«Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos»

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Domingo, 17 De Febrero

Sexto Domingo del Tiempo Ordinario

Beato Lucas Belludi

Beato Lucas Belludi

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Libro de Jeremías (17,5-8.)
Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor!
El es como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita.
¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza!
El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto.

Salmo (1,1-2.3.4.6.)
¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal. 

Carta I de San Pablo a los Corintios (15,12.16-20.)
Hermanos:
Si se anuncia que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de ustedes afirman que los muertos no resucitan?
Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.
Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados.
en consecuencia, los que murieron con la fe en Cristo han perecido para siempre.
Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima.
Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.

Evangelio según San Lucas (6,17.20-26.)
Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón,
Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: “¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Pablo VI

papa 1963-1978

Exhortación apostólica sobre el gozo cristiano « Gaudete in Domino »

«Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos»

El gozo de permanecer en el amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es el del Reino de Dios. Pero se concede dentro de un camino escarpado, que pide una total confianza en el Padre y en el Hijo, una preferencia por el Reino. El mensaje de Jesucristo promete ante todo el gozo, este gozo exigente; ¿no se abre con las bienaventuranzas? «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos. Dichosos los que ahora tenéis hambre porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis».
Misteriosamente, el mismo Cristo, para arrancar de raíz del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una total obediencia filial, aceptó morir a manos de los impíos, morir en una cruz. Pero… desde entonces Jesús está vivo para siempre en la gloria del Padre y por eso los discípulos se llenaron de un gozo imperecedero al ver al Señor al atardecer de Pascua (Lc 24,41).
Ahora, aquí abajo, el gozo del Reino realizado sólo puede brotar de la celebración conjunta de la muerte y de la resurrección del Señor. Es la paradoja de la condición cristiana que ilumina de manera singular la condición humana: ni la prueba ni el sufrimiento se eliminan de este mundo, pero cobran un nuevo sentido con la certeza de participar de la redención obrada por el Señor y participar de su gloria. Por eso el cristiano, sometido a las dificultades de la existencia común, no por ello queda reducido a buscar su camino a tientas, ni ver en la muerte el final de sus esperanzas. Tal como lo anunció el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste su alegría, aumentaste su gozo» (Is 9, 1-2).

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