“Entonces ayunarán.” (Mt 9,15)

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Viernes, 8 De Marzo

Viernes despúes de Ceniza

San Faustino Miguez

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Libro de Isaías (58,1-9a.)
Así habla el Señor Dios:
¡Grita a voz en cuello, no te contengas, alza tu voz como una trompeta: denúnciale a mi pueblo su rebeldía y sus pecados a la casa de Jacob!
Ellos me consultan día tras día y quieren conocer mis caminos, como lo haría una nación que practica la justicia y no abandona el derecho de su Dios; reclaman de mí sentencias justas, les gusta estar cerca de Dios:
“¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos afligimos y tú no lo reconoces?”. Porque ustedes, el mismo día en que ayunan, se ocupan de negocios y maltratan a su servidumbre.
Ayunan para entregarse a pleitos y querellas y para golpear perversamente con el puño. No ayunen como en esos días, si quieren hacer oír su voz en las alturas.
¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso lo llamas ayuno y día aceptable al Señor?
Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos;
compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.
Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.
Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”.

Salmo (51(50),3-4.5-6a.18-19.)
¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!

Porque yo reconozco mis faltas
y mi pecado está siempre ante mí.
Contra ti, contra ti sólo pequé
Los sacrificios no te satisfacen;

si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evangelio según San Mateo (9,14-15.)
Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?”.
Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Juan Pablo II (1920-2005)

papa

Angelus del 10 de marzo 1996

“Entonces ayunarán.” (Mt 9,15)

Entre las prácticas penitenciales que nos propone la Iglesia, sobre todo en tiempo de Cuaresma, está el ayuno. El ayuno lleva consigo una sobriedad especial en la alimentación, respetando las necesidades de nuestro organismo. Se trata de una forma tradicional de penitencia que no ha perdido nada de su significado y que, tal vez, hay que redescubrir, sobre todo en esta parte del mundo y en los ambientes donde no sólo abunda el alimento sino que donde a menudo existen enfermedades debidas a la sobrealimentación.
Evidentemente, el ayuno penitencial es muy diferente de las dietas terapéuticas. Pero, a su manera, se le puede considerar como una terapia del alma. En efecto, practicado como signo de conversión, facilita el esfuerzo interior para ponerse a la escucha de Dios. Ayunar significa reafirmarse a si mismo lo que Jesús replicó a Satanás cuando fue tentado al final de los cuarenta días de ayuno en el desierto: “El hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Hoy día, especialmente en los ambientes del bienestar, se comprende con dificultad el sentido de esta palabra evangélica. La sociedad de consumo, en lugar de apaciguar nuestras necesidades, crea constantemente otras nuevas, engendrando así un activismo desmesurado… Entre otros significados, el ayuno penitencial tiene precisamente como fin el ayudarnos a recobrar nuestra interioridad.
El esfuerzo de moderación en la comida se extiende también a otras cosas no estrictamente necesarias. Sobriedad, recogimiento y oración van de conjunto con el ayuno. Se puede aplicar oportunamente este principio a lo que tiene que ver con el uso de los medios de comunicación de masas. Tienen una utilidad indiscutible, pero no pueden llegar a ser los “amos” de nuestras vidas. ¡En cuántas familias parece que el televisor reemplaza , más que facilitar, el diálogo entre las personas! Un cierto “ayuno” en este terreno puede ser saludable, sea para consagrar más tiempo a la reflexión y la oración, sea para cultivar las relaciones humanas.

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