“Es de mí que han hablado las Escrituras”

Evangelio del día
¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

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Jueves, 4 De Abril

Jueves de la cuarta semana de Cuaresma

San Cayetano Catanoso

San Cayetano Catanoso

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Libro del Exodo (32,7-14.)
El Señor dijo a Moisés: “Baja en seguida, porque tu pueblo, ese que hiciste salir de Egipto, se ha pervertido.
Ellos se han apartado rápidamente del camino que yo les había señalado, y se han fabricado un ternero de metal fundido. Después se postraron delante de él, le ofrecieron sacrificios y exclamaron: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”.
Luego le siguió diciendo: “Ya veo que este es un pueblo obstinado.
Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación”.
Pero Moisés trató de aplacar al Señor con estas palabras: “¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ese pueblo que tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa?
¿Por qué tendrán que decir los egipcios: “El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?”. Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo.
Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: “Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia”.
Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo.

Salmo (106(105),19-20.21-22.23.)
En Horeb se fabricaron un ternero,
adoraron una estatua de metal fundido:
así cambiaron su Gloria
por la imagen de un toro que come pasto.

Olvidaron a Dios, que los había salvado
y había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en la tierra de Cam
y portentos junto al Mar Rojo.

El Señor amenazó con destruirlos,
pero Moisés, su elegido,
se mantuvo firme en la brecha
para aplacar su enojo destructor.

Evangelio según San Juan (5,31-47.)
Jesús dijo a los judíos:
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.
Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro,
y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.
Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,
y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.
Mi gloria no viene de los hombres.
Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.
He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.
¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.
Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.
Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?”.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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Santiago de Saroug (c. 449-521)

monje y obispo sirio

Homilía sobre el velo de Moisés

“Es de mí que han hablado las Escrituras”

     “El rostro de Moisés resplandecía porque había hablado con Dios. Aaron y todos los israelitas lo vieron… y tenían miedo de acercársele… Cuando Moisés acabó de hablar, se puso un velo sobre su rostro” (Ex 34,29s). El brillo con el cual resplandecía el rostro de Moisés, era Cristo que brillaba en él; pero estaba escondido a los ojos de los hebreos; ello no lo vieron… Todo el Antiguo Testamento se nos presenta velado, como Moisés, símbolo de toda profecía. Detrás de este velo, extendido sobre los libros de los profetas, aparece Cristo, augusto juez, sentado sobre su trono de gloria…
Si Moisés se veló, ¿qué otro profeta hubiera podido descubrirse el rostro? Siguiendo su ejemplo, todos velaron sus palabras. Simultáneamente anunciaban y velaban; presentaban su mensaje y, al mismo tiempo, lo recubrían con un velo… Es porque Jesús brillaba en sus libros que un velo lo escondía a sus ojos, velo que proclama a todo el universo que las palabras de la Escritura tienen un sentido escondido…
Nuestro Señor ha levantado este velo cuando ha explicado estos misterios al universo entero. El Hijo de Dios, con su venida, ha dejado al descubierto el rostro de Moisés velado hasta entonces, sus palabras eran ininteligibles. La nueva alianza ha venido a iluminar la antigua; el mundo puede, por fin, captar las palabras que ya nada las cubre. El Señor, nuestro Sol, se ha levantado sobre el mundo y ha iluminado a toda criatura; misterio, enigmas, por fin han sido aclarados. El velo que recubría los libros ha sido levantado y el mundo contempla al Hijo de Dios con el rostro descubierto.

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