Preparación de homilías – I Domingo de Adviento – 02/12/2018

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Homilía I Domingo de Adviento

2 de diciembre de 2018 – Ciclo C

“Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”

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  Introducción  

Comienza otro Adviento. Es un tiempo que nos educa a tener motivos para esperar y razones profundas para continuar en el seguimiento diario de Jesús. Es un tiempo de gracia, de saber acoger a Jesucristo que siempre viene a nosotros como Salvador. Su tema central es la esperanza y su culminación es celebrar el nacimiento de Jesús.

Nos invita a tratar de intensificar varias actitudes fundamentales de la vida cristiana: la espera atenta, la vigilancia, la fidelidad en el trabajo, la sensibilidad para descubrir e interpretar los signos de los tiempos como manifes­taciones del Dios Salvador.

El Adviento nos dice que la perspectiva de la vida humana está de cara al futuro, con la esperanza puesta en la garantía del Dios de las Promesas. Empieza hoy con un llamamiento: “Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Y con una advertencia: “Tened cuidado, no se os embote la mente… Estad siempre despiertos”.

Fray José Antonio Fernández de Quevedo

Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del profeta Jeremías 33, 14-16

Mirad que días vienen-oráculo de Yahveh- en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: “Yahveh, justicia nuestra.”

Salmo

Sal. 24 R. A ti, Señor, levanto mi alma

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador. El Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 3,12-4,2

En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros. Sabéis, en efecto las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús.

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 21,25-28.34-36

En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustias de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.” “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por la preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improvisto sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre.”

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Se acerca nuestra liberación

 

Iª Lectura: Jeremías (33,14-15): El Señor es nuestra justicia

I.1. Forma parte esta hermosa lectura de los oráculos de salvación del profeta, oráculos que presentan al pueblo la restauración, oráculos de esperanza (cc. 30-33). Todos estos epígrafes encuentran su equivalencia en esos oráculos que proponían la restauración del reino del Norte, Israel y también para Judá. Quizá no responden a una etapa demasiado concreta de su vida de profeta “quemado” por la palabra de Dios. Pero un profeta no sería verdadero si además de anunciar el “juicio” no se atreviera también con la salvación y la restauración. Jeremías, asimismo, tenía alma y sensibilidad para ello. Un profeta perseguido como él siempre se atreve a ver más allá de lo que los demás ven o experimentan. Es un oráculo que se repite en su obra como podemos cotejar en Jr 23,5-6. El profeta juega con el nombre nuevo que ha de llevar el descendiente de David: “Señor, justicia nuestra” (Yhwh sidquenû), de la misma manera que Isaías 7,14 le pondrá, simbólicamente, al descendente de Acaz, “Dios con nosotros” (Inmanûel), y ya sabemos la trascendencia que ese nombre ha tenido para la teología mesiánica cristiana. Los nombres significan mucho en la Biblia y si son simbólicos con más razón.

I.2. El exhorto del profeta Jeremías reza así: el Señor es nuestra justicia. No es un título, sino el proyecto y el compromiso del Dios de la Alianza, con Israel y con todos los pueblos. Ese es el Dios que se encarna, el que hace justicia. Que es más que dar a cada uno lo que le pertenece. Esa idea de justicia (sdq) es algo pobre para el Dios de Jesucristo. Significa mucho más: Dios levanta al oprimido; hace valer al que no vale, porque a Él todos los seres humanos le importan como hijos; hace abajarse al que se ha levantado hasta las nubes sin valer, apoyándose en un poder que no le pertenece. Ese proyecto y ese compromiso divino, sin embargo, no se impone por la fuerza, como hacen los poderosos de este mundo con sus estrategias, sino que se nos llama en el Adviento a considerarlo como una espera y esperanza para convertirnos a El. Así podemos precisar el primer paso del Adviento: la conversión al Dios de una justicia prodigiosa. Y la conversión es mucho mas que hacer penitencia; es un cambio de mentalidad, un cambio de rumbo en nuestra existencia, un cambio de valores. Porque cuando se cambian los valores de nuestra vida, transformamos nuestra forma de ser, de vivir y de actuar.

IIª Lectura: Iª Tesalonicenses (3,12-4,2): La dedicación a lo divino

II.1. Esta es una invocación de Pablo, urgido y urgiendo a la comunidad para preparase a la pronta “venida del Señor”. Hoy día no cabe duda que Pablo pensó ver este momento con sus ojos. Como la mayoría de los primeros cristianos pensaba que la “parusía”, la presencia efectiva del Señor resucitado estaba a punto de llegar. Después fue cambiando poco a poco esa mentalidad influida por un perfil apocalíptico por una visión histórica más concorde con la realidad de “transformar” el mundo y “transformarse” personalmente a imagen de Cristo, por medio del amor y de la muerte. Eso es lo que se infiere del final de esta invocación que habla de la “manifestación (parousía) de nuestro Señor Jesucristo”. Después Pablo llegaría a la conclusión personal de que esa experiencia de la manifestación había que vivirla personalmente en el momento de la muerte (cf 2Cor 4,7-15; Flp 3,7-11).

II.2. En todo caso ¿qué expone como punto práctico?: pues una disposición que hay que tener para el día del encuentro del Señor (también expresado en lenguaje apocalíptico): un amor más grande a todos los hombres, porque esa es la forma de progresar en la santidad. Muchas veces nos preguntamos qué es ser santo. Pues aquí encontramos una buena respuesta: es vivir amando siempre, cada vez más, sin excepción, como Dios mismo hace. Por eso se le define a Él como el Santo: porque no excluye a nadie de su amor. Sin duda que el Apóstol nos habla de algo inconmensurable, utópico: ¡cuando amemos a todos los hombres! Así es la respuesta, la conversión, al Dios de la justicia, al Dios de la encarnación, al Dios de la Navidad, para lo que nos prepara el Adviento. ¿Cómo podemos, pues, vivir dedicados a Dios? Amando a todos los hombres. Esa es la dedicación del cristiano a lo divino.

Evangelio: Lucas (21,25-28.34-36): Se acerca nuestra liberación

III.1. Todos los años comenzamos el nuevo ciclo litúrgico con el Adviento, que es presencia y es llegada. Es una presencia de siempre y constantemente renovada, porque nos preparamos para celebrar el misterio del Dios que se encarna en la grandeza de nuestra miseria humana. En el Primer Domingo de Adviento, “Ciclo C” del año litúrgico, que estará apoyado fundamentalmente en el evangelio de Lucas, se ofrece un mensaje lleno de fuerza, una llamada a la esperanza, que es lo propio del Adviento: Levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra liberación. Esa es la clave de la lectura evangélica del día. No son los signos apocalípticos los que deben impresionar, sino el mensaje de lo que se nos propone como oferta de parte de Dios. Los signos apocalípticos, en este mundo, siempre han ocurrido y siempre estarán ocurriendo.

III.2. Lucas también nos ha trasmitido el discurso apocalíptico en boca de Jesús (c. 21) a semejanza de lo que hace Mc 13. En Lucas comienza con una enseñanza que contrasta con la actitud de algunos que están mirando y contemplando la grandeza del templo (21,5ss). Los vv. 25-28 se centran en la famosa venida (parousía) del Hijo del hombre que ha de arrancar de los cristianos, ¡no pánico!, sino una actitud contraria: ¡levantar la cabeza, porque ese es el momento de la liberación!. Digamos que esta última expresión es lo propia de Lucas ante las palabras que le ha suministrado la tradición apocalíptica sobre la llegada misteriosa del Hijo del hombre. Lucas es muy conciso sobre los signos extraordinarios que acompañarán ese momento. Pero no puede sustraerse totalmente a esos signos. Y especialmente significativo es en Lucas la actitud que se ha de tener ante todo eso: vigilad (agrupneô) con la oración (v.36). Es lo propio de Lucas: la vigilancia que pide es teológica, la que mantiene abiertos los ojos del alma y de la vida. En la obra de Lucas, el talante de oración es la clave de las grandes decisiones de Jesús y de la comunidad. Y este momento que describe es clave en cada historia personal y de toda la humanidad. En definitiva, la llamada a la “vigilancia en la oración” responde muy bien a la visión cristológica del tercer evangelista: eso quiere decir que la conducta del cristiano debe inspirarse más en la esperanza que en el temor. No en vano Lucas se ha cuidado mucho de presentar a Jesús, en este caso sería el mismo Hijo del hombre, más como salvador de todos que como juez de todos.

III.3. A los hombres, continuamente se nos escapan muchas cosas por los “agujeros negros” de nuestro universo personal, pero la esperanza humana y cristiana no se puede escapar por ellos, porque eso se vive en la mismidad de ser humano. Lo apocalíptico, mensaje a veces deprimente, tiene la identidad de la profunda conmoción, pero no es más que la expresión de la situación desamparada del ser humano. Y sólo hay un camino para no caer en ese desamparo inhumano: vigilar, creer y esperar que del evangelio, del mensaje de Jesús, de su Dios y nuestro, nos viene la salvación, la redención, la liberación. Por eso, en la liturgia del Primer Domingo de Adviento se pide y se invoca a la libertad divina para que salga al encuentro del impulso desvalido de nuestra impotencia.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

En el sinsentido humano, una presencia salvadora

«Suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra». Es la primera venida del Señor, anunciada por Jeremías. El anuncio de Jesús es muy distinto: la destrucción de Jerusalén y los signos que precederán al fin de los tiempos. Son señales que condensan la ruina del mundo.

Para el pueblo judío, viendo la vieja tierra de las promesas en ruinas, el aviso era claro: el tiempo de la tierra se terminaba y sobre su ruina se perfilaba el fin del cosmos. Todo giraba sobre el trasfondo amenazante de la muerte y cabía todo menos la esperanza.

Para nosotros, cristianos, esas situaciones ofrecen una enseñanza. En el corazón de los fracasos humanos estamos llamados a descubrir una palabra de vida, una presencia salvadora que nos llama. El Hijo del Hombre se acerca a donde el cosmos y la humanidad naufragan en la muerte. La invitación resulta sorprendente: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

«Levantaos»: Es un llamado a cada uno y también a animarse unos a otros. «Alzad la cabeza», como quienes recuperan la confianza y miran al futuro no solo desde sus propios cálculos y previsiones. «Se acerca vuestra liberación», se abre la posibilidad de que un día dejéis de vivir oprimidos, tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador.

Pero cuidado. Hay maneras de vivir que no permiten caminar con la cabeza levantada confiando en una liberación definitiva. «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida». Es real el peligro de acostumbrarnos a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar la vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Un estilo de vida que nos hace cada vez menos humanos.

«Estad, pues, despiertos en todo tiempo». Despertad la fe. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. Una forma concreta: La Iglesia hace tiempo viene proponiendo iniciación cristiana, reiniciación, nueva evangelización… como encuentro personal con Jesucristo.

En él –no en los fracasos históricos, no en un futuro lejano– está el sentido de la historia, sembrado como germen de muerte y salvación en nuestra tierra. Vino, vendrá, y también viene, en tiempo presente. Viene en nuestros sufrimientos y fracasos. En la falta de sentido de realidades en las que se deteriora cada día la vida física y la vida moral de las personas. Aunque sea difícil creerlo, hoy también está viniendo Jesucristo. La victoria no es del mal ni de la muerte; es de quien venció a la muerte y nos llama a mantener su testimonio y a seguirle en el camino que ha trazado.

La importancia de vigilar

Confiar en las promesas de Dios exige dejarnos guiar por Él, y también reconocer que muchos de nuestros caminos no han sido los suyos. Nos conviene estar atentos y vigilantes.

En el Adviento convergen tres realidades de Cristo: vino en Belén, vendrá en los últimos tiempos, viene hoy en la historia. Vigilancia y esperanza son importantes en cada una de esas dimensiones. Los profetas supieron mantener esas actitudes en el pueblo de Israel. La plenitud de Jesucristo se realizará en un mañana de muerte y resurrección universal.

Pero las palabras de Jesús son también para nosotros hoy. Vivimos con angustias y miedos, como los que Jesús mencionó al hablar del cosmos con un lenguaje adaptado a la cultura de su tiempo. Las angustias e inseguri­dades de hoy las causan crisis económicas, conflictos sociales, carencias en las necesidades básicas, frustración, diversas formas de delincuencia, pérdida de valores morales, corrupción administra­tiva, etc.

Las palabras de Jesús no nos evitan los problemas y la inseguridad, pero nos dan una luz para afrontarlos. Las causas de angustia lo son para todos. Pero los cristianos deberíamos tener actitudes y reaccio­nes distintas de quienes no viven cristianamente. La esperanza nos permite confiar en las promesas de Dios y descubrir su paso en el drama de la historia.

Se nos hace difícil reconocer nuestras debilidades, miedos e incertidumbres, tanto como descubrir las señales de la presencia de Jesús en las realidades que vivimos. Pero eso no debe paralizarnos como cristianos en el mundo, ni dejarnos en una espera pasiva. La salvación es fruto de la gracia de Dios, pero empieza a realizarse ahora como fruto también del esfuerzo humano, de trabajar para que las promesas que creemos se hagan realidad ya en nuestras vidas.

Seamos justos, alegres y solidarios. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento. Seamos hombres y mujeres esperanzados y esperanzadores. Creamos realmente que el amor trasciende toda frontera, trabajemos para que se cumplan las promesas de Dios y vivamos así nuestra espera en el Adviento.

Fray José Antonio Fernández de Quevedo

Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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