«Timoteo y Tito difunden la fe de los apóstoles por el mundo»

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Sábado, 26 De Enero

Santos Timoteo y Tito, obispos, Memoria

Santa Paula de Belén

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Segunda Carta de San Pablo a Timoteo (1,1-8.)
Pablo, Apóstol de Jesucristo, por la voluntad de Dios, para anunciar la promesa de Vida que está en Cristo Jesús,
saluda a Timoteo, su hijo muy querido. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz que proceden de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura al igual que mis antepasados, recordándote constantemente, de día y de noche, en mis oraciones.
Al acordarme de tus lágrimas, siento un gran deseo de verte, para que mi felicidad sea completa.
Porque tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y estoy convencido de que tú también tienes.
Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos.
Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad.
No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios.

Salmo (96(95),1-2a.2b-3.7-8a.10.)
Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre.
Día tras día, proclamen su victoria.

Anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos.
Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
aclamen la gloria y el poder del Señor;

aclamen la gloria del nombre del Señor.
Digan entre las naciones: “¡El Señor reina!
el mundo está firme y no vacilará.
El Señor juzgará a los pueblos con rectitud”.

Evangelio según San Lucas (10,1-9.)
El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.
Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’.
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;
curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.”

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Cirilo de Jerusalén (313-350)

obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia

Bautismal n° 18, § 23-25

«Timoteo y Tito difunden la fe de los apóstoles por el mundo»

Se le llama «católica» porque está difundida por todo el orbe desde unos confines a otros de la tierra y puesto que enseña de modo completo, y sin que falte nada, todos los dogmas que los hombres deben conocer sobre las cosas visibles e invisibles, celestiales y terrenas. Y también porque ha sometido al culto recto a toda clase de hombres, príncipes y hombres comunes, doctos e inexpertos. Y finalmente porque sana y cura toda clase de pecados que se cometen con el alma y el cuerpo. Ella (la Iglesia) posee todo género de virtud, cualquiera que sea su nombre, en hechos y en palabras y en dones espirituales de cualquier especie.
«Iglesia» es una denominación muy adecuada porque convoca a todos y los reúne conjuntamente, como dice el Señor en el Levítico: «Congrega a toda la comunidad a la entrada de la Tienda del Encuentro» (Lev 8, 3)…. Y en el Deuteronomio dice Dios a Moisés: «Reúne al pueblo para que yo les haga oír mis palabras a fin de que aprendan a temerme» (Dt 9, 10)…También el salmista dice: «Te daré gracias en la gran asamblea, te alabaré entre un pueblo copioso» (Sal 35, 18).
Pero, si tenía que ser así, por causa de las insidias tramadas contra el Salvador quedaron los judíos privados de la gracia y Dios edificó una segunda Iglesia, formada partiendo de los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: «Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 8)… Fue rechazada, pues, la que estaba en la tierra de los judíos. Pero por todo el mundo se multiplican las Iglesias de Cristo, de las cuales está escrito en los Salmos: «¡Cantad a Dios un cántico nuevo: su alabanza en la asamblea de sus fieles!» (Sal 149, 1)… Y de esta misma santa Iglesia católica escribe Pablo a Timoteo: «… para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (I Tim 3, 15).

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