya que mirar al cielo, como trono de Dios, es hablar con Dios. Y entonces su palabra Effatá, no es la palabra mágica simplemente de un secreto de curandero, sino del poder divino que puede curarnos para que se “abran” (eso significa Effatá) los oídos, se suelte la lengua y se ilumine el corazón y la mente. Y vemos que el relato quiere ser también una lección de discreción: no quiere ser reconocido por este acto taumatúrgico de curación de un sordomudo, sino por algo que lleva en su palabra de anunciador del Reino. Dios actúa por él, curando enfermedades, porque el Reino también significa vencer el poder del mal. Los enfermos en aquella sociedad religiosa, eran considerados esclavos de “Satanás” o algo así.

III.3. Su «tocar» es como la mano de Dios que llega para liberar los oídos y dar rienda suelta a la lengua. La significación, pues, por encima de asombrarnos de los poderes taumatúrgicos, es poner de manifiesto que con los oídos abiertos aquél hombre podrá oír el mensaje del evangelio; y soltando su lengua para hablar, advierte que, desde ahora, un pagano podrá también proclamar el mensaje que ha recibido de Jesús al escucharlo en la novedad de su vida. Esta es una lección que hoy debemos asumir como realidad, cuando en nuestro mundo se exige la solidaridad con las miserias de los pueblos que viven al borde de la muerte.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

Este razonamiento que hace San Pablo en la carta a los romanos es bien conocido y parece de buena lógica y, de hecho, motiva la acción evangelizadora del cristiano.

No es necesario moverse mucho para encontrar una Decápolis cercana a nosotros: gente que no ha oído hablar de Jesús (entiéndase como objeto de fe), porque, de hecho, nadie les ha trasmitido el Evangelio (o, muy frecuentemente, su conocimiento del mismo es parcial y sesgado). Bien podemos, pues, pensar que el pasaje del evangelio de este domingo nos exhorta a “abrir los oídos” de aquellos mediante la evangelización. Muchas estrategias se plantean hoy en día, buscando la clave que permita acceder a los alejados del evangelio, pues somos conscientes de que el medio y el modo son relevantes (técnica y marketing son dos fundamentos del hacer de hoy) en un mundo que parece sordo a la palabra de la fe cristiana.

Precisamente, este evangelio de hoy parece una buena expresión de aquel salmo 126: “si el Señor no construye la ciudad, en vano se cansan los albañiles”; y es que por mucho que prediquemos, por muchas técnicas y marketing que empleemos, podemos desgastarnos y agotarnos ante una sordera contumaz, que habrá que sanar previamente para que pueda oírse el mensaje. Y esa sordera parece que sólo pueda sanarla Jesús mismo. No habría de entenderse que esto viene a significar nuestro silencio resignado, pues, “os aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,40), pero es preciso constatar que, junto con nuestra acción operante, la llamada personal de Jesús es la condición de la escucha.

Ahora bien, la pregunta pertinente cuando intentamos introducir a alguien en el evangelio es si esa llamada se da, a lo cual no tenemos respuesta fehaciente para el caso concreto. No obstante, sabiendo que el mismo Dios ha salido al encuentro del hombre en la historia y en toda la creación, en verdad podríamos afirmar que las mismas piedras gritan y que, ciertamente, la creación entera gime con dolores de parto […] esperando su liberación (Cfr. Rom 8); porque, ¿acaso las circunstancias de nuestro mundo y nuestra sociedad no son capaces de remover la conciencia, la reflexión y la búsqueda del hombre? ¿No será capaz el hombre de oír el grito y el clamor de la humanidad y de la misma naturaleza? ¿No es capaz el Dios encarnado en la historia y en la humanidad de hacerse presente al hombre, de tocarle, con los signos de los tiempos? ¿Acaso, no sólo sordera, sino también ceguera es lo que sufre el hombre, ante lo que sucede alrededor nuestro?

¿Qué respuesta nos evocan estas preguntas? Si en verdad Dios se revela al hombre en los acontecimientos de la historia – muchas veces de forma llamativamente dramática – y el hombre sigue sin ver ni oír, ¿será que el mismo Dios ha endurecido los corazones (“Estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos. Pero, aunque había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en el, para que se cumpliera la palabra del profeta Isaías, que dijo: señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y a quien se ha revelado el brazo del señor? por eso no podían creer, porque Isaías dijo también: él ha cegado sus ojos y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos y entiendan con el corazón, y se conviertan y yo los sane. (Jn 12,36b-40)?

No tenemos respuesta a esa posibilidad, pero es que, en realidad, la condición de la vista es la escucha previa: la escucha, en términos del evangelio, es previa a ver y reconocer. Y en este proceso, no cuentan primero los sentidos exteriores sino los interiores. El hombre ha de escuchar dentro de sí: aunque el oído exterior esté embotado, el hombre puede “escuchar” el silencio interior, ha de escuchar su mismo ser, su misma naturaleza como hombre. No es en la realidad exterior al hombre; es, en esa misma naturaleza humana, donde el Dios encarnado le habla primeramente, en su mismo ser, con el lenguaje de su mismo ser y existir. Si el sentido exterior está seco, ahí dentro aún permanece un manantial que, si abre, brotará hacia fuera, sanando los sentidos exteriores, para que pueda escuchar la palabra, y ver y reconocer en los acontecimientos a ese Jesús que le llama desde sí mismo. Lo que se abre al grito de “Effeta” no es el “oído”, es el ser de la persona. Ese abrirse es una recreación del hombre desde dentro de sí.  

Se nos relata en un pasaje de Mateo el fracaso de los discípulos, que no habían sido capaces de curar a un muchacho epiléptico: “esa clase de demonios sólo sale con oración y ayuno” (Mt 10, 21). Nuestra encomienda evangelizadora, que trata con un espíritu difícil – el espíritu de este mundo de hoy –, requiere de oración previa, esto es, que sea Jesús mismo quien llame al hombre, y ayuno, esto es, que nuestra misma vida sea una vida orientada y animada desde el interior de nuestro mismo ser, desde nuestro manantial interior. Así, en realidad, es Dios mismo quien hace todo el trabajo, así que, que no decaiga el ánimo.

Fr. Ángel Romo Fraile

Casa de San Martín de Porres (Madrid)

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