«El reino de Dios está en medio de nosotros y dentro de nosotros»

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Jueves, 15 De Noviembre

Jueves de la trigésima segunda semana del tiempo ordinario

Beata Isabel Aschler


Carta de San Pablo a Filemón (1,7-20.)
Por mi parte, yo he experimentado una gran alegría y me he sentido reconfortado por tu amor, viendo cómo tú, querido hermano aliviabas las necesidades de los santos
Por eso, aunque tengo absoluta libertad en Cristo para ordenarte lo que debes hacer,
prefiero suplicarte en nombre del amor, Yo, Pablo, ya anciano y ahora prisionero a causa de Cristo Jesús,
te suplico en favor de mi hijo Onésimo, al que engendré en la prisión.
Antes, él no te presto ninguna utilidad, pero ahora te será muy útil, como lo es para mí.
Te lo envío como si fuera yo mismo.
Con gusto lo hubiera retenido a mi lado, para que me sirviera en tu nombre mientras estoy prisionero a causa del Evangelio.
Pero no he querido realizar nada sin tu consentimiento, para que el beneficio que me haces no sea forzado, sino voluntario.
Tal vez, él se apartó de ti por un instante, a fin de que lo recuperes para siempre,
no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano querido. Si es tan querido para mí, cuánto más lo será para ti, que estás unido a él por lazos humanos y en el Señor.
Por eso, si me consideras un amigo, recíbelo como a mi mismo.
Y si él te ha hecho algún daño o te debe algo, anótalo a mi cuenta.
Lo pagaré yo, Pablo que firmo esta carta de mi puño y letra. No quiero recordarte que tú también eres mi deudor, y la deuda eres tú mismo.
Sí, hermano, préstame ese servicio por amor al Señor y tranquiliza mi corazón en Cristo.

Salmo (146(145),7.8-9a.9bc-10.)
El Señor hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos.

Abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados,
el Señor ama a los justos
y entorpece el camino de los malvados.

El Señor protege a los extranjeros
El Señor protege a los extranjeros
y sustenta al huérfano y a la viuda;
El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión,

a lo largo de las generaciones.
¡Aleluya!

Evangelio según San Lucas (17,20-25.)
Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: “El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: ‘Está aquí’ o ‘Está allí’. Porque el Reino de Dios está entre ustedes”.
Jesús dijo después a sus discípulos: “Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán.
Les dirán: ‘Está aquí’ o ‘Está allí’, pero no corran a buscarlo.
Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día.
Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación.”

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


Orígenes (c. 185-253) presbítero y teólogo. Tratado sobre la oración, 25; GCS 3, 356

«El reino de Dios está en medio de nosotros y dentro de nosotros»

Como dice nuestro Señor y Salvador: «el reino de Dios viene sin que nos podamos dar cuenta. Nadie dirá: aquí está, o: está allí. Pues el reino de Dios está dentro de ustedes». Y en efecto, «está muy cerca de nosotros, esta Palabra, está en nuestra boca y en nuestro corazón» (Dt 30:14). En ese caso, es evidente que aquél que ora para que venga el reino de Dios tiene razón de orar para que ese reino de Dios germine, dé fruto y se cumple en él mismo. En todos los santos en los que Dios reina y que obedecen a sus leyes espirituales, él habita como en una ciudad bien organizada. El Padre está presente en él y Cristo reina con el Padre en esta alma perfecta, de acuerdo con su palabra: «Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14:23).
Este reino de Dios que está dentro de nosotros, mientras que nosotros progresamos, llegará a su perfección cuando se realice lo que dice el apóstol Pablo: Cristo «después de haber sometido» a todos sus enemigos, «entregará su poder real a Dios Padre para que Dios sea todo en todos» (1 Cor 15:28). Por esto, rogando incesantemente, con las disposiciones divinizadas por el Verbo, digamos: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino» (Mt 6:9).

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