“Vino en la oscuridad de la noche”

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Miércoles, 9 De Enero

Miércoles de tiempo de Navidad después de la Epifanía del Señor

Beata María Teresa de Jesús Le Clercq

Beata María Teresa de Jesús Le Clercq

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Epístola I de San Juan (4,11-18.)
Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu.
Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él.
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.
La señal de que el amor ha llegado a su plenitud en nosotros, está en que tenemos plena confianza ante el día del Juicio, porque ya en este mundo somos semejantes a él.
En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.

Salmo (72(71),2.10-11.12-13.)
Para que gobierne a tu pueblo con justicia
y a tus pobres con rectitud.
Que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas
le paguen tributo.

Que los reyes de Arabia y de Sebá
le traigan regalos;
que todos los reyes le rindan homenaje
y lo sirvan todas las naciones.

Porque él librará al pobre que suplica
y al humilde que está desamparado.
Tendrá compasión del débil y del pobre,
y salvará la vida de los indigentes.

Evangelio según San Marcos (6,45-52.)
Después que los cinco mil hombres se saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud.
Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.
Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra.
Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.
Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar,
porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”.
Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor,
porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Bernardo (1091-1153)

monje cisterciense y doctor de la Iglesia

1er Sermón para Epifanía (frm trad. ©evangelizo.org©)

“Vino en la oscuridad de la noche”

“Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador” (Tt 3,4 Vulg.) y su amor al hombre. Gracias sean dadas a Dios, que nos da abundantemente su consuelo en medio de esta peregrinación, en este destierro, en esta miseria… Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta. Ciertamente, ésta ya existía, pues “la misericordia del Señor es eterna” (Sal 102,17). ¿Pero cómo hubiéramos podido saber que era tan grande? Porque era una promesa y no una experiencia. He allí porque no muchos creían en ella…
Pero ahora los hombres pueden creer en lo que ven, ya que los testimonios de Dios se han vuelto absolutamente creíbles. Y para que no estén escondidos a nadie, puso su tienda al sol (Sal 92,5; 18,5). He aquí que la paz no es más una promesa, sino que ya ha sido enviada; no dejada para más tarde, sino dada; no más profetizada sino propuesta. He aquí que Dios envió sobre la tierra el tesoro de su misericordia; ese tesoro que debe ser abierto por la Pasión, para esparcir el precio de nuestra salvación que en él está escondido… porque si es tan solo un niñito se nos ha dado (Is 9,5), “en él habita toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). En la plenitud de los tiempos, vino en la carne para poder ser visible a nuestros ojos de carne para que al ver su humanidad, su benevolencia reconociésemos su bondad… ¿Hay algo que pueda mostrar su misericordia que el hecho de ver que tomó nuestra miseria? ¿Qué es el hombre Señor para que te acuerdes de él, y para que tu corazón se encariñe de él? (Sal.143,3; Jb 7,17 Vulg)

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