Wed, 07 Nov 2018 04:05:07 +0000evangelizo.org Evangelio del día ¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68 Ver evangelio en línea Miércoles, 7 De Noviembre Miércoles de la trigésima primera semana del

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Miércoles, 7 De Noviembre

Miércoles de la trigésima primera semana del tiempo ordinario

Beata Marthe Robin

Beata Marthe Robin

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Carta de San Pablo a los Filipenses (2,12-18.)
Queridos míos, ustedes que siempre me han obedecido, trabajen por su salvación con temor y temblor, no solamente cuando estoy entre ustedes, sino mucho más ahora que estoy ausente.
Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor.
Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones:
así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo,
mostrándole la Palabra de Vida. De esa manera, el Día de Cristo yo podré gloriarme de no haber trabajado ni sufrido en vano.
Y aunque mi sangre debiera derramarse como libación sobre el sacrificio y la ofrenda sagrada, que es la fe de ustedes, yo me siento dichoso y comparto su alegría.
También ustedes siéntanse dichosos y alégrense conmigo.

Salmo (27(26),1.4.13-14.)
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?

Una sola cosa he pedido al Señor,
y esto es lo que quiero:
vivir en la Casa del Señor
todos los días de mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y contemplar su Templo.

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor.

Evangelio según San Lucas (14,25-33.)
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.”

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Buenaventura (1221-1274)

franciscano, doctor de la Iglesia

La Vida de san Francisco, Leyenda mayor, cap. 2

San Francisco renuncia a todo para seguir a Cristo

El padre de Francisco lo quería hacer comparecer ante el obispo para que renunciara a todos sus derechos de heredero y le restituyese todo lo que aún poseía. Francisco, amante auténtico de la pobreza, se presta con agrado a la ceremonia, se presenta ante el tribunal del obispo y, sin esperar un instante, ni vacilar en absoluto, sin esperar una orden o pedir una explicación, se quita de presto sus vestidos y los devuelve a su padre… Llevado por su admirable fervor, embriagado por el Espíritu se quita hasta la ropa interior y, completamente desnudo delante de toda la asistencia, declara a su padre: “Hasta ahora te he llamado padre en la tierra; de aquí en adelante puedo decir con toda seguridad: “Padre Nuestro que estás en el cielo” ya que he confiado a él mi tesoro y entregado mi fe.”
El obispo, un hombre santo y lleno de dignidad, lloraba de admiración al ver hasta qué excesos lo llevaba su amor de Dios; se levantó, tomó al joven entre sus brazos, lo envolvió en su manto y le hizo traer algo para cubrirse. Le entregaron la pobre túnica de sayal de un criado del obispo; Francisco la recibe agradecido y recoge luego por el camino un trozo de yeso y traza la señal de la cruz sobre su vestido; era un hábito muy significativo para este hombre crucificado, pobre y medio desnudo. Así el servidor del Gran Rey fue despojado para seguir luego a su Señor desnudo y clavado en la cruz.

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