«Jesús la tomó de la mano y la levantó»

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Miércoles, 16 De Enero

Miércoles de la primera semana del Tiempo Ordinario

San Marcelo I

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Carta a los Hebreos (2,14-18.)
Hermanos:
Ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne, él también debía participar de esa condición, para reducir a la impotencia, mediante su muerte, a aquel que tenía el dominio de la muerte, es decir, al demonio,
y liberar de este modo a todos los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte.
Porque él no vino para socorrer a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham.
En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo.
Y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba.

Salmo (105(104),1-2.3-4.6-7.8-9.)
¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
canten al Señor con instrumentos musicales,
pregonen todas sus maravillas!

¡Gloríense en su santo Nombre,
alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor y a su poder,
busquen constantemente su rostro!

Descendientes de Abraham, su servidor,
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,
en toda la tierra rigen sus decretos.

El se acuerda eternamente de su alianza,
de la palabra que dio por mil generaciones,
del pacto que selló con Abraham,
del juramento que hizo a Isaac.

Evangelio según San Marcos (1,29-39.)
Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato.
El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados,
y la ciudad entera se reunió delante de la puerta.
Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.
Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.
Simón salió a buscarlo con sus compañeros,
y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”.
El les respondió: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”.
Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Jerónimo (347-420)

sacerdote, traductor de la Biblia, doctor de la Iglesia

Comentario al evangelio de Marcos, 2; PLS 2, 125s

«Jesús la tomó de la mano y la levantó»

«Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó.» En efecto, con esta enfermedad no podía levantarse por sí misma; estando en cama, no podía ir delante de Jesús. Pero este médico misericordioso se acerca él mismo a la cama. El que había llevado sobre sus espaldas a la oveja enferma (Lc 15,5), en esta ocasión de acerca a la cama… Se acerca todavía más a fin de curar mejor. Fijaos bien en lo que aquí está escrito…»Sin duda que eres tú quien debías haber venido a mi encuentro, eres tú quien debías haber venido a darme acogida en la entrada de tu casa; pero entonces tu curación no sería tanto efecto de mi misericordia como de tu voluntad. Puesto que una fiebre tan fuerte te abate y te impide levantarte, vengo yo mismo.»
«Y la levantó». Puesto que ella no podía levantarse por sí misma, es el Señor quien la levanta. «La tomó de la mano y la levantó.» Cuando Pedro, en el mar, se encontraba en peligro, en el momento en que iba a ahogarse, también fue él quien lo tomó por la mano y lo levantó… ¡Qué señal tan bella de amistad y de afecto por esta enferma! La levanta tomándola por la mano; su mano cura la mano de la enferma. Tomó esta mano tal como lo hubiera hecho un médico, le toma el pulso y valora la importancia de la fiebre, él, que es al mismo tiempo médico y remedio. Jesús la toca, y la fiebre desaparece.
Deseemos que toque nuestra mano para que nuestros actos queden purificados. Que entre en nuestra casa: levantémonos de nuestro lecho, no nos quedemos acostados. Jesús permanece a la cabecera de nuestra cama ¿y nosotros seguiremos acostados? ¡Vamos, levantémonos!… «en medio de vosotros hay uno que no conocéis» (Jn 1,26); «el Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21. Tengamos fe y veremos a Jesús entre nosotros.

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