“Volved a mí de todo corazón!”

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Miércoles, 13 De Marzo

Miércoles de la primera semana de Cuaresma

Beata Dulce Lopes Pontes

Beata Dulce Lopes Pontes

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Libro de Jonás (3,1-10.)
La palabra del Señor fue dirigida por segunda vez a Jonás, en estos términos:
“Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré”.
Jonás partió para Nínive, conforme a la palabra del Señor. Nínive era una ciudad enormemente grande: se necesitaban tres días para recorrerla.
Jonás comenzó a internarse en la ciudad y caminó durante todo un día, proclamando: “Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida”.
Los ninivitas creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño.
Cuando la noticia llegó al rey de Nínive, este se levantó de su trono, se quitó su vestidura real, se vistió con ropa de penitencia y se sentó sobre ceniza.
Además, mandó proclamar en Nínive el siguiente anuncio: “Por decreto del rey y de sus funcionarios, ningún hombre ni animal, ni el ganado mayor ni el menor, deberán probar bocado: no pasten ni beban agua;
vístanse con ropa de penitencia hombres y animales; clamen a Dios con todas sus fuerzas y conviértase cada uno de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos.
Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta, y aplaque el ardor de su ira, de manera que no perezcamos”.
Al ver todo lo que los ninivitas hacían para convertirse de su mala conducta, Dios se arrepintió de las amenazas que les había hecho y no las cumplió.

Salmo (51(50),3-4.12-13.18-19.)
¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.

Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evangelio según San Lucas (11,29-32.)
Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: “Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás.
Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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San Bernardo (1091-1153)

monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Segundo sermón para el primer día de Cuaresma, 2-3; PL 183, 172- 174)

“Volved a mí de todo corazón!”

“Convertíos de todo corazón” dice el Señor. Hermanos, si hubiera dicho: “Convertíos”, sin añadir nada más, quizá hubiéramos respondido: “ya está hecho, nos puedes prescribir otra cosa”. Pero Cristo nos habla aquí, según mi entender, de una conversión espiritual que no se hace en un día. ¡Ojalá se realice en el transcurso de toda la vida! Presta, pues, atención a lo que tú amas, a lo que tú temes, a lo que te alegra y a lo que te entristece y verás a menudo que debajo del hábito religioso, sigues siendo un hombre del mundo. En efecto, el corazón está enteramente ocupado en estos cuatro sentimientos y de ellos, creo yo, hay que entender estas palabras: “¡Convertíos al Señor de todo vuestro corazón!”
Que tu amor se convierta de tal manera que no ames sino a tu Señor o que no ames sino es por Dios. Que tu temor se vuelva hacia él porque todo temor que nos hace temer algo que está fuera de Dios y no por causa de él, es malo. Que tu alegría y tu gozo se conviertan a él; así será si te alegras o si sufres únicamente por él. Si, pues, te afliges por tus propios pecados y por los del prójimo haces bien y tu tristeza es saludable. Si te alegras de los dones de la gracia, esta alegría es santa y puedes saborearla en la paz del Espíritu Santo. Te tienes que alegrar, en el amor de Cristo, de la prosperidad de tus hermanos y compartir sus desgracias según la palabra: “Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran” (Rm 12,15).

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