Preparación de homilías – II Domingo de Cuaresma – 17/03/2019

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Homilía II Domingo de Cuaresma

17 de marzo de 2019 – Ciclo C

“Una mirada contemplativa”

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  Introducción  

Jesús llamó un día a sus discípulos “para estar con él” (Mc 3,15). Pues bien, como se nos recordaba el Miércoles de Ceniza, la práctica de la oración constituye sin duda un camino privilegiado de sintonía y encuentro con él para disfrutar de su sincera y grata compañía. Es en el silencio interior del corazón como vamos haciendo nuestro recorrido cristiano, camino hacia la Pascua.

En la escena de la Transfiguración el Señor, que nos revela su intimidad, nos invita también a estar con él. Quiere que abramos los oídos en actitud dócil de escucha. Pero no para “vivir en la nube” narcisista de la autocomplacencia, sino para arrostrar con decisión y coraje el camino diario que conduce del Tabor a lo alto del  Calvario. La mirada contemplativa nos enraíza en la centralidad absoluta del misterio de Dios en el que nos vemos inmersos.

Fray Juan Huarte Osácar

Convento de San Esteban (Salamanca)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:–Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes.Y añadió:–Así será tu descendencia.Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber.El Señor le dijo:–Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.El replicó:–Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?Respondió el Señor:–Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no escuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba.Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos:–A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.

Salmo

Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14 R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? R.

Escúchame, Señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme.Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.» R.

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro;no rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3, 17-4, 1

Hermanos:Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en mí.Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo:su paradero es la perdición;su Dios, el vientre;su gloria, sus vergüenzas.Sólo aspiran a cosas terrenas.Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo.Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona manteneos así, en el Señor, queridos.

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:–Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.No sabía lo que decía.Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:–Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

La Transfiguración: una experiencia intensa de Dios

Las lecturas de este segundo domingo de Cuaresma están enmarcadas en unos simbolismos que son propios de unos tiempos lejanos, donde lo religioso, lo legendario, lo mítico y lo real se dan cita en la búsqueda constante por el sentido de la vida, por el futuro y por aquellos aspectos que nos trascienden, que van más allá de lo que cada día sentimos y vivimos.

Iª Lectura: Génesis (15,5-18): Promesa y Alianza  a los que se fían de Dios

I.1. En esta lectura de hoy se nos presenta a Abrahán al que se le da a contar las estrellas del cielo para significar que todos los que se fíen de Dios serán su pueblo, su familia. Eso es lo que se quiere representar muy especialmente y ese es el sentido de la “alianza” que Dios hace con él. La narración es muy del estilo bíblico, recuerda incluso la revelación de Yahvé en el Éxodo, pero aplicada a Abrahán llamándolo desde su tierra babilónica. El drama del padre del pueblo lo resuelve Dios prometiéndole alianza, y en ella, un hijo, porque la alianza no puede perdurar sino de generación en generación. Es un relato ancestral en algunos aspectos, pero actualizado con el tema del compromiso de Dios por medio del berit (alianza). La teología se impone, desde luego, a la narrativa, en todos los aspectos. La “intriga” del relato se resuelve en promesa; la angustia del padre creyente encuentra en Dios lo que la vida de cada día no le ofrece: un hijo, un futuro, un nombre de generación en generación.

I.2. Algunos elementos de esta narración solamente pueden ser del narrador creyente, el elohista, (aunque los vv. 5-6 sean de la tradición yahvista) que adelanta en Abrahán una experiencia y un sentido de lo religioso que es muy posterior en Israel. Otro texto de la alianza con Abrahán lo tenemos en Gn 17 (pero este relato es de la tradición sacerdotal). Abrahán no podía ser tan definidamente “monoteísta”, pero eso no quiere decir que el relato no tenga todos los ingredientes religiosos de la antigüedad para poner de manifiesto que en la vida lo religioso cuenta mucho. La fe tiene que ver con el ser humano y con el misterio de la vida y de la descendencia. El hombre no puede darse un futuro por sus propias fuerzas. Abrahán, desde su religión de dioses o Dios familiar no le queda más que contemplar las estrellas; es un signo de que Alguien conduce nuestra existencia. Bajo el símbolo del animal dividido, en rito ancestral, pasa Dios bajo el símbolo de la brasa encendida.

I.3. Vemos, en nuestra lectura, una iniciativa exclusivamente divina, es, lo que se ha llamado un compromiso “unilateral” de Dios; aunque bien es verdad que se cuenta con la confianza (emunah) del padre del pueblo. La teología de la alianza, como sabemos, es determinante en el pueblo bíblico, y aunque la alianza más originaria es la del Sinaí, para sellar la liberación de Egipto, tampoco podía faltar un signo que expresara la alianza y el compromiso de Dios con el padre de un pueblo de creyentes. Así lo verá muy acertadamente San Pablo en su carta a los Gálatas (Gal 3) cuando considera que las promesas que se hicieron a Abrahán se cumplen cuando todos los hombres, judíos o paganos, puedan formar parte de ese pueblo, sencillamente por la fe en Dios, como Abrahán.

IIª Lectura: Filipenses (3,17-4,1): La Transfiguración de Pablo por la cruz

II.1. Nuestra lectura tiene unas resonancias bien características: Pablo invita a la comunidad a que sea imitadora de sus sentimientos, y no seguidora de sus adversarios, que son enemigos de la cruz de Cristo. Porque es la cruz de Cristo, a pesar de su aparente fracaso, lo único que nos garantiza una vida verdadera, una vida que va más allá de la muerte, y que nos hará ciudadanos del cielo. El Dios de la cruz es el único que puede transformar nuestra historia, nuestros anhelos, nuestros fracasos, nuestra debilidad en un grito de libertad y de vida más allá de esta historia, porque es el único Dios que se ha comprometido con la humanidad.

Evangelio: Lucas (9,28-36):  La Transfiguración desde la oración

III.1. ¿A dónde nos lleva el evangelio de hoy? Si seguimos el texto en sus inicios: subió al monte a orar. Esto es muy propio de Lucas y siempre en momentos importantes de la vida de Jesús. No hay nombre para el monte en ninguno de los evangelistas (cf Mt 17,1-9; Mc 9,2-10). El evangelista Lucas, a su manera, quiere asomarnos, por un pequeño instante, con los discípulos, a esa vida que no está limitada por nada ni por nadie. Quien escucha, hoy, en este domingo de Cuaresma, este pasaje del evangelio quedará sorprendido, porque no le será fácil entender todo lo que en él acontece. Pero debemos pensar que Lucas, recogiendo la tradición de Marcos, que es el primer evangelista que la asumió de otros, sabe que en su comunidad habrá dificultades para entenderla. De todas formas ha limado un poco su lenguaje y su intención catequética. La Transfiguración es una escena llena de contenidos simbólicos. Es como un respiro que Dios le concede a Jesús en su camino hacia Jerusalén, hacia la pasión y la muerte, con objeto de que alcance a experimentar un previamente la meta. Solo desde la oración, entiende Lucas, es posible vislumbrar lo que sucede en el alma de Jesús. Ese coloquio que Jesús mantiene con los personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, representan la Ley y los Profetas y con ellos se entabla un diálogo en profundidad sobre su “partida” (éxodo), sobre su futuro, en definitiva, sobre su muerte.

III.2. La Transfiguración, pues, quiere ser una preparación para la hora tan decisiva que le espera a Jesús. Los discípulos más conocidos acompañan a Jesús en este momento, como sucederá también en el relato de Getsemaní, en el momento de la pasión, pero tanto aquí como allí, el verdadero protagonista es Jesús, porque es él quien afronta las consecuencias de su vida y del evangelio que ha predicado. No obstante, aquí los discípulos se ven envueltos en una experiencia profunda, trascendente, que les hace evadirse de toda realidad. Dos personajes, Moisés y Elías, que subieron cada uno en su momento al Sinaí para encontrarse con Dios, ahora se hacen testigos de esta experiencia. La presencia de estos personajes “adorna” la escena, pero no la llenan. En realidad la escena se llena de contenido con la voz divina que proclama algo extraordinario. Quien está allí es alguien más importante de Moisés y Elías, la Ley y los Profetas ¡que ya es decir! En realidad la escena se configura sencillamente con un “hombre” que ora intensamente a Dios para que no le falten las fuerzas en su “éxodo”, en su ida a Jerusalén. Todo en un monte que no tiene nombre y que no hay que buscarlo, aunque la tradición posterior haya designado el Tabor.

III.3. Todo ha sucedido, según san Lucas, “mientras oraba”. Esto es especialmente significativo. Estas cosas intensas, espirituales, transformadoras, no pueden ocurrir más que en la otra dimensión humana. Es la dimensión en la que se revela que, sin embargo, el Hijo de Dios está allí. Los discípulos han vivido algo intenso, algo que no se esperaban (aunque de ellos no se dice que oren y esa es una diferencia digna de tener en cuenta); pero Jesús, que ha vivido esta experiencia más intensamente que ellos, sin embargo, sabe que debe bajar del monte misterioso de la Transfiguración para seguir su camino, para acercarse a los necesitados, para dar de beber a los sedientos y de comer a los hambrientos la palabra de vida. Su “éxodo” no puede ser como le hubiera gustado a Pedro, a sus discípulos, que pretenden quedarse allí instalados. Queda mucho por hacer, y dejar huérfanos a los hombres que no han subido a las alturas espirituales y misteriosas de la Transfiguración, sería como abandonar su camino de profeta del Reino de Dios. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas; la de la transfiguración que se describe aquí puede ser una de ellas, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

En lo alto del Tabor

Moisés, después de estar cuarenta días y cuarenta noches con Yahvé, bajó de la montaña del Sinaí con la piel de su rostro radiante (ver Ex 34, 28-35). El lector asiduo de la Biblia ya está acostumbrado a este tipo de relatos teofánicos, en los que la manifestación de Dios al hombre viene encuadrada dentro de un marco de rica y fuerte simbología religiosa: monte, nube, resplandor, tienda, voz, temor, etc.

Es la escenografía habitual para ambientar el encuentro con Dios de algunos personajes relevantes del Antiguo Testamento. Nada extraño, pues, que en el evangelio de hoy aparezcan en escena Moisés y Elías (ver 1 Re 19) en conversación con Jesús. Los dos, representantes respectivamente de la Ley y los Profetas (dos pilares fundamentales de la revelación en la religiosidad judía), dan ahora paso a la figura de Jesús, convertido en la referencia última y definitiva de la revelación de Dios.

Poco antes había preguntado Jesús a sus discípulos sobre el parecer de las gentes acerca de su persona. Será después de la confesión de Pedro cuando el Maestro encuentre el momento oportuno para anunciarles y clarificarles el duro camino que le conducirá a Jerusalén, donde tendrán lugar su muerte y resurrección.

Es entonces cuando introduce Lucas, dentro de la estructura narrativa de su evangelio, el presente cuadro escénico de la Transfiguración. Episodio que ha quedado perfecta y oportunamente plasmado en  la acertada expresión del Prefacio de este día: Después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar que la pasión es el camino de la resurrección.

El rostro transfigurado de Jesús

¿Qué mejor imagen para revelar cuál iba a ser su destino? ¿No había sorprendido a sus propios padres, ya de niño, al decirles que tenía que ocuparse de las cosas de su Padre? Esa era la “partida” de que estaba hablando precisamente con Moisés y Elías, sus interlocutores: el éxodo hacia su Padre Dios. Se entienden así mejor sus palabras finales en la cruz: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Era el proyecto que había acariciado y abrazado con todas sus consecuencias, siempre en comunión perfecta con los designios de su Padre.    

La voz del cielo rasgaba de este modo la penumbra de la nube para desvelar a los discípulos, en toda su gloria y ante la presencia testimonial de Moisés y Elías, su realidad más íntima y personal: Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle. Es así, transfigurado por la gloria del Señor, como se siente legitimado para introducir al hombre en el profundo Misterio de Dios. Por eso mismo llegará el día en que Pedro, en nombre de los Doce, acabará reconociendo: ¿A quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Es en esa atmósfera íntima de admiración y recogimiento cercano al éxtasis, que envuelve todo el relato, donde perciben e intuyen los discípulos, a pesar de su somnoliento letargo, el horizonte de sentido y de esperanza que les abre la contemplación de Jesús transfigurado. Como dice el Apóstol, si los jefes de este mundo le hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la Gloria (1 Cor 2,8). 

¡Muéstranos, Señor, tu gloria!

Como el discípulo Felipe, queremos ver el rostro del Padre, reconocerle y escucharle. Por eso rezamos con el salmista: Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. Pero, ¿cómo introducirnos en la experiencia del encuentro con Dios? ¿Cómo “atravesar el velo” de nuestra ignorancia y descubrir en profundidad al Señor de la Gloria? La escena evangélica del Tabor nos sumerge en los repliegues misteriosos del Dios de la vida.

Nos invita a contemplar, en medio de nuestras negaciones y deserciones, el rostro del Transfigurado, en quien se manifiesta el resplandor del evangelio de Cristo, imagen de Dios, quien ha hecho brillar su luz en nuestros corazones (2 Cor 4, 4-6).

Es sintonizando con los sentimientos de Jesús como mejor podemos contemplar el rostro de Dios; disfrutar, como Moisés y Elías, de lo sabroso de su presencia en “la tienda del encuentro”. Es en ese estar ahí, en dulce conversación con el Transfigurado, donde experimentaremos con gratitud la agradable sensación  de su compañía.

Y es que en la oración se ilumina nuestra mente y se enciende nuestro corazón. Trascendemos la inmediatez de nuestras tareas y ocupaciones diarias para descansar en lo único necesario. Acabamos descubriendo la gloria de Dios en el hombre, esa imagen escondida del Absoluto que todos llevamos dentro. La oración va moldeando y transformando pausadamente nuestro espíritu al tiempo que acompasamos la marcha al ritmo de los pasos de Jesús hacia Jerusalén.

Como ciudadanos del cielo que somos, la oración nos remite en última instancia al encuentro esperado con el Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro humilde cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso  (2ª lectura).

Fray Juan Huarte Osácar

Convento de San Esteban (Salamanca)

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