«Lo ha dado todo»

Evangelio del día: ¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Domingo, 11 De Noviembre

Trigésimo segundo Domingo del tiempo ordinario

San Martín de Tours


Primer Libro de los Reyes (17,10-16.)
El partió y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba juntando leña. La llamó y le dijo: “Por favor, tráeme en un jarro un poco de agua para beber”.
Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: “Tráeme también en la mano un pedazo de pan”.
Pero ella respondió: “¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos”.
Elías le dijo: “No temas. Ve a hacer lo que has dicho, pero antes prepárame con eso una pequeña galleta y tráemela; para ti y para tu hijo lo harás después.
Porque así habla el Señor, el Dios de Israel: El tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo”.
Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo.
El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.

Salmo (146(145),7.8-9a.9bc-10.)
El Señor hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos.

Abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados,
el Señor ama a los justos
y entorpece el camino de los malvados.

El Señor protege a los extranjeros
El Señor protege a los extranjeros
y sustenta al huérfano y a la viuda;
El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión,

a lo largo de las generaciones.
¡Aleluya!

Carta a los Hebreos (9,24-28.)
Cristo, en efecto, no entró en un Santuario erigido por manos humanas -simple figura del auténtico Santuario- sino en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro.
Y no entró para ofrecerse así mismo muchas veces, como lo hace el Sumo Sacerdote que penetra cada año en el Santuario con una sangre que no es la suya.
Porque en ese caso, hubiera tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. En cambio, ahora él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio.
Y así como el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá por segunda vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.

Evangelio según San Marcos (12,38-44.)
Y él les enseñaba: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia.
Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.
Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Anselmo (1033-1109) benedictino, arzobispo de Canterbury, doctor de la Iglesia Carta 112 a Hugo, el recluso

«Lo ha dado todo»

En el Reino de los cielos, todos juntos y como un solo hombre, serán un solo rey con Dios, porque todos querrán la misma cosa y así se cumplirá la voluntad de todos. He aquí el bien que, Dios, desde lo alto de los cielos, declara poner a la venta.
Si alguien se pregunta a qué precio, he ahí la respuesta: No tiene necesidad de moneda terrestre aquel que ofrece un Reino en los cielos. Nadie puede dar a Dios lo que ya le pertenece, porque todo lo que existe es suyo. Y, sin embargo, Dios no da una cosa tan grande si no se pone algún precio por ella: él no la da a aquel que no la aprecia. En efecto, nadie da algo que le es querido a alguien que no lo aprecia. Entonces, si Dios no tiene necesidad de tus bienes, no debe tampoco darte una cosa tan grande si tu no te dignas amarla: él no te reclama otra cosa más que amor, sin el cual nada se ve obligado a dar. Ama, pues, y recibirás el Reino. Ama y lo poseerás… Ama, pues, a Dios más que a ti mismo, y tú empezarás a tener ya eso que quieres poseer perfectamente en el cielo.

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