«Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8)

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Domingo, 10 De Febrero

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Beato Luis Stepinac

Beato Luis Stepinac

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Libro de Isaías (6,1-2a.3-8.)
El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo.
Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies, y con dos volaban.
Y uno gritaba hacia el otro: “¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria”.
Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo.
Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros; ¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!”.
Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar.
El le hizo tocar mi boca, y dijo: “Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado”.
Yo oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”. Yo respondí: “¡Aquí estoy: envíame!”.

Salmo (138(137),1-2a.2bc-3.4-5.7c-8.)
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo.
y daré gracias a tu Nombre

por tu amor y tu fidelidad.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma.
Que los reyes de la tierra te bendigan

al oír las palabras de tu boca,
y canten los designios del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.
Tu derecha me salva.

El Señor lo hará todo por mí.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos!

Carta I de San Pablo a los Corintios (15,1-11.)
Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles.
Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.
Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura.
Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura.
Se apareció a Pedro y después a los Doce.
Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto.
Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles.
Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.
Porque yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.
En resumen, tanto ellos como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído.

Evangelio según San Lucas (5,1-11.)
En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.
Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes.
Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Navega mar adentro, y echen las redes”.
Simón le respondió: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”.
Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse.
Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”.
El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido;
y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres”.
Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975)

presbítero, fundador

Homilía en Amigos de Dios

«Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8)

Cuando Jesús se hizo mar adentro con sus discípulos, no pensaba sólo en esta pesca. Por eso… respondió a Pedro: «No temas: desde ahora serás pescador de hombres». Y la eficacia divina no va a fallar en esta nueva pesca: los apóstoles serán instrumentos de grandes prodigios a pesar de su miseria personal.
También nosotros si luchamos todos los días para alcanzar la santidad en nuestra vida ordinaria, cada uno según su propia condición en medio del mundo y en el ejercicio de su profesión, me atrevo a afirmar que el Señor hará de nosotros unos instrumentos capaces de realizar milagros, y más extraordinarios aún si es necesario. Daremos luz a los ciegos. ¿Quién no podrá narrar mil ejemplos del modo como un ciego casi de nacimiento recobra la vista y recibe todo el resplandor de la luz de Cristo? Otro era sordo, otro mudo no pudiendo oír ni articular una sola palabra en cuanto hijos de Dios…; ahora oyen y se expresan como verdaderos hombres… «En el nombre de Jesús » los apóstoles restituyen las fuerzas a un enfermo incapaz de cualquier acto útil… «En el nombre del Señor, ¡levántate y anda! » (Hch 3,6). Otro, un muerto que ya olía mal, escuchó la voz de Dios igual que en el milagro del hijo de la viuda de Naím: «Joven, yo te lo mando, levántate» (Lc 7,14; Hch 9,40).
Haremos milagros como Cristo, milagros como los primeros apóstoles. Es posible que estos prodigios se hayan realizado en ti, en mí: es posible que fuéramos ciegos, o sordos, o enfermos, o se olía ya nuestra muerte, cuando la Palabra de Dios nos arrancó de nuestra postración. Si amamos a Cristo, si le seguimos de veras, si sólo le buscamos a él y no a nosotros mismos, en su nombre podremos transmitir gratuitamente lo que hemos recibido gratuitamente.

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