“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Miércoles, 13 De Febrero

Miércoles de la quinta semana del Tiempo Ordinario

San Gregorio II

San Gregorio II

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Libro de Génesis (2,4b-9.15-17.)
Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo,
aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado ninguna hierba, porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra. Tampoco había ningún hombre para cultivar el suelo,
pero un manantial surgía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.
Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.
El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado.
Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer; hizo brotar el árbol del conocimiento del bien y del mal.
El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara.
Y le dio esta orden: “Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín,
exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte”.

Salmo (104(103),1-2a.27-28.29bc-30.)
Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
Estás vestido de esplendor y majestad
y te envuelves con un manto de luz.

Todos esperan de ti
que les des la comida a su tiempo:
se la das, y ellos la recogen;
abres tu mano, y quedan saciados.

Si les quitas el aliento,
expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra.

Evangelio según San Marcos (7,14-23.)
Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien.
Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!”.
Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola.
El les dijo: “¿Ni siquiera ustedes son capaces de comprender? ¿No saben que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo,
porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?”. Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.
Luego agregó: “Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro.
Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,
los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.
Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Bernardo (1091-1153)

monje cisterciense y doctor de la Iglesia

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense y doctor de la Iglesia,
Sermones sobre el Cantar de los Cantares, nº61,3

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”

¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro sino en las llagas del Salvador? En ellas habito, tanto más confiado en Él cuanto mayor es la fuerza que tiene para salvarme. Se tambalea el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me pone asechanzas, pero yo no caigo porque estoy cimentado sobre piedra firme… Lo que por culpa mía me falta, lo saco de las entrañas del Señor, pues de sus entrañas se derrama un amor misericordioso.
Agujearon sus manos y pies, y atravesaron su costado con una lanza (Jn 19,34). A través de estas hendiduras puedo libar miel silvestre (Sal 80,17) y aceite de rocas de pedernal, es decir que puedo gustar y ver que bueno es el Señor (Sal 33,9). Sus designios eran designios de paz y yo lo ignoraba. Pero el clavo que penetró en Él, se ha convertido para mí en una llave que me abre el conocimiento de sus designios. ¿Por qué no he de mirar a través de estas hendiduras? Tanto el clavo como las llagas proclaman que realmente Dios, en la persona de Cristo, reconcilia el mundo consigo (2Co 5,19). El hierro atravesó su ser y alcanzó su corazón de modo que ya es capaz de compadecerse de mis debilidades. Las heridas que recibió su cuerpo nos dejan ver los secretos de su corazón, aquel gran misterio de piedad y “la entrañable misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol desde lo alto” (Lc 1,78). No cabe duda de que sus llagas nos dejan ver sus entrañas. No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas, Señor, para manifestar tu bondad, y que eres clemente y rico en misericordia. Porque no existe mayor compasión que la de dar su vida por los que están sentenciados a muerte (Jn 15,13).

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