Lecturas de la Octava de Pascua

 

 Lunes   22 de Abril de 2019  

Alegraos

Primera Lectura

Primera Lectura: Hechos 2,14.22-33

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra: “Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.” Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, de lo cual todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.”

Salmo

Salmo Responsorial: 15 “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.”

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien.” El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28,8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos.” Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.” Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: “Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.” Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Reflexión del Evangelio del día

Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte

Primera intervención de un discípulo de Jesús ante los judíos. Consecuencia inmediata de la acción del Espíritu Santo. Es Pedro, quien empieza a actuar como el portavoz inicial de los apóstoles. En esa primera intervención, resume lo esencial de la persona de “Jesús Nazareno”, como le llama: Pasó por la vida realizando signos que manifestaban que Dios estaba de su parte, pero los judíos lo entregaron a los paganos, que acabaron con su vida; “pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte”. Pedro se apoya en el testimonio de David. Él murió, pero, como profeta, anuncio al Mesías, del que Dios dijo “que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción”. El mensaje esencial de la fe cristiana era proclamado cuando los acontecimientos recientes hablaban con certeza de la muerte en la cruz, como un maldito, de ese Jesús Nazareno. Frente a esa verdad con testigos visuales, está el testimonio de unos compañeros suyos que aseguraban que lo habían visto vivo. ¿A quién creer? El testimonio era valiente, atrevido, pero impensable. En favor de la posibilidad de la resurrección como hace Pedro solo estaban los signos extraordinarios que Jesús había hecho, que mostraban que en él estaba la fuerza de Dios. Y, por lo tanto, el mismo Dios que le concedió realizar esos signos, pudo haberle resucitado. Bien está el valiente testimonio de los apóstoles; pero será la vida de Jesús, del Jesús histórico, lo que ayude a aceptar lo que es un misterio, su resurrección, es decir su triunfo sobre la muerte.

Las mujeres “impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”

El relato anterior a este texto impresiona: Son dos las mujeres, María la Magdalena y la otra María, las que fueron a ver el sepulcro. Tiembla la tierra y aparece un ángel, que mueve la piedra del sepulcro y se sienta en ella. Un ángel que Mateo lo describe como “un relámpago vestido de blanco como la nieve”. El ángel les anuncia la resurrección, les dice que comprueben que el sepulcro está vacío, “e id aprisa a decirles a sus discípulos . Es al ir a cumplir ese encargo del ángel cuando el mismo Jesús “les sale al encuentro”, y les ordena lo que habían oído del ángel… Las mujeres que no tienen mayor protagonismo en la vida de Jesús, como seguidoras de él, son las encargadas de comunicar a sus inmediatos discípulos, los apóstoles, su triunfo sobre la muerte, la verdad esencial de nuestra fe. El primer anuncio de la presencia de Jesús en nuestra historia, lo recibió María, la madre, que lo concibió. El primer anuncio de la resurrección lo recibieron María la Magdalena y la otra María, las amigas de Jesús. Serán las primeras testigos y las primeras que predican el triunfo sobre la muerte del Maestro.

Pudieron hacerlo centinelas que estaban vigilando el sepulcro. Pero lo que hicieron fue comunicar lo que presenciaron a los sumos sacerdotes. Estos no sólo no creyeron, tomaron medidas para que nadie creyera. Y apareció el dinero de nuevo, como en el caso de Judas, para traicionar la verdad.

Una simple reflexión: La fe exige estar dispuesto a creer. Cuando no interesa creer se utiliza el medio que sea para ello. Y se paga para que otros no crean, a base de comprar a los testigos que podían testimoniar la verosimilitud de la fe. El dinero tiene un gran poder. Lo tuvo. Lo tiene.

Juan José Fray Juan José de León Lastra

Convento de Ntra. Sra. de Atocha (Madrid)

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 Martes   23 de Abril de 2019  

Mujer, ¿Por qué lloras?, ¿A quién buscas?

Primera Lectura

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 2,36-41

“El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos. Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo: Escapad de esta generación perversa. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil”.

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. La misericordia del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperarnos de ti. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,11-18

“En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les contesta: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dice: ¡María! Ella se vuelve y le dice: ¡Rabboni!, que significa: ¡Maestro! Jesús le dice: Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro. María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto”.

Reflexión del Evangelio del día

¿Qué tenemos que hacer hermanos?

Nos encontramos con un texto muy duro y a la vez revelador para todos aquellos que escucharon a Pedro en aquella predicación. Y es que Pedro no se anda con rodeos, culpa a todos los judíos de la  muerte de Jesús. Y ante una acusación de esta índole cabe reaccionar de dos modos distintos: o de forma violenta y desmintiendo esas acusaciones, o acogiendo con el corazón abierto nuestra parte de culpa en esas acusaciones que se están vertiendo sobre nosotros, o sobre el grupo de personas al que nosotros pertenecemos.

Al encontrarnos con personas con una sensibilidad religiosa especial y estar abiertos a esa realidad divina que de algún modo pocos días antes se les ha puesto de manifiesto con la vida y muerte de Cristo, los oyentes de Pedro reaccionan de una  forma abierta al Espíritu y a la voluntad de Dios para con sus vidas. Se sienten necesitados de ayuda y con sencillez les piden a los apóstoles que les digan qué deben hacer, arrepentidos de sus actos, pensamientos y sentimientos contrarios a Jesús, Hijo de Dios, que ha vivido entre ellos y no han sabido reconocerle. Y nada más lejos de acciones de castigo o preceptos: “Convertíos y bautizaos todos en  nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Conversión, volved el corazón y la vida a Dios, hoy, ayer y siempre. Acoged y tened a Dios en medio de nuestra vida y nuestros quehaceres y desde ahí está todo iluminado, fortalecido y con la seguridad de caminar en el sendero del bien y del amor. Y sigue el texto: “Porque la promesa sirve para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos”. Estas palabras nos liberan y  a la vez nos dan la tarea de todo cristiano bautizado en nombre del Resucitado: anunciar la Buena Noticia a otros, comenzando por los de nuestra propia familia y también a los más lejanos. Todos los hombres deben llegar a escuchar hablar de Cristo, para que tengan la oportunidad de una vida plena, de una vida con Dios.

Mujer, ¿Por qué lloras?, ¿A quién buscas?

Nuestra vida es una continua búsqueda, y muchas veces nos encontramos junto a un sepulcro (problema o situación que para nosotros no tiene solución y nos causa un gran dolor, una gran pérdida). Anhelamos muchas cosas, pero nos topamos con la muerte, con la fría y desnuda roca. Todos somos Magdalena, que seguimos a Jesús hasta el sepulcro; allí llevamos todo lo que somos y todo lo que late en nuestro interior. Pero Cristo no está entre los muertos, nuestra vida no es una vida muertos, sino de plenitud. En la debilidad más terrible es donde Dios se hace presente y viene a resucitarnos, a llamarnos por nuestro nombre, “María”, para que sintamos su cercanía para con  nosotros en nuestro sufrir y en nuestras alegrías.

Pero en este texto debemos dar un paso más al cual el mismo Cristo resucitado invita a Magdalena y es a no  retenerlo, es decir, a no querer a manejar a Dios a nuestro antojo. Muchas veces el supuesto amor que sentimos hacia los hermanos o incluso hasta el mismo Dios nos hace acercarnos a Él en la oración con un listado de cuáles son las cosas que deben suceder o no, de lo que necesitamos (como la lista de la compra) y es en ese momento cuando Dios nos dice, como en  el texto evangélico de hoy: “Suéltame…”, déjame ser Dios en tu vida, que es mucho más de lo que tu puedas pensar o soñar. Eres un ser creado y yo el Dios infinito…, déjame ser Dios en tu vida, mi amado hijo. Y a la vez de ese dejar a Dios ser Dios, nace nuestra vocación, “Ve y mis hermanos y diles…” La persona que encuentra su vocación y la lleva a cabo no sin dificultades pero sí con todas sus fuerzas, ese vive en la Resurrección de Cristo, hace de su vida una predicación, un canto de alabanza al Dios que se hizo hombre, vivió, murió y resucitó por puro amor nuestro.

Monasterio None Monasterio Sta. María la Real – MM. Dominicas

Bormujos (Sevilla)

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 Miércoles   24 de Abril de 2019  

Se les abrieron los ojos y le reconocieron

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 3,1-10:

En aquellos días, subían al templo Pedro y Juan, a la oración de media tarde, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna.
Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo: «Míranos.»
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar.»
Agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. La gente lo vio andar alabando a Dios; al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa, quedaron estupefactos ante lo sucedido.

Salmo

Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 R. Que se alegren los que buscan al Señor.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24,13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados.
Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Reflexión del Evangelio del día

No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar

En esta fiesta de Pascua, prolongada a lo largo de toda la semana, acogemos la alegría de la Resurrección y su fuerza transformadora a través de los testigos de la primera hora.

Pedro y Juan, miembros de la primera comunidad cristiana, participan todavía de las tradiciones judías: el templo de Jerusalén sigue siendo referente para su oración litúrgica; pero la experiencia de la Resurrección les ha trastocado. La Vida Nueva, el tesoro escondido, la Salvación tiene un nombre: Cristo. Todo lo demás, adquiere un valor relativo.

Se les abrieron los ojos y le reconocieron

A la puerta del templo, hay un hombre paralítico de nacimiento: expresión en ese tiempo de una situación de limitación, carencia, pobreza y marginación. La sociedad le deja en las puertas del templo para que se busque la vida mediante limosna; él, probablemente no tenga otra salida, o quizás se haya acostumbrado a vivir así.

Jesús de Nazareth, en su misión, había curado a muchos enfermos; ahora, sus discípulos continúan su obra liberadora; su gesto, en línea con el estilo de Jesús, no se dirige a aliviar momentáneamente una necesidad física, sino a reconstruir a aquel hombre, ponerlo en pie, devolverle su dignidad y su capacidad de ser dueño de su historia, frente a un mundo que lo excluye y posiblemente también del que se autoexcluye. No le entregan ni oro ni plata, pero sí la riqueza que poseen: la persona de Cristo, capaz de trasformar la vida en vida plena.

La gente se admira, y el paralítico, ya sanado, se levanta y se pone a caminar alabando a Dios; es decir, se convierte en discípulo y seguidor de Cristo.

Que podamos contemplar en este día, los signos de la presencia transformadora de Cristo en medio de nuestro mundo, en tanta gente y realidades que nos rodean.

Se les abrieron los ojos y le reconocieron

El Evangelio de hoy es una auténtica catequesis sobre el proceso de crecimiento en la fe; un proceso en el que siempre estamos, y que en cada etapa de la vida, en cada situación, adquiere unos tonos distintos.

El camino de Emaús, es experiencia de encuentro con el Resucitado; y como tal, significa paso de la muerte a la vida; del miedo a la libertad, de los muros a los puentes; del aislamiento a la vuelta a la comunidad.

Por eso, atrevámonos a recorrer, junto a los discípulos, nuestro camino de Emaús hoy. Esto significa mirar a fondo nuestra realidad, tomarnos el pulso a nivel personal y comunitario, poner nombre a nuestras decepciones actuales y a nuestras preguntas, no para instalarnos en la queja y en el escepticismo sino para dejarnos acompañar por aquel que siempre tiene una Palabra de Luz y de Vida; una Palabra que calienta el corazón y lo hace arder.

Y esta Palabra ¡parece tan evidente, tan clara! sin embargo, los discípulos no pueden acogerla ni entenderla; dice el Evangelio que sus ojos estaban ofuscados. Pero el Señor, con paciencia, caminando a su ritmo, les va explicando la Escrituras.

Junto con la Palabra, el gesto del amor que la traduce y permite el reconocimiento del Resucitado: el pan bendecido, partido y compartido que no es sino la vida que se bendice y se abraza, se parte y se entrega a los demás.

Pero para poder ser testigos de este gesto que les va a abrir los ojos, permitiéndoles recuperar el sentido, la esperanza, la alegría y la ilusión y posibilitándoles andar el camino de vuelta a la comunidad, los discípulos han tenido que realizar, a su vez, un pequeño gesto de hospitalidad, de abrir las puertas de su vida y de su casa al extraño, al que ha caminado con ellos.

Que el Señor nos regale en este tiempo litúrgico y en este momento de la historia la capacidad para cultivar el encuentro, que pasa por la escucha y el diálogo paciente; escucharnos entre nosotros y escuchar la Palabra que ilumina y orienta las nuestras. Cultivar también la hospitalidad de corazón con aquellos que van compartiendo camino con nosotros o que quieren hacerlo. Sólo entonces le reconoceremos y nuestro corazón, siempre inquieto pero a veces desorientado y perdido, recobrará la alegría del Evangelio y la pasión de una vida desde Él.

María Hna. María Ferrández Palencia, OP

Congregación Romana de Santo Domingo

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 Jueves   25 de Abril de 2019  

¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?

Hoy celebramos: San Marcos Evangelista (25 de Abril)

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 3, 11-26

En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, la gente, asombrada, acudió corriendo al pórtico de Salomón, donde ellos estaban. Pedro, al ver a la gente, les dirigió la palabra: – «Israelitas, ¿por qué os extrañáis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. Como éste que veis aquí y que conocéis ha creído en su nombre, su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vosotros. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta mane-ra lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; a ver si el Señor manda tiempos de consuelo, y envía a Jesús, el Mesías que os estaba destinado. Aunque tiene que quedarse en el cielo hasta la restauración universal que Dios anunció por boca de los santos profetas antiguos. Moisés dijo: “El Señor Dios sacará de entre vosotros un Profeta como yo: escucharéis todo lo que os diga; y quien no escuche al profeta será excluido del pueblo.” Y, desde Samuel, todos los profetas anunciaron también estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: “Tu descendencia será la bendición de todas las razas de la tierra.” Dios resucitó a su siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros, para que os traiga la bendición, si os apartáis de vuestros pecados.»

Salmo

Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9 R. Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Señor, dueño nuestro,
¿qué es el hombre,
para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder? R/.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies. R/.

Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: – «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: – «¿Por qué os alarmáis;” ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: – «¿Tenéis ahí algo de comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: – «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: – «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

Reflexión del Evangelio del día

Hay un himno del Oficio Divino, en tiempos de Pascua (Ofrezcan los cristianos), que pone en boca de María Magdalena la siguiente frase: “resucitó de veras, mi amor y mi esperanza”. Es un gran anuncio en esta semana de octava de Pascua que resume todo nuestro credo, nuestro modo de ser y nuestro modo de esperar.

Y su nombre le ha dado vigor

Los Hechos de los Apóstoles nos relata cómo Pedro y Juan curan a un paralítico en nombre de Cristo Resucitado, y ante la extrañeza de los presentes que estaban en el templo, les explica que no ha sido curado ni por sus fuerzas, ni por sus virtudes.

Pedro aprovecha esa extrañeza para explicar que fue en nombre de aquel que fue rechazado: el santo, el justo. Y les recuerda que fueron quienes mataron al autor de la vida.

Sin embargo, Pedro da importancia a la fe de quien antes estaba postrado y ahora camina, del paralítico: éste ha creído en su nombre, y su nombre le ha dado vigor”.

La fe en Jesús Resucitado, da vigor, fortaleza. Dice el texto de ayer que se le fortalecieron las piernas y pudo andar. Y es que, en momentos de debilidad, de enfermedad, de sufrimiento hemos de llenarnos de un sentido nuevo en la fe, para fortalecernos cada día más, y poder caminar dando gloria a Dios.

La fe no es sólo pedirle a Dios que nos cure por medio de un milagro, más bien es pedirle que en la fe robustezca nuestras piernas para andar en medio del sufrimiento, robustezca nuestra mente para comprenderlo mejor, y unirnos al sufrimiento de Jesús en la cruz, que ofreció el perdón a todos.

La fe se renueva al caminar con el resucitado, Pedro ha perdido el sabor de la traición y como un hombre nuevo predica a los judíos cómo Cristo el Mesías esperado tenía que resucitar de entre los muertos, y que nosotros resucitaremos con él.

La enfermedad nos asusta, el sufrimiento nos da miedo, y la muerte nos llena de temor ante un desaparecer. Pero la muerte no es el final. Es el inicio de una nueva vida. Es el cumplimiento de nuestra esperanza: Dios nos llama a su presencia.

Pero también nos da miedo los cambios, la novedad, nos resistimos a ellos, los rechazamos porque desconocemos a donde nos conducen. Sin embargo, la fe sobre todo es un camino de confianza, no hemos de temer al último paso porque Dios nos lleva de la mano, como Pedro y Juan le dieron la mano al paralítico para que se levantara. Dios nos llama para incorporarnos a la paz de Cristo, nos llama para brindarnos la plenitud, nos llama para participar de su vida.

“Las puertas de la Nueva Ciudad se abren para ti” muchas veces hemos cantado en algún funeral. Y hemos escuchado en algún entierro esta oración de despedida:

“Al paraíso te lleven los ángeles,

 a tu llegada te reciban los mártires
y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén.
El coro de los ángeles te reciba
y junto con Lázaro, pobre en esta vida,
tengas descanso eterno”.

¿Por qué os alarmáis? ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?

El encuentro con el resucitado provoca miedo en los discípulos “parecían ver un fantasma”, sin embargo, Jesús resucitado les muestra los signos de la cruz y le da una prueba de vida. Comparte la mesa con ellos, y les explica las escrituras. Los discípulos no acaban de creer por la alegría.

No siempre la alegría es motivo de confianza, necesita del compartir la presencia, la mesa, la palabra para llegar a creer. Por eso, hemos de alimentarnos en la fe con gestos de oración, con los sacramentos, con la lectura pausada de los textos sagrados para llegar a comprender qué es lo que Dios quiere de nosotros.

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.

Alexis Fr. Alexis González de León O.P.

Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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 Viernes   26 de Abril de 2019  

… y aquella noche no cogieron nada

Hoy celebramos: San Isidoro (26 de Abril)

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 1-12

En aquellos días, mientras hablaban al pueblo Pedro y Juan se les presentaron los sacerdotes, el comisario del templo y lo saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran la resurrección de los muertos por el poder de Jesús. Le echaron mano y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. Muchos de los que habían oído el discurso, unos cinco mil hombres, abrazaron la fe. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; entre ellos el sumo sacerdote Anás, Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer a Pedro y a Juan y los interrogaron: – «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso?» Pedro, lleno de Espíritu Santo, respondió: – «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Salmo

Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a R. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

La piedra que desecharon
los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discí-pulos suyos. Simón Pedro les dice: – «Me voy a pescar.» Ellos contestan: – «Vamos también nosotros contigo.» Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: – «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: – «No.» Él les dice: – «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: – «Es el Señor.» Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: – «Traed de los peces que acabáis de coger.» Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: – «Vamos, almorzad.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión del Evangelio del día

No hay salvación en ningún otro

Puede que tengamos que revisar un poco nuestra religiosidad. Creo que Pedro es claro y tajante: No hay salvación en ninguno otro fuera de Cristo.

Con frecuencia asisto a actos en los que se pregona, y lo que es peor, se predica, que el santo tal o cual hace muchos milagros y hay que acudir a él, para solucionar los problemas. La salvación parece depender del “enchufe” que el santo tenga con Dios y a Cristo le dejamos un poco, o totalmente, al margen. Olvidamos que nadie hay en la tierra o en el cielo que pueda salvarnos, sino Cristo, el único Señor, el único con línea directa con el Padre.

Pedro y Juan sanan a un tullido y no se atribuyen el mérito de la curación, sino que la ponen en las manos de Cristo. Es una forma de decir: nosotros no somos nadie para hacer milagros; es el nombre de Jesús el que cura.

La religiosidad popular, la forma de vivir la relación con Dios, no puede reducirse a rezos, novenas y peregrinaciones para pedir. No creo que Dios esté esperando que llegue el “enchufe”, la recomendación del santo correspondiente para conceder alguna petición. Menos aún para someterse al chantaje. Hace unos días he leído: “Tienes que encender una vela, pedir tres cosas, besar el pie de la imagen y una se te va a conceder”. Hace ya un par de años, asistiendo a la misa dominical en una parroquia próxima, vi a una señora encender una vela ante una imagen de la Virgen situada a la izquierda del presbiterio. Otra señora muy piadosa, se acercó rauda y oí que decía: “A esa no, que no sirve para nada; la que hace los milagros es aquella” y señalaba otra imagen de Santa María situada a la derecha. Sin escuchar que “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que podamos salvarnos.”

… y aquella noche no cogieron nada

El hombre brega y brega, todo el día, toda la noche, y no logra pescar nada. ¿Me suena de algo esta situación?

En efecto, creo que los cristianos que nos creemos pescadores de hombres, con mucha frecuencia, tratamos de pescar en nuestras aguas, con nuestras redes, desde nuestra barca. No llegamos a creer que no somos muy útiles por nosotros mismos para ser útiles a la pesca de hombres o mujeres: niños, jóvenes o ancianos, y asistimos al despoblamiento de nuestros templos, cada día menos ocupados porque los asistentes vamos estando en edad de caducidad y cada poco tiempo asistimos al acto final de algún hermano o hermana.

Somos Pedro y sus compañeros empeñados en pescar con nuestras fuerzas, tratando de poner en valor nuestras ideas, olvidando que somos solamente pescadores del Señor. No terminamos de creer que seguir las enseñanzas de Jesús, trabajar en su nombre, con su mensaje (que puede contradecir el que nos gustaría transmitir), implica que nosotros desaparezcamos, pasemos desapercibidos, para que el mundo que nos escucha le vea a Él.

Es necesario que el Señor Resucitado nos indique cómo y dónde deberíamos echar las redes -sus redes- para que nuestros templos se llenen de nuevo.

Félix D. Félix García O.P.

Fraternidad de Laicos Dominicos de Viveiro (Lugo)

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 Sábado   27 de Abril de 2019  

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana…

Hoy celebramos: Beata Hosanna de Kotor (27 de Abril)

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 13-21

En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, se sorprendieron y descubrieron que habían sido compañeros de Jesús. Pero, viendo junto a ellos al hombre que habían curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir fuera del Sanedrín, y se pusieron a deliberar: – «¿Qué vamos a hacer con esta gente? Es evidente que han hecho un milagro: lo sabe todo Jerusalén, y no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos que vuelvan a mencionar a nadie ese nombre.» Los llamaron y les prohibieron en absoluto predicar y enseñar en nombre de Jesús. Pedro y Juan replicaron: -«¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a él? juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.» Repitiendo la prohibición, los soltaron. No encontraron la manera de castigarlos, porque el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido.

Salmo

Sal 117,1 y 14-15.16-18.19-21 R. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación. Escuchad:
hay cantos de victoria en las tiendas de los justos. R/.

La diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa.
No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R/.

Abridme las puertas del triunfo,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 9-15

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando a una finca. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: – «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.»

Reflexión del Evangelio del día

No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído

Curiosa la actitud de “los sumos sacerdotes, los ancianos y los letrados”. Después de haber conseguido la muerte de Jesús, quieren prolongar su muerte. Quieren que nadie del pueblo le recuerde y menos aún que le consideren vivo y le sigan. Ya pueden los apóstoles, empezando por Pedro y Juan, proclamar que Jesús ha resucitado y se les ha aparecido, ya pueden curar en nombre de Jesús resucitado a un lisiado… nada les hará cambiar de actitud ante Jesús.

Llamaron a Pedro y Juan y “les prohibieron en absoluto predicar y enseñar en nombre de Jesús”, pensando que, desde su reconocida autoridad, les iban a hacer caso. Pero los dos apóstoles, “hombres sin letras y sin instrucción”, aunque con la convicción profunda de haber sido testigos no solo de la vida, muerte y predicación de Jesús, sino también de su resurrección, alegan una autoridad mayor que la de estos letrados, la autoridad de Jesús, el Hijo de Dios, y la autoridad “de lo que hemos visto y oído”. No pueden callarse y seguirán predicando a Jesús y todo lo que él les mandó que predicasen.

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana…

Jesús se lo había anunciado a sus apóstoles antes de su muerte varias veces y de distintas maneras. Ahora, antes de mostrarse a ellos directamente les da la noticia por medio de María Magdalena y “otros dos”. Pero ni a una ni a los otros les creyeron la noticia de que había resucitado. Tuvo que acercarse a ellos para que cayesen en la cuenta de que verdaderamente había resucitado.

A partir de ese momento, los apóstoles son otros. De estar medio escondidos, con el miedo en el cuerpo y en alma en una casa por temor a los judíos y sus autoridades, Jesús resucitado, su Maestro y Señor, va a llenar sus corazones de alegría y de valentía para predicar el “evangelio a toda la creación”.

Era verdad. Todo lo de Jesús era verdad, se podían fiar de él. Dios Padre le había respaldado devolviéndole a la vida. Había vencido a la muerte. Ahora les pedía a sus apóstoles que extendiesen esta buena noticia por todo el mundo, capaz de alegrar el corazón de cualquier hombre y mujer. La vida humana tiene sentido. No acaba en la muerte, en el vacío, en el fracaso. Acaba en la vida y en la vida de completa felicidad y para siempre. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque muera vivirá y vivirá para siempre”.

Manuel Fray Manuel Santos Sánchez

Convento de Santo Domingo (Oviedo)

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