«Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar»

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Sábado, 5 De Enero

Feria de tiempo de Navidad (5 ene.)

Santa Ana Schäffer

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Epístola I de San Juan (3,11-21.)
Hijos míos:
La noticia que oyeron desde el principio es esta: que nos amemos los unos a los otros.
No hagamos como Caín, que era del Maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, en cambio, eran justas.
No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece.
Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte.
El que odia a su hermano es un homicida, y ustedes saben que ningún homicida posee la Vida eterna.
En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.
Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?
Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad.
En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios
aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas.
Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza,

Salmo (100(99),2.3.4.5.)
Sirvan al Señor con alegría,
lleguen hasta él con cantos jubilosos.
Reconozcan que el Señor es Dios:

él nos hizo y a él pertenecemos;
somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Entren por sus puertas dando gracias,

entren en sus atrios con himnos de alabanza,
alaben al Señor y bendigan su Nombre.
¡Qué bueno es el Señor!

Su misericordia permanece para siempre,
y su fidelidad por todas las generaciones.

Evangelio según San Juan (1,43-51.)
Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: “Sígueme”.
Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro.
Felipe encontró a Natanael y le dijo: “Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret”.
Natanael le preguntó: “¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?”. “Ven y verás”, le dijo Felipe.
Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: “Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez”.
“¿De dónde me conoces?”, le preguntó Natanael. Jesús le respondió: “Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera”.
Natanael le respondió: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.
Jesús continuó: “Porque te dije: ‘Te vi debajo de la higuera’, crees . Verás cosas más grandes todavía”.
Y agregó: “Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.”

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Nersès Snorhali (1102-1173)

patriarca armenio

Jesús, Hijo único del Padre, 85-95

«Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar»

Señor, a Jacob, el hijo pequeño de Isaac y Rebeca, tú le has llamado tu amado; has cambiado su nombre por el de Israel (Gn 32,29). Le has revelado el futuro al mostrarle la escalera levantada desde la tierra hasta el cielo: en lo más alto de la misma estaba Dios, con la mirada fija sobre el mundo, y los ángeles subían y bajaban por la escalera… Era símbolo del gran misterio como lo han dicho los hombres a los que el Espíritu ha iluminado…
Y yo, para el bien, soy también el hijo pequeño. Para el mal, indudablemente soy un hombre maduro, como el primogénito Esaú…: he vendido mi tesoro para satisfacer mis apetencias (Gn 25,33) y he borrado mi nombre del Libro de la Vida en el que, en el cielo, están inscritos los primeros de entre los benditos (Sl 68,29).
Te lo suplico, oh Luz que vienes de lo alto, Príncipe de los corazones de fuego. Que también para mí se abran las puertas del cielo, como antiguamente lo fueron para Israel. Por gracia, haz subir a mi alma caída, por la escalera de luz, signo misterioso dado a los hombres de su retorno de la tierra al cielo. La astucia del Maligno me hizo perder la unción perfumada de tu Espíritu; con tu derecha protectora dígnate ungir de nuevo mi cabeza. No lucharé contigo, oh poderoso, en un cuerpo a cuerpo como Jacob (Gn 32,25), porque no soy más que debilidad.

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