Preparación de homilías – Epifanía del Señor – 06/01/2019

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Homilía Epifanía del Señor

6 de enero de 2019 – Ciclo C

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”

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  Introducción  

La Natividad del Señor está precedida por el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la gran celebración de la presencia de Dios entre nosotros. La Navidad tiene su prolongación en la solemnidad de la Epifanía, que nos invita a salir de nosotros mismos y a hacer pública la experiencia del encuentro personal con el Niño Dios. Esta consideración es lo que fundamenta la verdadera alegría de la Navidad: la presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro mundo, en nuestro corazón. Quiera Dios orientar nuestros ojos hacia la verdadera Luz, mover nuestro corazón ante tanto Amor. La Navidad nos invita a todos a la esperanza, a la confianza del triunfo del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad.

La historia no se repite, es siempre nueva. Cada año es diferente, cada día es una sorpresa, una nueva gracia de Dios. ¿Quién puede acostumbrarse a la alegría? La alegría es siempre nueva. Así es como se puede deducir del texto evangélico referido a los Magos de Oriente, los que habían visto brillar una estrella juguetona, que parece tener ganas de divertirse con los Magos, pues un poco la ven y después ya no la ven, y de pronto vuelve a lucir para orientarlos hacia donde está el Misterio del Amor de Dios: un Niño, con María, su madre.

Tomemos en serio lo que celebramos: el Amor de Dios, manifestado en la ternura de un recién nacido y ofrecido a nuestra contemplación y adoración en los brazos de una madre, una mujer singular, como lo son todas las mujeres, todas las madres.

Fr. José Mª Viejo Viejo O.P.

Convento de La Virgen del Camino (León)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías 60, 1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos,pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti.Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti;tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará,cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos.Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá.Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Salmo

Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra. R.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesio 3, 2-3a. 5-6

Hermanos:Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro.Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes.Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. »Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:”Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.”»Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Iª Lectura: Isaías (60,1-6): Dios de todos los pueblos

I.1. El texto del libro del profeta Isaías adelanta el sentido de la fiesta: el universalismo de la salvación de Dios. El Trito-Isaías (la tercera parte del libro de Isaías, con oráculos de un profeta desconocido), se vale de la imagen de Jerusalén, símbolo de la presencia de Dios, para afirmar que todos los pueblos buscarán a ese Dios. Pero no se hace por la apologética barata de que el Dios nacional de Israel sea el único y verdadero. El Dios del profeta no es un Dios nacionalista, y con ello cae por tierra ese nacionalismo religioso que muchas veces se ha usado para grandes despropósitos. Si el profeta se vale de Jerusalén, es porque el profeta no puede dejar de ser un judío en su mundo y en su cultura.

I.2. Pero la intuición del profeta se perfila en el sentido de que Jerusalén ha sido humillada muchas veces en su historia. Comparada con las grandes ciudades de la cultura y la religión que la han rodeado ha sido humillada, postrada, asediada y ha sido pasada a cuchillo. Ahora, teniendo Dios allí su morada (cosa que el profeta entiende al pie de la letra, pero nosotros no estamos obligados a ello) es testigo de cómo vienen todos los pueblos, todas las religiones, todas las culturas, para ver la luz de Dios, trayendo sus dones. Dios, pues, escoge a la Jerusalén maltrecha para decir quién es y qué quiere de la humanidad entera. Este es el evangelio, el misterio, del Trito-Isaías para sus contemporáneos. El texto resonará en el evangelio de Mateo del día de hoy.

 

IIª Lectura: Efesios (3,2-3.5-6): El misterio de Dios se revela a todos

II.1. El texto de Efesios nos habla del “misterio” que le ha sido encomendado al Apóstol para que lo lleve a todos los pueblos, a los paganos, a los gentiles (diríamos a los que no tienen Dios). ¿Cómo es posible? El texto es un texto paulino, una “confesión” que retrata a Pablo, si bien la carta a los Efesios es muy posible que no haya sido escrita por él, sino por un discípulo que quiere mantener en alto la antorcha de la vocación y la misión del Apóstol. Efectivamente, vemos un interés especial en describir la originalidad de la misión paulina. Y en esto no hay nada que objetar. Las cartas auténticas de Pablo nos revelan, por activa y por pasiva, que esta ha sido la vocación y la historia de Pablo, por lo que ha dado su vida “en Cristo”.

II.2. Se habla del “don de la gracia”, de una “revelación” que ha recibido el apóstol. Esta es la verdad si comparamos nuestro texto con Gal 1,12.16. Aquí se refiere al camino de Damasco como punto focal de esta iniciativa divina. Dios lo ha llamado para ser apóstol de los paganos y para ello le ha entregado el evangelio de la salvación. Lo que en nuestro texto de hoy se llama “misterio”, es lo mismo. Porque el evangelio es la buena noticia de que Dios ha decidido salvar a todos los hombres, de cualquier raza y religión. Es eso lo que el autor de Efesios llama misterio y lo que Pablo llama varias veces “mi evangelio”.

 

Evangelio: Mateo (2,1-12): La estrella de la salvación de la humanidad entera

III.1. Texto complicado, simbólico, arcaico, prefigurativo, midráshico. Todos estos adjetivos se usan a la hora de leer e interpretar el relato de Mateo sobre los magos (magoi, en griego, no reyes) que vienen en busca de una estrella. Y la verdad es que la exégesis bíblica ya ha dado numerosas muestras de madurez a la hora de interpretar un relato de este tipo, que desde luego, no puede leerse histórica o fácticamente, al menos con opciones fundamentalistas. Tenemos que reconocer que nos encontramos ante una magnífica página teológica, con sabor oriental y con una cristología de las primeras comunidades cristianas, especialmente la de Mateo, que vio en el texto de Miqueas (5,1) la prefiguración de Jesús como Mesías, por su nacimiento en Belén. La comunidad de Mateo, de origen judeo-cristiano, necesitó leer mucho las Escrituras, el AT, para rastrear su identidad de aceptar a Jesús como el Mesías en todos los sentidos. Consiguientemente, es posible que en una comunidad de este tipo se viera necesario, como causa-efecto, que si Jesús es considerado el Mesías, tenga que nacer en Belén.

III.2. Pero ¿qué papel desempeñan los magos? Pues el de aquellos que extraños al judaísmo y a su religión, han buscado y han interpretado los signos de los tiempos y se han arriesgado también a aceptar al niño de Belén como su luz. Es verdad que estos textos de Mateo, como los de Lucas, no pueden haber sido escritos sino después de que las comunidades cristianas proclamaran a Jesús resucitado. No podía ser de otra manera. Pero el texto de Mateo es más especial, si cabe, porque está “empedrado” de alusiones a textos veterotestamentarios que se leen con el sentido de cumplimiento o de alusiones significativas. Todos los grandes personajes de la historia han tenido su “estrella”, como Alejandro Magno, Augusto, y el “rey de los judíos” no podía ser menos a la hora de presentarlo ante toda la humanidad. Desde luego no es necesario pensar o defender que en el momento del nacimiento de Jesús se produjo una gran conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis; es bastante hipotético que sea así, y tampoco podemos decir que esté contemplado en nuestra narración. Además, si esta conjunción pudiera probarse para el año 7 a.C. (como algunos sostienen), todavía no se “buscaría” a Jesús como el “rey de los judíos”, porque este título no podía aplicársele desde su nacimiento, sino después de la muerte (es el título de la condena en la cruz) y la resurrección.

III.3. Desde el significado de la fiesta de hoy es mucho más iluminador leer el texto sin buscar exageradamente coincidencias históricas. Por eso interesa resalta su tejido midráshico (actualización y adaptación de textos bíblicos). Así podemos ver que nuestro relato ha podido confeccionarse teniendo en cuenta al profeta Balaam (Num24,17), un extranjero llamado por Balaq para maldecir a Israel; pero sucede lo contrario: lo bendice preanunciando la estrella de Jacob, el padre de las tribus. De la misma manera, el texto de Is 60,6 (nuestra primera lectura) con los camellos y dromedarios cargados de dones que vienen a Jerusalén y, no menos, el sentido del Sal 72,10.15 sobre los reyes de tierras lejanas que traen regalos al rey del futuro. La fe de los primeros cristianos tuvo que formularse de esta forma y de esta manera, expresarse simbólicamente. La verdad es que los cristianos aceptaron a Jesús como el Mesías verdadero, el que traería la salvación a todos. No había más remedio que rebuscar en la Escritura para dar sentido a todo ello.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”

Durante las tres primeras semanas de Adviento la liturgia de las horas propone el conocido invitatorio: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle. A partir del 17 de diciembre el invitatorio es el siguiente: El Señor está cerca, venid, adorémosle.

Esta “adoración” fue la que llevaron a cabo los Magos de Oriente, que preguntaban al rey Herodes: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo. 

Como bien sabemos la adoración  consiste en “reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como divino”. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, cita en primer lugar “la adoración que hicieron los Reyes Magos al Niño Jesús en el portal de Belén”. 

Ahora bien, la Epifanía tiene el sentido de “aparición”, de “manifestación”. El sentido de la Epifanía del Señor no es una aparición ni una manifestación cualquiera, sino que reviste el significado de algo que trasciende los límites del pueblo de Israel, dando a indicar que el nacimiento del Hijo de Dios no es  un hecho que interese solamente al pueblo de Israel, sino que su manifestación tiene que ver con todo el mundo, significado precisamente en “los Magos de Oriente”. Sea, pues, claro que la aparición del Hijo de Dios, su “epifanía”, es un hecho que interesa a toda la humanidad.

 

“Caminarán los pueblos a tu luz”

La dimensión universal de la obra que Jesús de Nazaret realizará a lo largo de su vida, incluyendo su muerte y su resurrección, es lo que hemos de tomar en consideración. Jesucristo no ha nacido para sí mismo ni siquiera para un pueblo determinado, sino que su obra salvadora tiene como destinataria a la humanidad entera e incluso al universo, recordando lo que en su tiempo puso de manifiesto la sensibilidad de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), que se refería al “Cristo cósmico”.

Esta perspectiva es la que aparece claramente en la liturgia de la solemnidad de la Epifanía del Señor. El profeta Isaías (siglo VI a.C.) expresa con alegría el cambio que llega al pueblo de Israel, donde se manifestará la “gloria del Señor”, de modo que los pueblos de la tierra (universalismo) caminarán al resplandor de la aurora. El horizonte se ensancha para abarcar a Madián y Efá y Saba, es decir, los pueblos importantes conocidos en Israel. Tal universalismo se repite en el Salmo responsorial, que presenta el estribillo: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. En esa totalidad de los “pueblos de la tierra” estamos incluidos también nosotros, los del siglo XXI.

 

“También los gentiles son coherederos… partícipes de la misma promesa”

Este es el grito de profunda alegría que san Pablo proclama por toda la tierra, hablando de “la distribución de la gracia de Dios… a favor de los gentiles”, es decir, de todos los pueblos, y es que la salvación tiene color universal, se extiende más allá de los límites del pueblo de Israel, insistiendo en la obra salvadora de Jesucristo, que es para toda la humanidad.

Esta sí que es una “buena noticia”, esto sí que es “evangelio”, encarnado en Jesucristo y ofrecido a todos para que todos lo acojamos y lo adoremos con corazón agradecido.

La contemplación de la solemnidad de la Epifanía debiera tocarnos muy profundamente, en el corazón y la mente, más allá del aspecto folclórico, externo y pasajero, para dejarnos la convicción de que tal celebración va mucho más allá de lo puramente anecdótico, buscando calar en cada uno de nosotros de tal manera que suscite una respuesta consecuente, una respuesta del tipo de los Magos de Oriente, que “se pusieron en camino”, es decir, salieron de sus casas, de su seguridad, de su ambiente, para ir en busca de lo indicado por la “estrella”.

También nosotros necesitamos levantar la vista o recogernos en nuestro interior para descubrir la “estrella” que nos oriente, que nos guíe hacia aquel que es el único Salvador del mundo, es decir, Jesucristo.

Ahora bien, y volvemos a encontrarnos con el desconcertante modo de obrar de Dios: el único Salvador del mundo no se presenta en la grandeza de un personaje humano, sorprendiendo por su poder y su fuerza o por otros atributos mundanos y pasajeros. Jesucristo se presenta en la humildad de un recién nacido, necesitado de cuidados y atenciones desde el primer momento, precisamente él, que viene para ponerse al servicio de todos, hasta el punto de entregar su vida por todos.

La figura de los Magos de Oriente encarna perfectamente la esencia de la vida cristiana, entendida como “camino”. Los Magos se presentaron a Herodes diciéndole que “venían” para adorar al rey de los judíos. Herodes, tal como sugieren los sumos sacerdotes y los escribas, encamina a los Magos hacia Belén y ellos se pusieron en camino y la estrella los guió “hasta pararse encima de donde estaba el niño”. Después de adorarlo y de ofrecer sus dones, los Magos regresaron a su tierra. Algo así tiene que ser nuestra vida cristiana, y de manera especial sabiendo que Jesucristo se ha presentado como “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6).

La alegría de los Magos ha de ser también la nuestra, ante el hecho inaudito de encontrarnos con el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, presentado por los brazos de María, que nos ofrece a su Hijo, el Hijo de Dios, para ser nuestro compañero de viaje, porque la vida continúa.

Fr. José Mª Viejo Viejo O.P.

Convento de La Virgen del Camino (León)

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