Preparación de homilías – XXXIV Domingo del tiempo ordinario – 25/11/2018

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Homilía XXXIV Domingo del tiempo ordinario

25 de noviembre de 2018 – Ciclo B

“Tú lo dices: Soy Rey”

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  Introducción  

Se llamó Fiesta de Cristo Rey, hasta que la reforma litúrgica conciliar la denominó Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

El título de Rey aplicado a Jesús, aunque a veces se haya politizado, no tiene ninguna connotación ni pretensión secular. Sí tiene, en cambio, un notable arraigo bíblico. Es la Palabra de Dios la que nos permite comprender y celebrar lo que a Jesús más le importaba: el Reino de Dios.

Jesús reina en las inteligencias, en las voluntades y en los corazones, decía Pio XI, al instituir la fiesta en 1925.

¿De verdad reina en esos niveles de la experiencia humana en nuestra cultura? Queda mucho por cambiar, por convertir, en las inteligencias, las voluntades y los corazones humanos, comenzando por nosotros mismos, los creyentes. También en las estructuras, para que el Reino sea de justicia y de paz.

La Eucaristía nos hace entrar en comunión con Jesús, su Palabra, su  presencia entregada y su misión. En ella encontramos una llamada a vivir nuestra vocación cristiana, la de ser miembros del Reino, con sinceridad, responsabilidad y esperanza.

Fray Fernando Vela López

Convento Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del Profeta Daniel 7, 13-14

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre que se acercó al anciano y se presentó ante él.Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo

Sal. 92, 1ab. 1c-2. 5 R: El Señor reina, vestido de majestad.

El Señor reina, vestido de majestad,el Señor, vestido y ceñido de poder.Así está firme el orbe y no vacila.

Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno.

Tus mandatos son fieles y seguros,la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término.

Segunda Lectura

Lectura del Libro del Apocalipsis 1, 5-8

A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra.A aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A Él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. ¡Mirad! Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que le atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.»

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Juan 18, 33-37

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: –¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: –¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?Pilato replicó: –¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho?Jesús le contestó:–Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.Pilato le dijo:–Conque, ¿tú eres rey?Jesús le contestó:–Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

La verdad del Reinado de Dios

       La festividad de Cristo Rey cierra el año litúrgico y se pretende poner en el horizonte de nuestra historia a Aquél que ha hecho presente en este mundo el reinado de Dios, que no es un estado, sino una situación en la que los hombres deben aprender a vivir en solidaridad.

Iª Lectura: Daniel (7,13-14): El reino eterno no es de los hombres

I.1. La primera lectura de hoy, tomada del libro de Daniel, es una visión en la que el autor de este libro apocalíptico contempla a una figura, llamada Hijo de hombre, al que se le confía el destino del mundo. La visión es muy particular: por una parte se habla de “reino” y “poder”. Pero esto lo entrega a Dios a una figura misteriosa, como un Hijo de hombre. Su “reino no será destruido jamás”. No ha habido ni habrá sobre la tierra un imperio que permanezca eternamente, porque los imperios de la tierra no son humanos, aunque pretendan ser divinos. Tienen los pies de barro, de insolidaridad y de injusticia. El sueño, la visión no es otra cosa de lo que deseamos todos, pero ese reino tiene que venir de Dios (el Anciano en la visión), pues de lo contrario no será eterno.

I.2. Sabemos que la tradición cristiana, después de la resurrección, ha visto en esta figura humana a Jesucristo. Es un poder que en aquél tiempo estaba en manos de fieras, que representaban los imperios de este mundo. Ya sabemos que esos imperios han desaparecido, aunque han venido otros. Pero lo importante es saber que un día el poder estará en manos de Aquel, que hecho hombre, ha ganado para siempre un reino de justicia y de hermandad. No usará el poder para esclavizar como han hecho los poderosos de este mundo, sino para liberarnos y hacernos dignos hijos de Dios.

IIª Lectura: Apocalipsis (1,5-8): Jesucristo nos convoca al cielo

II.1. La segunda lectura, el Apocalipsis, se enmarca en la asamblea litúrgica, reunida en nombre del Señor, en la eucaristía, en el domingo, día de la resurrección, en que aparece Jesucristo, el testigo fiel. Este es un texto litúrgico lleno de matices cristológicos, en que se proclama la grandeza del que ha de ser alabado en un himno que encontramos en el v. 7 de la lectura de hoy. El vidente de Patmos, pues, va a escribir a las siete Iglesias de Asia, y las saluda en nombre de Jesucristo, quien con su propia sangre ha abierto un camino nuevo en este mundo en el que el mal parece “reinar” con una cierta soberanía. Pero Jesucristo, el “traspasado”, vive ya para siempre; es el alfa y la omega (las dos letras con las que comienza y termina el alfabeto griego), porque en Jesús ha comenzado una historia nueva y en El se consumará nuestra historia.

II.2. No deberíamos olvidar, a pesar de lo que se cree comúnmente, que las descripciones de Ap descubren algo que debe llegar en el futuro, sino que es algo que se cuenta como ya sucedido, aunque en clave de futuro. Se ha escrito para hablar de Jesucristo el “traspasado” y no de catástrofes; para hablar del triunfo de aquél que ha puesto el amor por encima del poder y la política de la época. Y otra cosa, es el mismo Jesús el que habla de sí mismo y de las cosas de Dios y del cielo. ¿Para qué? Para que sigamos teniendo esperanza en su vuelta, en el triunfo definitivo de Dios. ¿Con que garantías? Pues con la garantía de la “muerte y resurrección” de Jesús. En este libro se habla del cielo, no del infierno. Es el cielo el que se presenta al vidente y el vidente a sus lectores: los cristianos que sufren en este mundo y en esta historia. Estas con las claves de la lectura del Apocalipsis y de este hermoso texto de la liturgia de hoy. Todas las imágenes litúrgicas que se acumulan y los títulos cristológicos como rosario de cuentas de zafiro es para afirmar el triunfo de Dios y de Jesucristo sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Evangelio: Juan (18,33-37): La verdad del reinado de Jesús

III.1. El evangelio de hoy forma parte del juicio ante el prefecto romano, Poncio Pilato, que nos ofrece el evangelio de Juan. Es verdad que desde esa clave histórica, el evangelio de Juan tiene casi los mismos personajes de la tradición sinóptica, entre otras cosas, porque arraigó fuerte la pasión de su Señor en el cristianismo primitivo. La resurrección que celebraban los primeros cristianos no se podía evocar sin contar y narrar por qué murió, cuándo murió y a manos de quién murió. La condena a muerte de Jesús fue pronunciada por el único que en Judea podía hacerlo: el prefecto de Roma como representante de la autoridad imperial. En esto no cabe hoy discusión alguna. Pero los hechos van mucho más allá de los datos de la tradición y el evangelio de Juan suele hurgar en cosas que están cargadas para los cristianos de verdadera trascendencia. El juicio de Jesús ante Pilato es para Juan de un efecto mayor que el interrogatorio en casa de Anás y Caifás. En ese interrogatorio a penas se dice nada de la “doctrina” de Jesús. El maestro remite a sus discípulos, pero sus discípulos, como hace Pedro, lo niegan. Y entonces el juicio da un vuelco de muchos grados para llevar a Jesús al “pretorio”, el lugar oficial del juicio, a donde los judíos no quisieron entrar, cuando ellos los llevaron allí con toda intención.

III.2. El juicio ante Pilato, de Juan, es histórico y no es histórico a la vez. Es histórico en lo esencial, como ya hemos dicho. Pero la “escuela joánica” quiere hacer un juicio que va más allá de lo anecdótico. El marco es dramático: los judíos no quieren entrar y sale Pilato, pregunta, les concede lo que no les podía conceder: “tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley”. Pero ellos no quieren manchar “su ley” con la sangre de un profeta maldito. Pilato tampoco, aparentemente, quiere manchar el “ius romanum” con la insignificancia de un profeta judío galileo que no había hecho nada contra el Imperio. El drama que está en juego es la verdad y la mentira. Ese drama en el que se debaten tantas cosas de nuestro mundo. Pero los autores del evangelio de Juan van consiguiendo lo que quieren con su teología. Todo apunta a que Jesús, siempre dentro del “pretorio”, es una marioneta. En realidad la marioneta es la mentira de los judíos y del representante de la ley romana. Es la mentira, como sucede muchas veces, de las leyes injustas e inhumanas.

III.3. Al final de toda esta escena, el verdadero juez y señor de la situación es Jesús. Los judíos, aunque no quisieron entrar en el “pretorio” para no contaminarse se tienen que ir con la culpabilidad de la mentira de su ley y de su religión sin corazón. Esa es la mentira de una religión que no lleva al verdadero Dios. Esto ha sido una constante en todo el evangelio joánico. Pilato entra y sale, no como dueño y señor, lo que debería ser o lo que fue históricamente (además de haber sido un prefecto venal y ambicioso). El “pobre” Jesús, el profeta, no tiene otra cosa que su verdad y su palabra de vida. El drama lo provoca la misma presencia de Jesús que, cuando cae bajo el imperio de la ley judía, no la pueden aplicar y cuando está bajo el “ius romanum” no lo puede juzgar porque no hay hechos objetivos, sino verdades existenciales para vivir y vivir de verdad. Es verdad que al final Pilato aplicará el “ius”, pero ciegamente, sin convicción, como muchas veces se ha hecho para condenar a muerte a los hombres. Esa es la mentira del mundo con la que solemos convivir en muchas circunstancias de la vida.

III.4. Jesús aparece como dueño y señor de una situación que se le escapa al juez romano. Es el juicio entre la luz y las tinieblas, entre la verdad de Dios y la mentira del mundo, entre la vida y la muerte. La acusación contra Jesús de que era rey, mesías, la aprovecha Juan teológicamente para un diálogo sobre el sentido de su reinado. Este no es como los reinos de este mundo, ni se asienta sobre la injusticia y la mentira, ni sobre el poder de este mundo. Allí, pues, donde está la verdad, la luz, la justicia, la paz, allí es donde reina Jesús. No se construye por la fuerza, ni se fundamenta políticamente. Es un reino que tiene que aparecer en el corazón de los hombres que es la forma de reconstruir esta historia. Es un reino que está fundamentado en la verdad, de tal manera que Jesús dedica su reinado a dar testimonio de esta verdad; la verdad que procede de Dios, del Padre. Sólo cuando los hombres no quieren escuchar la verdad se explica que Jesús sea juzgado como lo fue y sea condenado a la cruz. Esa es la verdad que en aquél momento no quiso escuchar Pilato, pues cuando le pregunta a Jesús qué es la verdad sale raudo de su presencia para que poder justificar su condena posterior. Juan nos quiere decir que Jesús es condenado porque los poderosos no quieren escuchar la verdad de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

¿Cristo Rey?

Es probable que a muchos cristianos les chirríe esta forma de llamar a Jesús. Por sus connotaciones seculares, pero también por el recuerdo de su rechazo a que intentasen hacerle rey.

Y, sin embargo, Jesús acepta ante Pilato que lo es. Aunque, a decir verdad, habla más del Reino de Dios que de sí mismo como rey. ¿Quería evitar equívocos dadas las esperanzas políticas de parte de su pueblo?. Desde el inicio del ministerio público proclama que el Reino de Dios está cerca, está en medio de nosotros, más aún, está dentro de nosotros.

El Reino es el núcleo de la experiencia religiosa de Jesús. Cree en un  Dios Padre que disfruta incorporándonos a su Reino. Habla de él en sus parábolas, lo manifiesta en sus signos, nos enseña a pedirlo en la oración, nos lo confía para vivirlo, celebrarlo y anunciarlo. En el Reino eclosiona nuestra plena verdad como hombres y mujeres. Para esto vino Jesús, para dar testimonio de la verdad. Ese es, según Él, el secreto de su realeza.

Pilato no lo entendió, a juzgar por la causa de la condena que fijaron en la cruz.  No comprendió que el Reino de Jesús no es de este mundo. Quizá, a él y a las autoridades del pueblo, les desasosegó entrever que, no obstante, ese Reino no es ajeno al mundo y puede trastornar las formas habituales de situarnos y movernos en él. Este Reino de Dios tiene que ver con nuestra historia y con la promesa de Dios de hacerla mejor.  

Un Reino de hermanos y servidores

Jesús sabe cómo los reinos de este mundo se fundamentan sobre el poder de unos pocos que oprimen a los demás. Y nos enseña otra forma de relacionarnos: la que se asienta sobre el servicio. No puede ser de otra manera cuando se concibe como único poder el del Dios que prefiere la misericordia al sacrificio.

Jesús no llama rey a Dios, aunque pudiera haberlo hecho como el Antiguo Testamento. Prefiere llamarle Padre y eso nos convierte a todos en hermanos. No nos hizo el Padre solitarios, sino solidarios. Todo en el evangelio respira convivencia y anhela cercanía y trato afable entre los hermanos. Y no sólo con los mejores, ni con quienes pueden devolvernos nuestros gestos de servicio, también con los más débiles y los más pequeños. La fraternidad sólo es auténtica cuando alcanza a todos y se manifiesta con gratuidad.

Un Reino así no se impone. Para instaurarlo no sirven las leyes, ni las prohibiciones, ni las coacciones. De cuando en cuando los cristianos hemos sucumbido a la tentación de convertir el mundo en Reino por la imposición y la violencia, nuestros o de los Estados. Muy al contrario, este es un Reino que procede del amor y que se expande por la libre acogida y el decidido cambio de los corazones.

Un Reino que incluye

El Papa Francisco nos ha invitado a releer las bienaventuranzas desde la clave de una vida en el Reino en contraste con las desventuras de una vida “sin Dios y sin carne” (Alegraos y regocijaos).

Los reinos de este mundo se excluyen mutuamente cuando exacerban sus diferencias o ven amenazados sus intereses. El Reino de Dios no excluye. Incluye a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de justicia… a los perseguidos por causa de la justicia. Jesús mismo realizó sus gestos o milagros para reintegrar en el pueblo a aquellas personas que eran excluidas de él.

El Reino de Dios, es el Reino de un Padre que, sin acepción de personas, “hace salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos”. Porque es un reino de compasión, desarrolla nuestra sensibilidad y compromiso para incluir a quienes hoy se excluye y quedan “sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Hemos dado inicio a la cultura del ‘descarte’ que, además, se promueve”, como nos enseñó el Papa Francisco en su Alegría del Evangelio.

¿Algo que excluir? Sí. Los muros físicos que segregan y los muros mentales que, so capa de identidades, excluyen al extranjero y al diferente.

Un Reino que ya está aquí, pero todavía no

Este Reino ya ha llegado con Jesús y a él nos ha incorporado nuestro bautismo. No se trata pues, de un ejercicio futurista. Pero nuestras resistencias y pecados retrasan su plena manifestación. En nuestra fe hay una escatología realizada y por venir.

Que haya llegado ya nos invita a tomarnos en serio el presente. Es aquí y ahora donde nacemos de nuevo y vivimos como miembros del Reino. Esto nos habla de contemplación de la presencia de Dios y su Gracia en la naturaleza y la vida cotidiana. También de compromiso, de tareas éticas tan bellamente descritas por Jesús en su relato del Juicio final (Mt. 25,31-46).

Que aún esté por llegar nos invita a tomarnos en serio el futuro. A mantener la esperanza en la bondad y la misericordia de Dios, que nos regalará el Reino que no tendrá fin.

Fray Fernando Vela López

Convento Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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