Preparación de homilías – IV Domingo de Cuaresma – 31/03/2019

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Homilía IV Domingo de Cuaresma

31 de marzo de 2019 – Ciclo C

“Este hijo mío estaba perdido y lo hemos encontrado”

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  Introducción  

Ya próxima la Pascua, las lecturas de este cuarto domingo de cuaresma acentúan la idea del retorno, siempre acompañado de conversión, que consiste en la renovación del corazón para vivir con más entusiasmo la fe.

Tras un largo y fatigoso caminar por el desierto, el pueblo elegido  llega desde la dura esclavitud de Egipto al umbral de la tierra prometida, para iniciar una historia nueva.

La parábola del hijo pródigo describe el viaje de cada persona, también del discípulo de Cristo, desde la lejanía del pecado o, simplemente, desde la apatía y la rutina para gozar del encuentro  con el Padre. Este retorno se realiza transitando el camino que el mismo Padre ha abierto a la humanidad, Cristo Jesús. Es un camino amplio, abierto a todos. Por ese camino, que es el mismo Cristo, va el hijo pródigo que, reconociendo sus malos pasos, decide levantarse y volver. En este hijo está representado el género humano; en él estamos todos.

Mientras hacemos nuestro camino cuaresmal, la liturgia de la Iglesia nos ofrece esta hermosa parábola del hijo pródigo para que podamos gustar  con  agradecido corazón la grandeza de la misericordia de Dios hacia la humanidad y, por tanto, hacia cada uno de nosotros. Un mensaje especialmente cercano al corazón de Jesús quien, con gran fuerza, desea dejarlo patente  ante quienes le criticaban entonces y a  sus equivalentes de todos los tiempos.

Fr. Pedro Luis González González

Convento del Santísimo Rosario (Madrid)

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  Lecturas  

Primera Lectura

Lectura del Libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué:–Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas.Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca;mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará.Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

Segunda Lectura

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos:El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar.Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados,y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación.Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro.En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.Al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios.

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:–Ese acoge a los pecadores y come con ellos.Jesús les dijo esta parábola:Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:–Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.El padre les repartió los bienes.No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.Recapacitando entonces se dijo:–Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr se le echó al cuello y se puso a besarlo.Su hijo le dijo:–Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.Pero el padre dijo a sus criados:–Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.Y empezaron el banquete.Su hijo mayor estaba en el campo.Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.Este le contestó:–Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.El se indignó y se negaba a entrar pero su padre salió e intentaba persuadirlo.Y él replicó a su padre:–Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.El padre le dijo:–Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

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  Comentario bíblico  

Comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez

También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Aprender a ser hijo de Dios y hermano de los hombres

Iª Lectura: Josué (5,10-12): Pascua en la tierra prometida

.1. La primera lectura pretende recordar un hecho bien determinado de la historia primitiva del pueblo de Israel cuando se celebró la Pascua, fiesta de la liberación, en Guilgal. Es la primera Pascua en la tierra prometida, para señalar que desde ahora se terminan los dones extraordinarios del desierto, como el maná, porque el pueblo no puede vivir exclusivamente de cosas extraordinarias, sino que tiene que vivir su fe en Dios, en Yahvé, desde la experiencia de cada día, de la lucha de cada día, del trabajo de cada día. La confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que debemos acostumbrarnos a ver la mano de Dios en todos los momentos de nuestra vida.

Si la primera Pascua, la del Éxodo (Ex 12), es la de la liberación, esta Pascua en Guilgal es un memorial de acción de gracias porque ha terminado el tiempo del desierto, de la esclavitud. Es muy probable que el autor deuteronomista, redactor de los libros históricos, quiera hacer presente que la tierra es también un don de la Pascua de la liberación. Es una fiesta de unidad, de alegría: Dios ha cumplido su promesa. Un día escuchó el lamento del pueblo y hoy el pueblo debe hacerle una fiesta porque es un Dios consecuente. Es probable que la historicidad de este relato deje muchos cabos sueltos, pero no importa.

IIª Lectura: 2ª Corintios (5,17-21): La salvación como reconciliación

II.1. La lectura pone como tema dominante la reconciliación a lo que Pablo dedica toda su vida apostólica, toda su pasión por Cristo. Eso es lo que él ha querido trasmitir a su comunidad frente a algunos adversarios que lo ponen en duda. El evangelio de Cristo, para Pablo, se centra precisamente en la reconciliación de todos los hombres con Dios; por ello da Cristo su vida y eso es lo que los cristianos celebramos en las Pascua, a la que nos prepara este tiempo de Cuaresma. La Pascua de Cristo abre, pues, una nueva era: la era de la reconciliación.

II.2. La teología de la reconciliación ha dado mucho que hablar y se presta a muchas lecturas según el mundo religioso de la época y de la sociedad de esclavos y libres de entonces. Pablo, sin duda, ha teologizado estas fórmulas y le ha dado su sentido. El tema lo remata maravillosamente Pablo con una fórmula tradicional sobre la muerte redentora de Cristo (v.21). De alguna manera, Pablo piensa que está en sus manos el misterio de la reconciliación de Dios con los hombres. El sabe que esto viene de Dios (v.19) y sabe que ello ha sido posible mediante la muerte de Jesús (v. 21). Pero la reconciliación por la muerte no es una necesidad que tenga Dios de la misma muerte, sino porque así lo han querido los hombres en el rechazo de Cristo. La pregunta es ¿cómo reconciliarse con Dios? Aceptando el mensaje de la salvación que Pablo está encargado de proclamar en el mundo. Este mensaje es el evangelio, y el evangelio está centrado en la muerte y resurrección de Jesús.

Evangelio: Lucas (15,1-3. 11-32): El Dios, Padre, pródigo de sus hijos

III.1. En este domingo nos encontramos en el corazón de la Cuaresma, y de alguna manera, en el corazón del evangelio de Lucas, que es la lectura determinante del Ciclo C del año litúrgico. En el corazón, porque Lc 15, siempre se ha considerado el centro de esta obra, más por lo que dice y enseña en su catequesis, que porque corresponda exactamente a ese momento de la narración sobre Jesús. La otras lecturas de hoy simplemente acompañan a la grandeza y radicalidad de lo que hoy se nos comunica en el evangelio. Por eso, el misterio de la reconciliación, diríamos que se expresa maravillosamente en el evangelio de este día: Lc 15,11-32. Esta es una de las piezas maestra de la literatura narrativa del Nuevo Testamento, y una maravillosa historia de amor de padre frente a egoísmos y rencores de hijos. Jesús, ante las acusaciones de los que le reprochan que le da oportunidades a los publicanos y pecadores, cosa que no entra en los cálculos de las tradiciones más exigentes del judaísmo, contesta con esta parábola para dejar bien claro que eso es lo que quiere Dios y eso es lo que hace Dios por medio de él.

III.2. Se podrían escribir páginas enteras de la narración, de su intriga asombrosa, de los “tempi” narrativos, de su desenlace. Se podría recurrir a hermenéuticas sofisticadas de las formas en las que esto se ha logrado. Del lenguaje y el arte de la misma intriga divina. De hecho hay libros maravillosos que pueden servir no solamente para preparar el texto a nivel literario, exegético, teológico y espiritual (cf v.g. F. CONTRERAS MOLINA, Un padre tenía dos hijos, Estella, Verbo Divino, 1999). Hay textos clásicos de escritores y predicadores que dan en la tecla verdadera de la armonía y la polifonía del texto bíblico. La hermenéutica podría decirnos que no es un texto sagrado, sino de simple humanidad. Pero no es verdad que en boca de Jesús no sea precisamente sagrado: es describir lo divino por lo humano.

III.3. Es toda una justificación y una defensa incuestionable de Dios, de Dios como Padre. Por eso no es, propiamente hablando, la parábola del hijo pródigo, del hijo que vuelve, del hijo que se arrepiente, aunque esto es muy importante en la narración y en su profundidad simbólica. Es la parábola del Padre, de Dios, que nunca abandona a sus hijos, que nunca los olvida. De ahí que algunos autores, con razón, han señalado que deberíamos comenzar a entender la parábola fijándonos en el hijo mayor; el que no quiere entrar a la fiesta que da el padre por haber encontrado a su hijo. Él, que siempre se ha quedado con el padre en la casa, tiene unos derechos legales que nadie le niega, pero le falta la capacidad del padre para tener la alegría de ver que su hermano ha vuelto. No tiene mentalidad de hijo, de hermano; es alguien que está centrado en sí mismo, sólo en él, en su mundo, en su salvación.

III.4. El hijo mayor, en el fondo, no quiere que su padre sea padre, sino juez inmisericorde. Porque esto es lo importante de la parábola, por encima de cualquier otra cosa: que se ha organizado una fiesta por un hermano perdido, y no está dispuesto a participar en ella. Jesús está hablando de Dios y es la forma de contestarle a los escribas y fariseos que se escandalizan de dar oportunidades a los perdidos: el Dios que él trae es el de la parábola; el que viendo de lejos que su hijo vuelve, sale a su encuentro para hacerle menos penosa y más humana su conversión, su vuelta, su cambio de mentalidad y de rumbo. Esta es su significación última y definitiva. ¿Estaríamos nosotros dispuestos a entrar a esa fiesta de la alegría? ¿Queremos para los otros el mismo Dios que queremos para nosotros?

Fray Miguel de Burgos Núñez

Maestro y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura

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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C. Editorial San Esteban, Salamanca 2009.

  Pautas para la homilía  

Viaje de ida y vuelta: una experiencia del espíritu humano

Estamos ante una de las páginas más bellas del Evangelio que siempre logra tocar fibras muy profundas del corazón: arrepentimiento, vergüenza y nostalgia  en el  pródigo; egoísmo y envidia en el hermano mayor. Por encima de todo, el amor incondicional del padre que es el protagonista de la parábola. Un hombre siempre  dispuesto a perdonar y que espera contra toda esperanza el regreso del hijo ausente.

También confía conquistar el corazón del hijo mayor que nunca ha abandonado físicamente el hogar, pero que vive allí como un extraño. Estos hermanos no asimilan su condición de hijos porque no logran comprender el amor y la generosidad de su propio  padre y de ahí que, al rechazar su pertenencia al padre y a la casa paterna, no se sientan  tampoco como hermanos.

La misericordia de Dios es el mensaje central de la parábola. En ella estos tres personajes, bien diferenciados y representando un poco a todos nosotros, van trenzando sus historias personales, para llegar a la conclusión deseada por Jesús: Dios es  más misericordioso de lo que  sus críticos, los fariseos y  letrados, imaginan. Ofrece siempre a todos la posibilidad de un perdón que regenera a la persona para una vida nueva.

El hecho de que uno de sus hijos haya disipado su patrimonio no es lo que más preocupa al padre. Lo más doloroso para él  consiste en que este hijo se haya ausentado, que viva lejos del hogar. Anhela su retorno y, cuando un día lo ve llegar a lo lejos, corre alborozado para recibirle y abrazarle. Ni siquiera le permite terminar las frases de excusa que  había preparado. Lo que  importa es que este hijo ha recapacitado y ha vuelto: este hijo mío estaba perdido y lo hemos encontrado. La preocupación del padre es devolver inmediatamente al hijo su dignidad como tal.

Y luego está el hijo mayor que físicamente nunca se ha ido del hogar, pero no comprende la grandeza de corazón del padre, tanto hacia su hermano menor como hacia él mismo. En su egoísmo, por el contrario, rechaza que su padre esté preocupado por el hijo disoluto, y más aún porque celebra su regreso a casa. Y se niega a participar en la alegría familiar.

Jesús añade la historia de este hijo mayor precisamente en referencia a escribas y fariseos, críticos de la conducta de Jesús que se muestra amigo de los pecadores. El hermano mayor representa a quienes se consideran justos porque cumplen la ley,  pero carecen de espíritu y amor.

Así es Dios: un Padre que nos ama y perdona

La figura del padre de la parábola desvela el corazón de Dios. “Cuando todavía estaba  lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas”. Estos dos verbos definen a Jesús como la imagen perfectamente transparente de la compasión del Padre, que nos ama en su Hijo y espera siempre nuestra conversión y nuestro retorno cuando nos alejamos creyendo poder encontrar nuestra felicidad en otras cosas.  Incluso entonces no deja de ser nuestro Padre y viene a nuestro encuentro cuando, movidos por su gracia, volvemos a Él. La fidelidad de su amor es más grande que cualquier pecado.

Por tanto, cualquiera que sea nuestra situación, podemos estar seguros de una cosa: nuestro Padre Dios espera vernos en el camino del retorno. No importa si somos el hijo pródigo o el hijo presuntuoso. No importa cuántas y cuan profundas sean las heridas que hemos ido acumulando en nuestra historia personal. Lo que realmente importa es un corazón arrepentido que retorna a los brazos misericordiosos del Padre.

Reconciliados con Dios podremos comenzar o reanudar, nuestro camino de fe como hijos, por gracia, por amor. Dios se ha preocupado de obtener nuestra reconciliación a un precio muy alto, dándonos a su propio Hijo: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).

En las parábolas de la misericordia, la iniciativa de la reconciliación parte siempre de Dios, y a nosotros toca responder a su invitación. Así se nos reveló Dios en Cristo Jesús, que es la encarnación del perdón divino: Todo procede  de Dios que nos reconcilió consigo por medio de Cristo. Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2ª lect.).

En este tramo de Cuaresma que aún nos separa de la Pascua, estamos llamados a intensificar el camino interior de conversión. Dejémonos alcanzar por la amorosa mirada del Padre y volvamos a él con todo nuestro corazón, para sentarnos a la mesa en la Pascua con todos los hermanos.

Fr. Pedro Luis González González

Convento del Santísimo Rosario (Madrid)

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