sábado 20 Octubre 2018 : Commentary Carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de San Policarpo

En el momento en que Policarpo penetró en el estadio, una voz resonó desde el cielo: «Ánimo, Policarpo, y sé fuerte». Nadie vio quien era el que hablaba, pero algunos de los nuestros que estaban presentes oyeron la voz… Cuando la multitud supo quien era ese prisionero, se redoblaron los gritos. El procónsul le preguntó si él era Policarpo. Sí, respondió él. Éste intentaba disuadirlo para que renegara: « Respeta tu edad avanzada… Jura por la suerte del César, retráctate… Maldice a Cristo». A lo que Policarpo respondió: « Hace cuarenta y seis años que le sirvo, y no me ha hecho ningún mal. ¿Cómo podría ultrajar a mi rey y mi salvador?»

Y como el otro volvía a lo mismo…, Policarpo prosiguió: «Puesto que se te ha metido en la cabeza hacerme jurar por la suerte del César, como me dices, y finges ignorar quien soy yo, escúchalo claramente de mí mismo: soy cristiano. Y si quieres aprender la sabiduría de mi religión, concédeme un día y escúchame». «Persuade al pueblo», replicó el procónsul. «Contigo, creo que puedo hablar. Porque nosotros hemos aprendido a respetar a las autoridades y a los magistrados que Dios ha puesto y guardarles el debido respeto, con la condición de que ese respeto no se vuelva en contra nuestra. Pero toda esa gente está faltada de la mínima dignidad para que yo me explique delante de ellos».

«Tengo fieras, replicó el procónsul, y te echaré bajo sus dientes si no reniegas. – Llámalas, respondió Policarpo. – ¿Menosprecias a las bestias? ¿Te obstinas? Te entregaré a las llamas». Policarpo le dijo: « Me amenazas con un fuego que después de una hora se apaga porque no conoces el fuego del juicio futuro y del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero ¿por qué tardas? Haz según crees».

Se precipitaron los acontecimientos; en menos tiempo del que se necesita para decirlo, todos se precipitaron hacia los talleres y los baños donde la gente recogió manojos de leña… Cuando la hoguera estuvo a punto, Policarpo se quitó él mismo sus vestidos, desató si cinturón y quiso también desligar sus sandalias, lo cual no acostumbraba, puesto que los fieles corrían a ayudarle… Este gran santo, ya antes de su martirio, había suscitado una inmensa veneración.

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