« ¿Dónde están los otros nueve?»

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Miércoles, 14 De Noviembre

Miércoles de la trigésima segunda semana del tiempo ordinario

San Esteban de Cuneo


Carta de San Pablo a Tito (3,1-7.)

Querido hermano:
Recuerda a todos que respeten a los gobernantes y a las autoridades, que les obedezcan y estén siempre dispuestos para cualquier obra buena.
Que no injurien a nadie y sean amantes de la paz, que sean benévolos y demuestren una gran humildad con todos los hombres.
Porque también nosotros antes éramos insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de los malos deseos y de toda clase de placeres, y vivíamos en la maldad y la envidia, siendo objeto de odio y odiándonos los unos a los otros.
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo.
Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna.

Salmo (23(22),1-3a.3b-4.5.6.)

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,

Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;

unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.

Evangelio según San Lucas (17,11-19.)

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.
Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”.
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”.
Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense y doctor de la Iglesia. Sermones diversos, nº 27

« ¿Dónde están los otros nueve?»

En nuestros días se ve a mucha gente que ora, pero, no vemos a muchos que regresan y den gracias a Dios…« ¿No han sin sanados los diez?; ¿dónde están los otros nueve?» Creo que se acuerdan que es con estas palabras que el Señor se lamentaba de la ingratitud de los otros nueve leprosos. Leemos que sabían «orar, suplicar, y pedir» porque levantaron la voz para exclamar: «Jesús, hijo de David, ten compasión de nosotros». Pero les faltó una cuarta cosa que es la que reclama el apóstol Pablo: «la acción de gracias» (1Tm 2:1), porque no regresaron y no dieron gracias a Dios.
También vemos en nuestros días que hay un cierto número de personas que piden a Dios con insistencia lo que les hace falta, pero sólo vemos un número reducido de entre ellos que parece reconocer los beneficios que recibieron. No hay nada malo en pedir con insistencia, pero lo que hace que Dios no nos concede lo que le pedimos es que se da cuenta de que nos falta agradecimiento. Al fin y al cabo es quizás un acto de su clemencia el no dar a los ingratos lo que piden, para que no sean juzgados con más rigor a causa de su ingratitud… Es pues a causa de su misericordia que Dios, a veces, retiene su misericordia…
Pueden ver entonces que todos los que son curados de la lepra del mundo, quiero decir de desórdenes evidentes, no aprovechan su sanación. En efecto, muchos están secretamente afectados por una úlcera peor que la lepra, tanto más peligrosa porque es más interior. Es por esta razón que el Salvador del mundo pregunta dónde están los otros nueve leprosos, porque los pecadores se alejan de la salvación. Por eso Dios preguntó al primer hombre después de su pecado: « ¿Dónde estás?» (Gn 3:9).

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